Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Portada del relato El reflejo en las baldosas
Sin valoraciones

Duración: 04:37

El reflejo en las baldosas
-a / +A

---

La cortina se agitó levemente, apenas un susurro contra el marco de la ventana. Alana sostenía la taza de té entre las palmas como si fuera un secreto roto, la vista perdida en las ondulaciones borrosas del cristal. Detrás de ella, la casa entera parecía guardar la respiración; los relojes detenidos, las tablas del suelo que ni siquiera se atrevían a crujir. Solo el viento traía mensajes fugitivos cada cierto tiempo, arrastrando una hoja reseca, el eco de alguien que tal vez nunca llegara.

Habían pasado tres días desde que Lila Callaghan, la mejor amiga de Alana desde la infancia, había desaparecido. Tres días en los que la policía había registrado las orillas del río y había pasado por las veintidós habitaciones de la vieja casona georgiana, sin encontrar ni una sola huella suya, ni el menor rastro de violencia. La gente del pueblo comenzó a mirar con suspicacia las ventanas polvorientas de la mansión, a comentar en voz baja sobre la última vez que alguien había celebrado una cena en aquellas salas laberínticas.

Alana, demasiado acostumbrada al brillo breve y angustiante de las linternas de la policía, había dejado de dormir. Pasaba las noches recorriendo el pasillo y notando cómo los cuadros de sus antepasados parecían girar sus ojos de óleo para seguir cada uno de sus pasos. Había algo cambiado en el aire, una textura diferente al polvo que cubría las esquinas. Y aunque no lo decía, parte de ella sospechaba que la clave estaba en la carta que había encontrado doblada minuciosamente sobre el tocador de Lila.

No llevaba firma, ni remitente, sólo una caligrafía antigua y precisa: “Vuelve a mirar detrás del cuadro que tantas veces evitaste. Algunas respuestas sólo laten al amparo de la noche.” Alana la había leído tantas veces que ya se la sabía de memoria, y tras cada lectura el silencio de las habitaciones parecía volverse más espeso, más atento.

La noche de la desaparición, Lila había insistido en que tomaran una copa de brandy frente a la chimenea. Había estado visiblemente nerviosa, apresurando las palabras, los dedos tamborileando sobre la manga de su bata de satén verde claro. La conversación había derivado pronto hacia viejas historias, hacia aquel verano en que ambas habían descubierto el pasadizo secreto del desván, y el día en que los tres (Lila, Alana y el hermano de Lila, James) creyeron ver una sombra deslizarse por la biblioteca cuando todos sabían que estaban solos.

En un momento, Lila había preguntado con voz tensa:

—¿Recuerdas lo del cuadro de la tía Edna? Siempre decías que había algo siniestro allí.

—Ella tenía algo raro en los ojos —había respondido Alana con una risa que ya no se sentía como propia—. Como si estuviera observándonos, sí, pero también esperando algo de nosotras.

Lila no había replicado nada más; un silencio helado llenó el hueco entre ellas.

Esa noche, después de que Lila subiese a su habitación, Alana escuchó un ruido insólito, como un golpe ahogado y el quejido de una puerta antigua cediendo mucho después de la medianoche. Pero la fatiga la venció y se quedó dormida envuelta en un sueño de sombras danzantes y voces ahogadas. Por la mañana, Lila ya no estaba.

Ahora, un miedo seco le rozaba la nuca. Cogió una vela y ascendió los escalones del ala oeste, donde colgaba el retrato de la tía Edna, justo en el descansillo. Los ojos de la tía, pintados en un gris extraño, casi líquido, parecían vivos bajo la llama trémula. Alana respiró hondo, apartó el cuadro de la pared y, tal como le había sugerido la carta, inspeccionó la parte posterior. Tocó hasta que sus dedos tropezaron con una hendidura. Una pequeña puerta de madera, diminuta, justo como la que habían encontrado de niñas, pero entonces la habían dado por siniestramente atascada.

Tiró con cautela. La puertecita cedió de un golpe y una ráfaga de aire rancio escapó. En el interior, apartando con los dedos temblorosos los papeles carcomidos por el tiempo, encontró una pequeña caja de hierro decorada con iniciales entrelazadas. La tapa crujió al abrirla. Dentro, una serie de cartas escritas con la misma caligrafía antigua, fechadas casi dos siglos atrás. Pero entre ellas, cuidadosamente doblada, había una nota mucho más reciente.

“Volveré cuando esté a salvo —L.”

El pulso de Alana retumbó en sus sienes, pero antes de que pudiera buscar algún sentido, una voz emergió del umbral del pasillo, ronca y desconocida:

—No debiste encontrar eso.

El miedo paralizó a Alana solo un instante, pero el peso de la caja, de la historia y de la ausencia de Lila, caía sobre ella con la misma certeza de que, en la casa, nunca estuvieron realmente solas.

Afuera, la noche seguía blanda e interminable. Había respuestas que sólo podían encontrarse cuando las preguntas se nombraban en voz baja, con la luna como único testigo.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.