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Fragmento:


No había sangre. No había signos evidentes de lucha. Tangen analizó la estancia: maleta aún a medio hacer, la cartera abierta sobre la mesa, con billetes y monedas esparcidas, pero ningún documento de identidad. Ni móvil. Ni huellas. En la mesilla, un vaso vacío junto a una hoja doblada en dos. El inspector, cubriéndose con guantes, la desplegó: dentro, una lista de cinco nombres, todos escritos en tinta negra, salvo uno, en rojo.

Duración: 03:57

El último huésped
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El inspector Emil Tangen nunca dormía del todo en los meses más fríos. Algo en Oslo, oculto bajo los años de nieve, parecía expandirse, volviendo la ciudad aún más extranjera de lo que ya era. Quizá por eso, cuando la llamada llegó a las 22:16 desde el hotel Birk, supo que no era rutina. Ni siquiera preguntó muchos detalles al operador. Guardó el vaso de bourbon —apenas rozado— en el lavavajillas y cogió el abrigo. La calle estaba desierta, absorta en ese silencio espeso que solo el inicio de la primavera regala: cuando los pasos suenan demasiado alto sobre los adoquines.

El hotel Birk, en realidad, era más hostal decrépito que hotel, con sus muros deslucidos y once habitaciones. Al llegar, la recepcionista, Liv, le esperaba pulsando el timbre con los dedos despellejados de tanto frotarse por nerviosismo. —Está en la 206 —dijo, y los ojos le brillaban de miedo—. La puerta estaba cerrada desde dentro.

Tangen subió solo. El olor a naftalina y humedad era espeso, casi visible. Abrió la puerta de la 206 con la copia de la llave que Liv le había dado y lo primero que notó fue el frío. Inexplicable. El hombre estaba sentado, aún vestido, junto a la ventana entreabierta. La piel cetrina, como si la sangre hubiera huido tiempo atrás; el cuello girado en un ángulo imposible. Imposible, salvo por una violencia medida, calculada.

No había sangre. No había signos evidentes de lucha. Tangen analizó la estancia: maleta aún a medio hacer, la cartera abierta sobre la mesa, con billetes y monedas esparcidas, pero ningún documento de identidad. Ni móvil. Ni huellas. En la mesilla, un vaso vacío junto a una hoja doblada en dos. El inspector, cubriéndose con guantes, la desplegó: dentro, una lista de cinco nombres, todos escritos en tinta negra, salvo uno, en rojo.

K. Helgesen

T. Jørgensen

U. Hvit

N. Dale

E. Lang (rojo)

Ninguno le sonaba, pero el rojo parecía resaltar bajo la escasa luz del techo. Al fondo del pasillo, un crujido. Tangen se tensó, pero solo era el anciano encargado, Morten, que miraba fijo la puerta. No parecía sorprendido. —¿Le conocía? —preguntó Emil. Morten dudó. —Vino hace dos noches. Pidió la habitación con ventana al oeste. Muy insistente, eso fue raro. Casi nadie elige esta. Dice que se duerme mejor, pero nadie duerme bien aquí.

El examen forense confirmó el diagnóstico: muerte por luxación cervical, a fuerza de brazos. Una ejecución limpia. Pero en una habitación cerrada desde dentro. Las ventanas bajas, apenas permitían el paso de un niño, menos el de un adulto robusto. Nadie había visto ni oído nada. Ni grabaciones. Ni indicios.

De camino al despacho, Tangen preguntó por los nombres de la lista. K. Helgesen: periodista desaparecida tres años atrás, tras investigar una serie de incendios en casas antiguas de Oslo. T. Jørgensen: un cirujano retirado, brutalmente agredido en su domicilio, "sin móvil aparente". U. Hvit: encontrada muerta en su garaje, intoxicada. N. Dale: aún viva, maestra de escuela, cambiando de domicilio cada pocos meses. El último, E. Lang, en tinta roja, sin rastro en ningún registro. Como si nunca hubiera existido. Demasiado para una coincidencia.

Aquel fin de semana, las sombras sobre Oslo parecieron oscurecerse un poco más. Mientras investigaba, Tangen recibió una carta sin remitente, solo una hoja arrancada de un calendario y una frase: "La culpa pesa más en primavera." Ni firma, ni pistas. Al día siguiente, alguien volvió a la habitación 206: la puerta, cerrada otra vez por dentro, solo esta vez con otra lista de nombres. Y entre ellos, en tinta roja, el suyo: Emil Tangen.

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