Fragmento:
El aquelarre de la niebla bajaba como un sudario sobre las empedradas calles londinenses la noche en que Edmund Farrow desapareció. Los periódicos del 7 de octubre de 1896 tendrían varias versiones: la caída accidental en el Támesis, la fuga romántica con alguna artista de vodevil, la visita de la locura a su inteligentísima mente. Pero todos, sin excepción, evitaban mencionar el último lugar donde Edmond fue visto: la biblioteca privada en la casa de ladrillo rojo de Lady Ophelia Warwick, tercera duquesa de Harringham, y amiga personal de Oscar Wilde.
Duración: 04:08
El aquelarre de la niebla bajaba como un sudario sobre las empedradas calles londinenses la noche en que Edmund Farrow desapareció. Los periódicos del 7 de octubre de 1896 tendrían varias versiones: la caída accidental en el Támesis, la fuga romántica con alguna artista de vodevil, la visita de la locura a su inteligentísima mente. Pero todos, sin excepción, evitaban mencionar el último lugar donde Edmond fue visto: la biblioteca privada en la casa de ladrillo rojo de Lady Ophelia Warwick, tercera duquesa de Harringham, y amiga personal de Oscar Wilde.
Flo, la doncella más joven de la casa, fue la última en verle. Recordaba haber sentido un escalofrío cuando la duquesa pidió que llevara un whisky y agua a su invitado “a la sala de las vitrinas”, una habitación abierta solo a quienes sabían leer en los polvorientos idiomas de los libros anónimos. Cuando Flo entró y dejó la bandeja, el silencio era tan denso que creyó oír deslizarse las motas de polvo. Farrow, el reputado cartógrafo, alzó la vista desde un pergamino ajado, los labios formando apenas la sombra de una pregunta: “¿Ha oído usted el péndulo, señorita?” Ella negó. El reloj de pie de la sala estaba parado desde el funeral del duque, una década atrás.
Los días posteriores estuvieron saturados de rumores. Algunos decían que Farrow había encontrado un mapa dentro de aquel libro “sin título, solo anotaciones y manchas brunas en las páginas”. Nunca se volvió a ver ni el libro ni el pergamino, y Fingal, el mayordomo, juraba haber oído risas lejanas a media noche, aunque todos sabían que el mayordomo mentía para distraer la atención de sus propios secretos. Lady Warwick recibió a la policía envuelta en su bata de brocado amatista, la mirada hosca y resignada de los miembros de la nobleza que han perdido demasiado como para fingir miedo aún por un cadáver más o menos.
No había ni cartas ni enseres de Farrow en la casa. Solamente una extraña llave negra, con un delfín tallado en la empuñadura, descansando bajo la almohada del sillón en el que se sentaba a leer. Durante la inspección, se trató de abrir con ella cada posible cerradura de la mansión; ninguna cedió. La duquesa no se sorprendió. “No todo lo invisible está muerto”, murmuró cuando le preguntaron a qué pertenecía semejante llave. A la mañana siguiente de la inspección policial, uno de los policías, el inspector Moss, desapareció igual que Farrow, su último paradero también la biblioteca.
Esa noche, Flo soñó con relojes sin manecillas y páginas que ardían y se recomponían solas, como una plegaria girando en el vórtice de un ojo ciego. Decidió que tenía que marcharse, pero antes, movida por una curiosa solidaridad con el cartógrafo perdido, esperó que la mansión quedara dormida y bajó a hurtadillas a la biblioteca. El silencio era tan absoluto que dolía. Se sentó en el mismo sillón de Edmund y notó un leve peso en el lateral. El libro, pensó, pero sólo fue la tela de terciopelo arrugada, ocultando una nota breve, escrita apresuradamente:
“Por favor, quien halle esto: no intenten abrir el gabinete tras la estantería de los autores no publicados. Es peor de lo que imaginé.”
Movida por ese inquebrantable impulso humano de acercarse al abismo, Flo buscó la estantería de los no publicados. Al tocar un lomo gris sin título, la madera cedió, revelando una puerta coja y, tras ella, un gabinete cubierto de polvo. Esa vez, la llave del delfín encajó y giró, con un gemido de siglos. Dentro, sólo halló otro reloj, parado exactamente a la misma hora que el reloj de la sala.
Al volver a su cuarto, Flo notó en la alfombra una pequeña mancha de ceniza, casi imperceptible. Nadie supo jamás qué había tras esa puerta, ni por qué los relojes, desde aquella noche, jamás volvieron a funcionar. Lady Warwick se exilió en Italia, donde murió en silencio. La biblioteca fue tapiada, pero en el pueblo aún dicen que, cada aniversario de la desaparición de Farrow, sobre los ladrillos mudos se oye el leve tic-tac de un péndulo invisible, marcando la hora exacta en que una historia fue arrancada del tiempo.
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