Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Powerless (edición especial limitada)
La niñera
Dire Bound. Alma de lobo
Portada del relato El anillo de Berengaria
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Fragmento:


Bajo la capa apareció una mujer de rostro pálido y ojazos negros. Cuando se descubrió, advertí la cicatriz irregular que le surcaba el cuello. “Me llamo Clara Berenguer”, prosiguió, “y durante años fui espía al servicio del embajador de España. Ahora busco un manuscrito, robado hace siglos, y cuya sombra aún corrompe a quienes lo tocan. Los ingleses le llaman el ‘Codex de Mandorla’. Los franceses prefieren olvidar. Y alguien anoche mató en su busca a un anticuario de la rue de l’Abbaye.”

Duración: 05:59

El anillo de Berengaria
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El humo del crepúsculo flotaba denso y perezoso sobre los tejados de París, amortiguando los murmullos de una ciudad que trataba aún de curar las heridas tras la Revolución. Es 1811. El Imperio se disgrega en secretos, y el Viejo Mundo, pese a sus festejos y uniformes engalanados, parece tan lóbrego como un pasillo sin lámparas. Fue en esos días en que recibí en mi despacho de la rue de Sévigné, entre documentos amarillentos y tazas de café frío, un recado que no debería olvidar nunca.

Venía sellado con lacre azul y un escaso escudo: un león rampante sobre tres lises. Bastó el aroma a papel caro y perfume almizclado para entender que no era asunto menor. Me llamo Lucien Grégoire, y no soy detective propiamente dicho, sino negociador de sombras: busco aquello que nadie osa reclamar a la luz. Aquella carta, escrupulosa y breve, me emplazaba a acudir a la iglesia de Saint-Germain-des-Prés dos horas antes del alba. Firmaba “V”.

Lo más inquietante era la precisión del mensaje: “El pasado cobra rostro donde yacen las reliquias. Traiga su ingenio. La historia no olvida, pero a veces permite elegir.”

Me embutí en mi capa y avancé por callejas donde las piedras recordaban, más que las personas. En el lateral de la iglesia, una figura encapuchada esperaba bajo una farola que parpadeaba débilmente. Percibí tras la voz de la persona un acento español.

—¿Señor Grégoire? —susurró—. Antes de juzgarme, sepa que sólo la desesperación empuja a buscar un hombre como usted.

—La desesperación es la sal de mi oficio. ¿Qué busca?

—Justicia para un muerto que nunca existió.

Bajo la capa apareció una mujer de rostro pálido y ojazos negros. Cuando se descubrió, advertí la cicatriz irregular que le surcaba el cuello. “Me llamo Clara Berenguer”, prosiguió, “y durante años fui espía al servicio del embajador de España. Ahora busco un manuscrito, robado hace siglos, y cuya sombra aún corrompe a quienes lo tocan. Los ingleses le llaman el ‘Codex de Mandorla’. Los franceses prefieren olvidar. Y alguien anoche mató en su busca a un anticuario de la rue de l’Abbaye.”

Me explicó cómo el libro había cambiado de manos desde la conquista normanda, y cómo una hermandad secreta había prosperado traficando información codificada en sus páginas. El anticuario, un tal Pascal Vernier, era su contacto y, ahora, el primer cadáver en una trama que amenazaba con desbordar la misma sangre que tan frecuente era en tiempos pasados. Los guardias tacharon su muerte de “riña de borrachos”, pero Clara encontró en los bolsillos de Vernier una nota con la inicial “A” y la misma frase que su carta: “Traiga su ingenio.”

Acepté el trabajo más por curiosidad que por oro. Visitamos juntos la casa de Vernier antes de que despuntara el día. El ambiente olía a cera, papel y ajo; un lugar tan oscuro como la historia que ocultaba. Bajo una estatuilla romana, hallé un sobre sellado: contenía un pequeño dibujo de la iglesia de Saint-Julien-le-Pauvre y un mapa del catacumbas marcado en tres cruces.

—El primer enigma —musité—. Hay que llegar antes de que la policía o ese “A”.

A las primeras luces del alba, descendimos a las catacumbas disfrazados de mendigos. París allí abajo huele a humedad, viceversa y secretos. El eco de nuestros pasos evocaba los siglos de muertos que custodiaban pilares de fémures y calaveras. El mapa, rudimentario, nos condujo a una cripta tapizada de motivos mandorla —esa forma almendrada que custodia el “secreto del principio y el fin”.

La clave llegó al recordar una cita del propio Pascal Vernier: “Donde el símbolo duerme duplicado, allí está la llave.” Buscando simetrías, Clara descubrió dos relieves enfrentados: pulsando ambos con la misma presión, una losa se abrió.

Dentro, una caja sellada. Al abrirla, contenía no el libro, sino seis hojas de pergamino escritas en latín y una joya: un anillo dorado con tres lises y un rubí. Las páginas aludían a una “Asamblea de las Almas” y a un próximo encuentro “en la fragancia del azafrán”. Un vistazo experto bastó para advertir que las hojas eran contemporáneas de Luis IX; el anillo, sin embargo, lucía una inscripción posterior y la inicial “A”.

Un sonido. Pisadas. Antes de poder ocultarnos, una figura con máscara de médico de la peste apuntó a Clara con una pistola de chispa.

—El manuscrito y lo dejaré con vida —exigió—. Inglaterra paga muy bien el silencio.

Intenté la vía diplomática, pero Clara, ágil, lanzó la joya al aire y aprovechó la distracción para ensartarle el bastón en la muñeca. Disparó con nerviosismo; el tiro silbó en una bóveda de huesos. Forcejeamos. La máscara saltó y vi el rostro de una muchacha pelirroja: la hija de un académico inglés fugado después de Trafalgar.

—¿Por qué el anillo? —le exigí mientras sujetaba sus brazos.

Escupió: “La historia se paga con sangre. El Codex no oculta secretos de Estado, sino la confesión de un amor prohibido entre reyes; si saliera a la luz, ambas coronas caerían en desgracia. El anillo es la prueba… la llave de una cripta en Westminster.”

La policía descendió atraída por el eco del disparo. A cambio de su silencio, la muchacha aceptó entregar la localización del manuscrito a Clara, aunque a mí me pareció que ambas mujeres compartían más secretos de los que nunca imaginaría descifrar.

Al despuntar la mañana, caminamos hacia la luz pálida junto a la Seine. Clara me preguntó si creía que algún día la historia dejaría de repetirse en venenos y medias verdades.

—La historia es una larga resaca —le respondí—. Y tal vez los que vivimos entre sus sombras, sólo somos parte curiosa del leve rumor de un río que, aunque cambia de nombre, nunca deja de llevar sus cadáveres al mar.

Vi su sonrisa, aguda y triste, y supe que volvería a recibir un mensaje, un día u otro, sellado con laca azul. La historia, después de todo, jamás se cansa de escribir sus propios crímenes.

Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
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