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De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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Fragmento:


El archivero principal, Jonathan Marvell, bajó los escalones murmullando cifras y fechas. Había aceptado el cargo con resignada dignidad sabiendo que el gobierno esperaba de él resultados, no preguntas. Empuñaba un objeto pequeño, envuelto en un pañuelo: una llave recién encontrada entre las ropas de un cadáver exhumado esa mañana en la cripta del viejo Priorato. Nadie parecía abalanzarse sobre el caso, y la policía, superada por otros crímenes más urgentes, apenas había puesto a un detective joven para evitar el escándalo.

Duración: 04:01

La daga del archivero
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La noche era demasiado silenciosa para una ciudad tan acostumbrada al bullicio de los mercados y el repicar de las campanas. Londres, 1891. El aire húmedo se colaba por las rendijas de las ventanas de la Biblioteca Real, acariciando los tomos con manos frías e insidiosas. Un reloj, encastrado entre dos altos ventanales, repicó de forma sorda: medianoche. Solo quedaban las sombras y, muy al fondo, el resplandor parpadeante de una lámpara de queroseno.

El archivero principal, Jonathan Marvell, bajó los escalones murmullando cifras y fechas. Había aceptado el cargo con resignada dignidad sabiendo que el gobierno esperaba de él resultados, no preguntas. Empuñaba un objeto pequeño, envuelto en un pañuelo: una llave recién encontrada entre las ropas de un cadáver exhumado esa mañana en la cripta del viejo Priorato. Nadie parecía abalanzarse sobre el caso, y la policía, superada por otros crímenes más urgentes, apenas había puesto a un detective joven para evitar el escándalo.

Marvell, sin embargo, no era de los que esquivaban los enigmas. La llave era antigua, más de lo que parecía. Había residuos de óxido y, en su mango, un escudo grabado: tres topos, una media luna, un cráneo diminuto. Ese mismo escudo ornaba un códice de pergamino, el único que siempre desaparecía en noches de tormenta y, bajo la supervisión de funcionarios, volvía a aparecer sin que nadie dijera nada.

De pronto, un chasquido seco retumbó en el silencio. Marvell se detuvo; la lámpara tembló sobre la mesa. Se escuchaban pasos en la sala contigua, del tipo que sólo produce quien conoce la arquitectura y las rutinarias escapatorias de la biblioteca. Tenso, Jonathan apretó la llave en su puño y se dirigió al corredor. Vio la silueta de un hombre alto, inmóvil, con una gabardina oscura y un sombrero de ala ancha. La cara, en penumbra, brillaba fría, casi azul, bajo la luz de gas.

—¿Busca el mismo volumen que yo, señor Marvell? —preguntó el desconocido con voz de terciopelo pero con un peligroso matiz de burla.

Marvell respiró hondo. “El códice, imagino. ¿O quizá la verdad que lo acompaña?”

—Tal vez ambas cosas —replicó el hombre, dando un paso al frente—. Hemos estado cerca de encontrarnos antes, aunque usted no lo recuerde.

El archivero tuvo una visión fugaz de un archivo, años atrás, cuando recién empezaba y un incendio voraz devoró la sala de manuscritos. Nadie explicó la presencia de un extraño entre las llamas antes de que la patrulla llegara.

El visitante aflojó el nudo de su bufanda. Sobre el terciopelo oscuro de su corbata destacaba un broche: el mismo escudo que la llave.

—Lo que guarda la biblioteca no es solo conocimiento, sino el poder de destruir reputaciones y cimentar imperios. Por siglos, la familia Deveraux ha custodiado ese volumen, extraviado y encontrado a voluntad. Es el momento de poner fin a este ciclo.

Antes de que Marvell respondiera, una ráfaga apagó la lámpara. Tuvieron solo segundos en la penumbra. Un forcejeo breve, un golpe. Cuando Jonathan recobró el aliento, sentía el frío del suelo y el picor de una herida en la sien. El desconocido había desaparecido, pero en la mesa estaban, alineados, la llave y un sobre lacrado.

Dentro, un recorte de periódico de hacía veinte años: “Hallado muerto el doctor Edward Forsythe tras anunciar hallazgos sobre la genealogía real.” A mano, en tinta marrón: “No eran datos. Era un secreto. El primero de muchos.”

Marvell, a pesar de la herida, comprendió que el verdadero misterio no compartía ni con la policía, ni con los estudiosos. Era una cadena de silencios, custodiada por sombras y sostenida por manos anónimas, tras los muros y las estanterías infinitas de la ciudad insomne. Todo giraba, inexorable, en torno a ese códice y sus lectores malditos.

Nadie, al amanecer, recordaría la visita. Nadie salvo Marvell, y la ciudad—que nunca deja de susurrar a quien todavía preste oído.

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