Fragmento:
A veces, la prisión no tiene muros: la lleva uno debajo de la piel, pegada como una culpa antigua. Para Eugenio, aquella noche, las rejas eran, finalmente, de hierro, y la humedad de la celda carcomía los huesos con una constancia agotadora. Pensó, mientras el reloj avanzaba hacia el silencio más denso, en la juventud extraviada entre aceras de mala muerte y apuestas clandestinas, en la forma en que perdió la risa, en el instante en que alguien —quizás él mismo— lo selló en ese olvido.
Duración: 04:09
A veces, la prisión no tiene muros: la lleva uno debajo de la piel, pegada como una culpa antigua. Para Eugenio, aquella noche, las rejas eran, finalmente, de hierro, y la humedad de la celda carcomía los huesos con una constancia agotadora. Pensó, mientras el reloj avanzaba hacia el silencio más denso, en la juventud extraviada entre aceras de mala muerte y apuestas clandestinas, en la forma en que perdió la risa, en el instante en que alguien —quizás él mismo— lo selló en ese olvido.
La fuga se gestó como todas: entre susurros que sonaban a promesa y ojos que evitaban cruzarse con los guardianes del lamento. Ramiro fue el cómplice: viejo, astuto, con el lunar junto al labio y la paciencia del que ha esperado por décadas un descuido. El plan era una brisa: turno nocturno, los pasadizos húmedos junto a la vieja lavandería, el alambre fino para violentar cerrojos, las piedras sueltas en el muro del fondo, junto al canal. “Lo demás es correr y nadar”, había dicho Ramiro, y Eugenio había asentido, fijando la ruta en su mente con la esperanza amarga del condenado.
Cuando por fin los candados se rindieron al susurro metálico, la adrenalina llenó el aire de un perfume agrio. Atravesaron el pasillo como sombras encorvadas. A cada paso más cerca de la hermandad peligrosa de la libertad. Fuera, en el patio, la luna cooperaba, cubierta de nubes, y el rumor cercano de la madrugada se adivinaba en el viento.
Ramiro saltó primero. Eugenio lo siguió, y con un impulso rabioso aquel muro, imposibilidad durante años, fue apenas una exhalación. Corrieron apretados, los pulmones masticando el miedo, directos hacia el canal: la zanja oscura de agua que, según decían los internos, llevaba derecho a la ciudad y, más allá, al olvido.
Saltaron dentro, y el frío sempiterna del agua fue un bautismo y una condena. Las luces rojas y azules lanzaron destellos a lo lejos, rompiendo la noche con súbitos ecos luminosos. El canal parecía una vena abierta, y la corriente tiraba de ellos mientras avanzaban a brazadas ciegas.
Fue entonces que Eugenio vio la silueta. Irreal e incierta, flotaba delante, apenas una ondulación en el reflejo o la insinuación de alguien más, navegando entre los remolinos. Por un instante atroz, pensó en los viejos cuentos de suicidas que arrastraban a los vivos al fondo, o en la memoria de su padre, cuerpo hinchado recuperado del río años atrás, cuando la vida parecía aún algo por estrenar.
Pero no. La silueta emergió clara: era Ramiro, pero su nado ya no era el del hombre resuelto que planeó la fuga, sino el forcejeo desigual de quien lucha por seguir respirando. La corriente golpeaba fuerte, y los sonidos de persecución se mezclaban con los chapoteos desesperados.
Eugenio dudó: cada músculo gritaba por avanzar, por salir cuanto antes de esa tumba líquida, pero algo más profundo —un eco, tal vez, de los años juntos, de la dignidad compartida ante el encierro— lo hizo girar. Nadó hacia Ramiro, lo tomó por la axila, tiró con la fuerza del sobreviviente y del culpable a la vez.
Los dos emergieron bajo un puente, lejos de las linternas. Exhaustos, se arrastraron hasta la orilla, el lodo pegado como una segunda piel. El amanecer empezó a anunciarse con tímidas luces al borde del agua. Eugenio miró su reflejo turbio en la superficie y vio ahí la silueta temblorosa de algo perdido.
Aquel día, y los muchos que siguieron, aprendió que la verdadera fuga no terminaba con alambres cortados ni con la caída húmeda de las piedras en el canal. Que la silueta en el agua, a veces, era uno mismo, atrapado entre los reflejos de lo que fue y lo que nunca supo dejar atrás.
Ramiro y él siguieron adelante, aferrados a la promesa de un horizonte que nunca terminaba de dibujarse. A veces, de noche, en las aguas tranquilas de algún charco clandestino, Eugenio veía de nuevo esa silueta: un recordatorio de que ni la fuga ni la libertad se ganan solo con correr o nadar, sino con afrontar el reflejo roto, la juventud amputada, el eco de las luces que un día —y en tantas noches— se apagaron demasiado pronto.
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