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Portada del relato Al borde de la última frontera
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Fragmento:


En aquellos años, la vida parecía esculpida en oro y rodeada de un halo casi mítico, donde cada elección se sentía definitiva y cada error parecía irreparable. Hannia tenía veintitrés años cuando la noche en que decidió dejar el pequeño apartamento gris al norte de la ciudad toda su historia cambió de página definitiva. El mundo le parecía insuficiente, y sentía una sed inaprensible, como si la felicidad estuviera reservada solo para otros, mucho más audaces, mucho menos aterrados. Uno a uno, los objetos queridos de su infancia fueron empaquetados o regalados a las pocas amistades que no se evaporaron al primer viento de cambio, como suele suceder cuando se cruza el umbral de la juventud a la adultez.

Duración: 04:10

Al borde de la última frontera
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En aquellos años, la vida parecía esculpida en oro y rodeada de un halo casi mítico, donde cada elección se sentía definitiva y cada error parecía irreparable. Hannia tenía veintitrés años cuando la noche en que decidió dejar el pequeño apartamento gris al norte de la ciudad toda su historia cambió de página definitiva. El mundo le parecía insuficiente, y sentía una sed inaprensible, como si la felicidad estuviera reservada solo para otros, mucho más audaces, mucho menos aterrados. Uno a uno, los objetos queridos de su infancia fueron empaquetados o regalados a las pocas amistades que no se evaporaron al primer viento de cambio, como suele suceder cuando se cruza el umbral de la juventud a la adultez.

Había sido una estudiante brillante. Los profesores le recordaban que era especial, pero ningún “destino brillante” estaba fijo en el horizonte, y el cansancio de complacer a los demás la había dejado sin aire. Las noches en que el sonido del tráfico era la única compañía, Hannia soñaba con escapar, reinventarse y gritar su nombre en un sitio donde nadie supiera de dónde venía. La oportunidad llegó en forma de un trabajo temporal en una ciudad costera y desconocida, un puesto tan improbable como sus propias esperanzas. No pensó demasiado, solo abrazó el vértigo y se lanzó a la carretera.

El viaje fue largo y solitario; cada kilómetro parecía pesar en sus hombros, y sin embargo, por primera vez, sintió que el futuro no estaba escrito. Al llegar, el aire salado y la promesa de agua infinita le dieron una extraña serenidad, la confianza única que solo conocen quienes han apostado todo por una sencilla razón: seguir adelante cuando todos a su alrededor se detienen.

Durante los primeros días, la soledad fue brutal. Las cosas simples —como comprar pan, encontrar la parada del autobús, recordar el sonido de su propia voz— se convirtieron en pruebas de resistencia. Pero algo en ella cambió. Empezó a caminar cada atardecer por la playa, a dejar que la arena enfriara sus pequeños miedos. Descubrió, poco a poco, que crecer no era otra cosa que aprender a sentirse perdido y, pese a todo, seguir dando el siguiente paso.

Hannia encontró trabajo en una librería antigua, donde los clientes parecían hablar en susurros y las historias ajenas se mezclaban con la suya. Aprendió a escuchar, a leer entre líneas los vacíos de quienes se acercaban a su mostrador. Un anciano que buscaba una novela perdida le enseñó el arte de esperar; una pareja joven, dudosa y risueña, le recordó que el amor era torpe pero valiente; una madre exhausta le mostró cómo se puede estar rota y seguir siendo fuerte.

El tiempo pasó. Fueron pocas las noches de gran revelación, muchas más las horas tranquilas en que el mundo parecía simplemente continuar girando. Hannia entendió entonces que la juventud no es la edad, sino la actitud con la que uno enfrenta el miedo a perderse, la capacidad de reír aún cuando pesa el cansancio, la posibilidad de empezar de nuevo.

Un domingo por la tarde, mientras organizaba libros en la estantería más lejana, se vio reflejada en una vidriera. No era la niña de antes. Tenía las mismas manos, pero ahora con huellas tenues de tinta y sal. La mirada era suya, pero más profunda, como si pudiera atreverse a mirar el futuro sin pestañear. Supo que nada ni nadie le devolvería aquellos años de vértigo y errores, y tampoco los quería de vuelta. La vida adulta, descubrió, era un constante acto de equilibrio: entre la nostalgia por lo que se fue y la esperanza por lo que vendría.

Cuando cerró la librería aquella tarde y caminó hacia la playa, supo —porque lo sintió con la certeza de quien se pertenece a sí misma— que la “juventud” era la promesa inagotable de no rendirse nunca a la inercia, de seguir buscando respuestas en un horizonte siempre cambiante, de ser eternamente principiante y, por ello, eternamente libre.

Y así, al sentarse frente al mar, Hannia sonrió. Allí estaban las olas, renovándose una y otra vez, como ella, que había aprendido a abrazar la incertidumbre y bailar sobre la cuerda floja de la vida. Porque, aunque nadie lo había dicho en voz alta, ser adulto también era ser invencible por un día, cada vez que el coraje gana.

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