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Portada del relato El unísono improbable de las teteras cuánticas
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Fragmento:


—¿Otra vez, Slurd? ¿Y cuál sería la tontería filosófica de hoy?

Duración: 04:38

El unísono improbable de las teteras cuánticas
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Hubo una vez, en una galaxia sospechosamente contigua a la nuestra (y solo levemente más propensa al uso indebido de la mantequilla), una diminuta civilización cuyo pasatiempo nacional era perder la ropa interior y filosofar sobre la trascendencia del salero de mesa. Este peculiar pueblo, conocido internacionalmente como los Brimplons, había inventado ochenta y tres diferentes tipos de queso, ninguno de los cuales sabía remotamente a queso, ni, para el caso, a otra cosa comestible. Su plato más celebrado era el Flambé de Guijarro, una delicia cuya receta oficial exigía al menos tres gritos de desesperación y seis ministros jubilados para batir los ingredientes.

A los Brimplons les fascinaban los concursos absurdos. El más importante, por tradición milenaria (según la cronología local, basada en la duración de un bostezo prolongado), era el Gran Certamen de Preguntas Complicadas. El objetivo era plantear la pregunta aparentemente más absurda, pero que secretamente, bajo capas de locura, abordara el núcleo mismo de las inquietudes universales. El premio consistía en un sombrero de copa del siglo XIX y la noble tarea de dirigir el tráfico de caracoles durante la temporada de lluvias.

Todo empezó en una madrugada gris y pegajosa, como si el mundo hubiera decidido sudar únicamente por fastidiar a los presentes. Slurd, el filósofo laureado del pueblo, que tenía la costumbre de olfatear tulipanes imaginarios, se despertó sudando pesadillas metafísicas. Decidió, en un arranque de lucidez polvorienta, que este año formularía una pregunta tan compleja que haría a la mismísima Realidad pedir una baja psiquiátrica.

Pero como Slurd era un hombre de costumbres y temía tropezar con una idea mientras preparaba su té matinal, marchó a la Cafetería Interdimensional de Lado, donde uno podía desayunar acontecimientos improbables y pagar con monedas emocionales, como la nostalgia o el arrepentimiento adolescente.

La cafetera de turno, una entidad cuántica que se manifestaba como una nube de rulos depresivos, lo atendió con su habitual desdén flotante.

—¿Otra vez, Slurd? ¿Y cuál sería la tontería filosófica de hoy?

—La misma tontería de siempre —respondió nuestro héroe—: el anhelo desproporcionado de sentido en un universo diseñado por becarios con resaca.

En ese mismo establecimiento, en la esquina donde rezaban las leyes de la termodinámica, se encontraba Lolpi, una agente secreta cuya mayor hazaña había sido infiltrar la fiesta anual de los Enanos Derrotistas en un disfraz de lámpara. Entre mordiscos de tostadas filosóficas, escuchó el plan de Slurd y decidió embarcarse junto a él en la búsqueda de la pregunta definitiva, fundamentalmente porque nadie nunca la había invitado a una locura tan bien argumentada.

La búsqueda comenzó extrayendo del Ayuntamiento el Gran Manual del Sentido Provisional. Con un papel reciclado de otrora declaraciones de amor fallidas, el manual incluía consejos como “Ríase hasta que le duelan las costillas, luego consulte a su médico” o “El sentido de la vida suele esconderse debajo de los cojines del sofá”.

Tras tres días de caminatas existencialistas que resultaron en la rotura de dos tobillos, diecisiete certezas y un pasaporte emocional, Slurd y Lolpi consultaron a la Anciana de los Siete Riñones, famosa por filtrar la realidad a través de su extraña fisiología.

—Para encontrar su pregunta, debéis primero perder la respuesta —dijo la anciana, arrojando azúcares a las palomas que en realidad eran inspectores de Hacienda disfrazados.

Desesperados pero no menos decididos (la desesperación era baratísima por esos lares), la dupla organizó una orgía mental en la caverna del Pensamiento Repetitivo. Allí, decenas de intelectuales desnudos bailaban el “Ponle nombre al Impulso Irracional”, una danza tan contagiosa que podría causar picazón filosófica a kilómetros.

Fue durante la octava ronda de Absurdismo Impertinente que la epifanía brincó como ardilla savia: si la mejor pregunta era ininteligible incluso para el que la formulaba, entonces el ganador debía presentar la mayor acumulación posible de sílabas y conceptos ajenos a la lógica.

Así pues, Slurd, ataviado con un tutú hecho de las promesas rotas de la infancia, subió al estrado del certamen y, ante una audiencia embriagada de expectativas, proclamó:

—¿Si el universo es una calabaza olvidada bajo el sofá cósmico, y la conciencia un residuo pegajoso en el envoltorio del tiempo, cuál es el sabor inevitable de la próxima cucharilla, y cómo podríamos degustarla sin desentonar con el color de las mentiras pre-navideñas?

El silencio fue tan absoluto que hasta las células dejaron de dividirse por cortesía.

Ganó, claro está, y fue recompensado con el sombrero de copa, una insignia de caracoles en patines y la responsabilidad de dirigir el tráfico intergaláctico desde la Comisaría General del Despropósito. Nadie volvió a verle, salvo en los reflejos fugaces cuando una idea absurda atraviesa, sin permiso, los límites de la realidad y te deja preguntándote si realmente pusiste el salero en su sitio esta mañana o si, en algún universo alternativo, sigues buscando tu ropa interior perdida mientras el Flambé de Guijarro se enfría sobre una mesa absurda, custodiada por caracoles con jetpack y amores contrariados.

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