Fragmento:
El disparo de salida sonó áspero, cruel, como una campanada en un funeral. Vio, por el rabillo del ojo, el arranque tembloroso de su principal rival: Pavel, el gigante ruso que parecía nacido para correr con los lobos. Los otros competidores se diluían, simples manchas de color en su periferia. David no corría contra hombres, ni contra naciones ni contra marcas en una pizarra; corría, lo supo con nitidez brutal, contra la espalda de un niño que había jurado ser invencible. Y perder.
Duración: 04:05
No podía recordar si el cielo siempre había sido tan pálido. Un azul desvaído, como la seda vieja de una bandera olvidada, colgaba sobre el estadio en aquel amanecer de verano. Algunas gradas estaban vacías, otras atestadas de gritos y banderas que apenas llegaban a la pista, pero a David eso no le importaba; sus ojos sólo veían la línea blanca en el tartán, la que marcaba el comienzo y el final de todo lo que sería posible en su vida.
Las órdenes de los jueces, el retumbar de las suelas, el murmullo contenido de miles de seres expectantes, todo se filtraba hasta él como si llegara de algún reino subacuático. En sus sienes, la sangre golpeaba con más fuerza que ningún aplauso. Se preguntó por enésima vez cuándo el miedo había dejado de paralizarlo y había comenzado, sin previo aviso, a parecerle familiar, casi un compañero. Todos los héroes olímpicos, había leído alguna vez, temen. Pero a él ya no le quedaban héroes; sólo recuerdos y una promesa mal pronunciada a su padre, años atrás, en un parque donde el sol era menos cobrizo y los sueños menos costosos.
El disparo de salida sonó áspero, cruel, como una campanada en un funeral. Vio, por el rabillo del ojo, el arranque tembloroso de su principal rival: Pavel, el gigante ruso que parecía nacido para correr con los lobos. Los otros competidores se diluían, simples manchas de color en su periferia. David no corría contra hombres, ni contra naciones ni contra marcas en una pizarra; corría, lo supo con nitidez brutal, contra la espalda de un niño que había jurado ser invencible. Y perder.
La recta final apareció demasiado pronto, demasiado tarde. Por un instante, el sol estalló en reflejos iridiscentes sobre la pista, justo delante de él, y David pensó en cómo sería cruzar la meta primero. ¿Cambiaría algo? ¿O el vacío sería aún más profundo en la cima? En su pecho dolía la respiración, y pensó en la mujer que lo había dejado poco antes del viaje, en la carta sin abrir de su hermano, en el viejo profesor que le había enseñado a mirar el reloj al revés. Pensó en la voz de su madre, la última vez que había recogido el teléfono: “Hagas lo que hagas, no corras de espaldas.” Solo entonces comprendió esas palabras.
El estadio estalló en un rugido animal cuando cruzó la línea: un eco que llenó de pronto cada recoveco de su memoria y su cuerpo. En ese instante, nadie era nadie; ni jueces ni jueces de jueces, ni héroes ni sombras. Levantó los brazos, esperando el alivio tan largamente prometido, y sólo halló la fría presencia de la duda haciéndole el aguijón bajo la piel.
Pavel llegó un suspiro después, cayendo de rodillas, llorando con rabia y agotamiento. Los reporteros corrían, las cámaras brillaban, el himno aún no se adivinaba pero ya pesaba el oro —o el plomo— en el aire. Nadie preguntó nunca por el costo de la victoria. Nadie osó levantar la mano en medio de la euforia y preguntarle, suavemente, si acaso haberse ganado a sí mismo no era, en realidad, la peor derrota.
La noche siguiente, ya solo ante la ventana del hotel y bebiendo a sorbos el reflejo de una luna indiferente, David buscó una respuesta en las luces lejanas de la ciudad, donde otras vidas, ajenas a la gloria, seguían en su rutina de esperanzas diminutas y noches encendidas. No encontró consuelo. Pero pensó —y esta fue quizás su medalla— que, si existía una eternidad, estaría hecha exactamente de estos minutos interminables en que el corazón late entre la esperanza y el miedo, y nada más importa que cruzar la próxima línea, aunque sepa que después encontrarás sólo otra pista, otra meta, otra soledad gloriosa.
David apagó la luz y se prometió a sí mismo que el niño que era, ese niño cansado de correr, esta vez podría dormir. Alrededor, la ciudad celebraba a sus campeones, pero allá donde el sueño empieza a remendar fracturas, sólo importaba el milagro de seguir —y de detenerse, por fin— aunque tan solo fuese por esa noche, sin que nadie le preguntara si había ganado o perdido para siempre.
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