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Fragmento:


El protagonista de esta historia no era un muchacho. Ni siquiera era un joven prometedor. Christoph, de 36 años, llevaba en las rodillas y la espalda los restos de su propia carrera y algunos trozos de las carreras de otros. Era saltador de pértiga, uno de esos deportes donde lo imposible se mide en la precisión de milímetros. Ya no esperaba gloria; sólo buscaba terminar con dignidad.

Duración: 03:46

El salto de la fe
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A las afueras de Atenas, en 2004, el aire aún parecía cargado con la historia de los dioses y de héroes olvidados. Aquella mañana, los rayos de sol griego atravesaban el cielo como lanzas de oro, y las gradas del estadio olímpico, colmadas de cuerpos y esperanzas, vibraban bajo una tensión sutil: la mezcla de fiesta y guerra que flota antes de cada competición.

El protagonista de esta historia no era un muchacho. Ni siquiera era un joven prometedor. Christoph, de 36 años, llevaba en las rodillas y la espalda los restos de su propia carrera y algunos trozos de las carreras de otros. Era saltador de pértiga, uno de esos deportes donde lo imposible se mide en la precisión de milímetros. Ya no esperaba gloria; sólo buscaba terminar con dignidad.

Hasta hacía unos meses, seguía sintiéndose partícipe de una rutina que lo había acompañado durante media vida: entrenar al alba, viajar meses al año, someter el cuerpo a la dureza de la pértiga, ese látigo de fibra de vidrio que se dobla y envía a los hombres, por un instante, más cerca del cielo que cualquier humano sin alas. Pero una lesión en el tendón de Aquiles, siempre traicionera, le había advertido: nunca más será como antes.

Mientras calentaba, Christoph compartía el área con atletas mucho más jóvenes. Escuchaba las bromas, los susurros, los rituales de suerte. Algunos, con el brillo temerario de la juventud, ignoraban todavía el miedo y sabían, como él alguna vez supo, que lo mejor estaba por venir. Echelon, su antiguo rival convertido en un entrenador a lo lejos, le lanzó una mirada y una sonrisa torcida: los dos sabían que la próxima hora sería un adiós disfrazado de competencia. Y Christoph sintió pesar y alivio a partes iguales.

La competición avanzó con la misma rutina: saltos seguros, alturas intermedias, la multitud respondiendo a los éxitos y los fracasos con la música de sus murmullos. Uno tras otro, los favoritos pasaban las primeras marcas. Christoph fue creciendo en confianza, no porque estuviera más fuerte o más rápido que en sus mejores días, sino porque había decidido ese día hacerle al miedo lo que el miedo le había hecho a él durante años: mirarlo a los ojos y saltar de todas formas.

Cuando llegó el turno de la altura decisiva, sólo quedaban cuatro en pie. La vara subía con la implacabilidad del destino. Cada salto era una última vez. Miró la pista, respiró hondo, y sintió cómo el estadio se desvanecía a su alrededor: sólo era él, la pértiga y el viento. Tomó impulso, corrió con la decisión de quien ya no tiene nada que perder, y se lanzó al aire. La flexión de la fibra, el estallido de energía, el vuelo suspendido. Por un suspiro, antes de caer, sintió algo que había olvidado: libertad absoluta.

El listón cayó tras un leve contacto. Christoph sonrió, sabiendo que ese leve roce era suficiente para despedirse, que esa era la última vez que su cuerpo toleraría una exigencia así. No era victoria, pero era el salto por el que había entrenado toda una vida.

Esa tarde, cuando el público aplaudía a los medallistas, Christoph recogió su pértiga, miró las gradas y vio entre la multitud una pareja de ancianos, sus padres, y una mujer joven con una niña sobre los hombros. Eran su pasado y su futuro mirándolo con ojos orgullosos y húmedos. Sin saberlo, Christoph les había mostrado a todos que a veces el mayor triunfo es saltar cuando ya no esperas ninguna medalla, y hacerlo sólo porque sí, porque es lo que sabes hacer, porque es tu fe.

Así, en las sombras doradas del atardecer griego, Christoph abandonó el estadio. Su último salto, apenas un número en las tablas, era para él tan inmenso y limpio como cualquier récord olímpico. Los héroes, pensó, no siempre ganan; a veces simplemente terminan de pie.

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