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Fragmento:


En un rincón oscuro junto a donde el tartán azul se inicia, quedaba el refugio de los que no querían regresar aún a la Villa. Allí, bajo la luz mortecina de un fluorescente agónico, una ecuatoriana de salto triple —su dorsal arrancado ya del pecho— compartía una cerveza clandestina con un arrojado lanzador de martillo sueco de barba picta y modales suaves. No se preguntaban apenas siquiera por sus marcas o rivales; habían coincidido por el absurdo azar de compartir, en un descuido feliz, una barra de magnesio guardada en la sombra de la custodia reglamentaria.

Duración: 03:57

El sudor de los Héroes
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Una ráfaga de voces vibraba en el estadio, tantos acentos y lenguas deslizadas en el aire pesado de agosto que cualquiera podría haberse sentido diminuto y grandioso al mismo tiempo. Era tarde, las competiciones de la jornada habían concluido, pero el resplandor de los focos —ninguno dispuesto a rendirse hasta que el último atleta hubiera dejado de sudar— convertía la pista en una isla flotante donde flotaban sueños y decepciones. Había algo atávico recorriendo aquellos pasillos subterráneos donde los atletas de todos los colores, rostros y fisonomías, deambulaban como fantasmas; algunos con la mirada brillante y risueña, otros tocados por una melancolía que pesaba más que cualquier fallo en el cronómetro.

En un rincón oscuro junto a donde el tartán azul se inicia, quedaba el refugio de los que no querían regresar aún a la Villa. Allí, bajo la luz mortecina de un fluorescente agónico, una ecuatoriana de salto triple —su dorsal arrancado ya del pecho— compartía una cerveza clandestina con un arrojado lanzador de martillo sueco de barba picta y modales suaves. No se preguntaban apenas siquiera por sus marcas o rivales; habían coincidido por el absurdo azar de compartir, en un descuido feliz, una barra de magnesio guardada en la sombra de la custodia reglamentaria.

—¿Sueles soñar con la caída?

—Con la caída y con el vuelo —le confesó ella, con las comisuras aún blancas de la cal, y risueña—. A veces vuelo tanto en sueños que me olvido de dejarme caer.

Él asintió con el envase a medio vaciar en la mano derecha; los nudillos aún marcados de tiza, imponía respeto hasta en ese reposo. Mientras mascaba la ironía salitrosa que quedaba tras la derrota —acababa de quedar fuera de la final por dos centímetros—, miraba las luces titilantes en la grada y pensaba en el largo viaje de regreso a Malmö y en la abuela, a quien había prometido una medalla que ahora le pesaba tanto como el martillo.

Un grupo de velocistas franceses irrumpió con la alegría inaguantable de quienes han roto su propio récord —aunque solo sea por una milésima— y el círculo creció, los vasos pasaron de mano en mano, las palabras saltaron de la pista al vestuario y de ahí a todos los rincones de la memoria. Historias insomnes: la fondista griega que contó cómo ganaba velocidad visualizando en su mente la espalda de su primer amor, el decatleta japonés que —en voz baja, como si compartiera un conjuro— les reveló que jamás había soñado con el podio, sino únicamente con no volver a lesionarse.

A esas horas, con la luna vacilante reflejada en los charcos secos de la escorrentía y la temblorosa música de un acordeón perdido que bajaba de la tribuna de periodistas, hasta los más duros dejaban escapar sus historias. Hablaban de miedos infantiles, de extraños rituales previos a la salida, de las supersticiones absurdas que sólo tienen sentido al borde del abismo entre la gloria y el olvido. Nadie se reía del lanzador de jabalina búlgaro que llevaba calzoncillos de la suerte, ni de la nadadora húngara que confesó haber amado más sus derrotas que sus victorias, porque cada herida le recordaba que era real.

Así, compartiendo esa media noche casi secreta, los cuerpos agotados iban tejiendo un tapiz de voces y confidencias que ningún reportaje recogería, porque lo verdaderamente obsceno no era el sudor sino la pasión con que se compartía lo inconfesable: el vacío tras la competición, el vértigo tras la meta, la peculiar libertad de haberlo dado todo y, por un instante, no ser más que otro ser humano que respira junto a sus pares, desnudo de banderas.

El ecuatoriana y el sueco, cada uno a su modo, supieron entonces que ese era el verdadero premio: no los metales, no los himnos, sino encontrarse en esa extraña, fugaz comunión adulta de quienes conocen el límite del deseo. Cuando al fin las luces se apagaron del todo y el silencio quedó suspendido sobre el estadio, ambos subieron juntos los escalones, el mundo entero reducido a sus sombras, y el rumor de las historias perdidas quedó flotando, como una promesa sutil, sobre la pista desierta.

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