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Fragmento:


La villa olímpica era a la vez una burla y una caricia. Los atletas dormían, reían y se mezclaban como niños en una colonia de verano, cada cual sosteniendo una antorcha invisible. A veces, Harry se permitía espiar desde las sombras: el saltador de pértiga ucraniano que contaba chistes en tres idiomas, la nadadora australiana de voz grave que escribía sus miedos en una libreta roja, el boxeador nigeriano que desenrollaba rosarios ajados junto al ventanal. Todos tenían algo que perder, todos sabían que el minuto en el escenario podía arrebatarles años de labor o convertirles en algo menos que un recuerdo.

Duración: 04:05

La última zancada
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Desde el ventanal del sexto piso, Harry Stenger observaba cómo la pista de atletismo se llenaba de figuras titilantes bajo los focos. De noche, el estadio era una catedral desierta envuelta en silencios y remedos de esfuerzos pasados. Aquella era su tercera vez en los Juegos, pero no había aprendido a deslizarse de puntillas por el territorio sagrado de los sueños ajenos. El sudor de años de entrenamiento parecía disiparse en el aire nocturno, dejando sólo el nerviosismo del fracaso. Y, sin embargo, allí estaba.

Había venido de Minnesota, tierra de largos inviernos, donde los corredores aprenden primero a dominar la nieve antes que la pista. A los treinta y dos años, Stenger ya no era leyenda, apenas un nombre aferrado a los listados de los seleccionados por la federación. Había buscado otras vidas: profesor suplente, dependiente en una ferretería, reponedor de estantes en supermercados nocturnos. Nadie hablaba allí de récords, de marcas, de músculos que se rompen, ni de la oscura alegría de estar solo en la línea de salida.

La villa olímpica era a la vez una burla y una caricia. Los atletas dormían, reían y se mezclaban como niños en una colonia de verano, cada cual sosteniendo una antorcha invisible. A veces, Harry se permitía espiar desde las sombras: el saltador de pértiga ucraniano que contaba chistes en tres idiomas, la nadadora australiana de voz grave que escribía sus miedos en una libreta roja, el boxeador nigeriano que desenrollaba rosarios ajados junto al ventanal. Todos tenían algo que perder, todos sabían que el minuto en el escenario podía arrebatarles años de labor o convertirles en algo menos que un recuerdo.

La víspera de su semifinal, Harry se escabulló de los festejos y caminó hasta el pabellón vacío. Se sentó en una grada fría. Reflexionó sobre la facilidad con la que la juventud y la promesa habían dado paso a un estoico aguante: los dolores aplacados con silencio, los pequeños crímenes contra el propio cuerpo, la esperanza descompuesta en dosis mínimas de paciencia. Pensó en su padre –nevera humana, casi inabrazable– y en su madre, quien le había enseñado a vaciar las frustraciones corriendo sin mirar atrás, aunque ella misma nunca hubiera huido de nada.

En esas horas anteriores al sol, Harry repasó cada una de sus carreras. Rememoró aquel día en que, a los diez años, cruzó corriendo el lago helado para robar una manzana y se volvió héroe de los niños del barrio. Recordó las veces que sintió que el cuerpo era más que cuerpo: era memoria, promesa y condena. Y ahora, alguien que ya no era joven obedecía esa última llamada, con la certeza de que nada que valga la pena regresa sin exigir un sacrificio.

Al día siguiente, la pista relucía como un espejo bajo un alto sol amarillo. A cada lado de Harry, los otros corredores parecían más grandes, más jóvenes. El disparo resonó, y en los primeros metros él sintió la tentación de mirar al público, de dejar que el ruido se colara bajo la piel, de entregarse a ese tibio anonimato que se ofrece a los que se rezagan. Pero no lo hizo. Corrió como quien salda una deuda. Sintió cómo cada músculo dolía, cómo la voz de su madre murmuraba instrucciones en una lengua ya olvidada, cómo la juventud –como el aire frío de Minnesota– era algo a lo que no se podía regresar.

No ganó. No hizo tiempo de récord. Cuando cruzó la línea, algunos aplaudían por inercia, otros miraban a los favoritos. Harry no buscó excusas. Sólo entonces entendió que no había venido buscando redención, ni siquiera victoria, sino algo más simple: la posibilidad de seguir corriendo, aun cuando ya nadie esperase que llegaras.

Por la tarde, en el comedor de la villa, un chico japonés de apenas veinte años le cedió el asiento junto a la ventana. Nadie habló mucho. Compartieron, entre bocados, esa silenciosa fraternidad de los que saben que a veces la derrota es el único motivo para volver a levantarse.

Mientras la noche borraba las luces del estadio, Harry pensó en lo que el tartán y la soledad le habían enseñado: que a veces lo verdaderamente extraordinario es volver cada vez que puedes, aunque sólo sea para hallar en la derrota la forma menos dolorosa de seguir adelante.

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