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De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Portada del relato La abuela que nunca aprendió a volar
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Fragmento:


Entre un brindis y otro —vino barato, porque el buen gusto es el primero en abandonar el barco cuando se avecina una tempestad— la abuela anunció con su voz de efecto secundario farmacéutico: "Quiero aprovechar que estamos todos aquí, incluso tu padre, Simon, que solo se presenta cuando siente el olor a testamento, para decir que he cambiado de planes sobre mi herencia". Un silencio denso como pudín de pan envolvió la sala. Simon empezó a sudar con la pasión de un político sorprendido con la secretaria en el armario. Las copas tintinearon, medio por la emoción, medio por el parkinson.

Duración: 04:46

La abuela que nunca aprendió a volar
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Había una vez, como en todas las historias con finales peores que el principio, una familia respetable, repleta de esas pequeñas exquisiteces inglesas: costumbres rancias, sarcasmo afilado y la incapacidad genética de expresar afecto sin un insulto disfrazado de cumplido. En el centro de la mesa del comedor se sentaba la abuela, cuyo perfume de lavanda y formol llenaba el ambiente con el sutil recordatorio de que la vida es una fiesta con salida obligatoria.

Aquella noche, la familia se reunió para cenar en homenaje a la abuela, que según anunciaba el médico de cabecera, conservaba el corazón de una adolescente. Lamentablemente, la adolescente en cuestión llevaba muerta desde 1937, pero eso no era obstáculo alguno para el optimismo de la abuela. La cena fue uno de esos banquetes donde cada plato llevaba el sabor de una amenaza y una pizca de resentimiento heredado. El tío Alfred insistía en tallar el asado con la destreza de un forense frustrado, mientras la tía Maud preguntaba una y otra vez si la carne había sido suficientemente cocida, como si dentro se escondiera alguna verdad familiar indigerible.

Entre un brindis y otro —vino barato, porque el buen gusto es el primero en abandonar el barco cuando se avecina una tempestad— la abuela anunció con su voz de efecto secundario farmacéutico: "Quiero aprovechar que estamos todos aquí, incluso tu padre, Simon, que solo se presenta cuando siente el olor a testamento, para decir que he cambiado de planes sobre mi herencia". Un silencio denso como pudín de pan envolvió la sala. Simon empezó a sudar con la pasión de un político sorprendido con la secretaria en el armario. Las copas tintinearon, medio por la emoción, medio por el parkinson.

"Está decidido. Todo mi dinero irá a la Sociedad Protectora de Perros Tuertos de Yorkshire", dijo la abuela, con la solemnidad de un juez y una sonrisita torcida. La tía Maud pidió otra copa. El tío Alfred afiló más el cuchillo. Simon miró a la abuela como si pudiera matarla solo con sus pensamientos pútridos. Y aun así, todos sonrieron, porque sabían que la abuela era difícil de eliminar: había sobrevivido tres guerras, dos divorcios y una intoxicación por almendras amargas sin despeinarse.

Fue entonces cuando la abuela se atragantó con una aceituna y el momento se congeló. Nadie se movió al principio. La familia tenía la elegancia de quienes prefieren evitar problemas por si acaso heredan menos. Simon fue el primero en actuar, dando palmadas en la espalda de la abuela con sincero entusiasmo; Maud sugería el Heimlich como quien sugiere cambiar de canal durante las noticias; Alfred apuntaba un tenedor hacia la aceituna, como si se le pudiera extraer sin alterar la coleta plateada de la víctima.

Finalmente la aceituna salió disparada y fue a parar al caniche de la tía Maud, un animal cuyo mayor mérito era parecer más joven que su dueña. Todo el mundo respiró con alivio: la heredera seguía viva. Pero la abuela, con la compostura de una reina en una evacuación, volvió a dirigirles la palabra: "Agradezco la preocupación. Pero quizá prefiera que la próxima vez solo se limiten a mirar. No vaya a ser que alguno de ustedes empuje un poco de más".

La velada prosiguió entre pullas veladas y cuchicheos, cada cual más venenoso. Antes del postre, la luz parpadeó sospechosamente. Simon, que se había levantado fingiendo buscar una linterna, se deslizó a la cocina y vertió unas gotas sospechosas en la taza de té de la abuela. Nadie le vio, excepto la abuela, cuya vista periférica era mejor que sus coronarias. Al regresar, Simon fue recibido con una ovación contenida, como si todos supieran, en el fondo, que alguna vez les tocaría a ellos servir el té de la dignidad.

El té fue servido. La abuela sorbió su taza con deleite y levantó la mirada para contemplar a la familia con esa mezcla de amor y desprecio que da la experiencia. "Delicioso, Simon. Has añadido algo nuevo", dijo. Simon enrojeció. Había consultado internet para calcular la dosis exacta, pero olvidó que la abuela podía leer etiquetas al revés y que tenía la costumbre de cambiar las latas de especias por razones que se discutirían en los tribunales tras su muerte.

Minutos después, fue Simon quien empezó a palidecer, sudar y a dejar caer el tenedor sobre el suelo. La abuela le miró y añadió con dulzura: "Recuerda, querido, que he sobrevivido a la sopa de Maud todos estos años. Habrá que intentarlo mejor la próxima vez". El silencio reinó, mientras la abuela daba otro sorbo de su té, aconsejando: "Para la próxima reunión, traed buena compañía y veneno más fresco".

Y así, en la familia Hopkins, la tradición de los banquetes mortales se convirtió en el pasatiempo favorito. Porque si no puedes elegir a tu familia, al menos puedes elegir con qué platos los envenenas.

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