Fragmento:
En la mansión enclavada sobre la roca que observa la bahía, los candelabros palpitaban en las paredes como bóvedas de un tiempo que nunca llegó a suceder. Era 1953. O tal vez 1954. La historia, como suele ocurrir con las eras torcidas, flotaba aquí en una bruma densa de probabilidades truncas y deseos contrariados.
Duración: 04:55
En la mansión enclavada sobre la roca que observa la bahía, los candelabros palpitaban en las paredes como bóvedas de un tiempo que nunca llegó a suceder. Era 1953. O tal vez 1954. La historia, como suele ocurrir con las eras torcidas, flotaba aquí en una bruma densa de probabilidades truncas y deseos contrariados.
Allí, sobre el enlosado de roble, Marylin, presidenta de los Estados Unidos desde que el desafortunado atentado en Dallas acabó con la presidencia de Eisenhower, recibe a su más controvertido invitado: sir Winston Churchill, no como Premier sino como líder espiritual de una Inglaterra que, tras su victoria en Dunkerque, había aceptado una alianza matrimonial con la Unión Soviética. El nombre "commonwealth" sonaba ya a cosa de otros siglos. Ahora el Bloque Rubí, como se lo conocía en los cafés y cabarets de Estambul, marcaba el tempo del mundo.
Mientras un ejército de sirvientes enjabonaba la estufa de leña, Alistair Hawthorn —el revolucionario teórico del Partido Comunista Norteamericano recién legalizado— paseaba la mirada nerviosa de quien sabe estar presenciando un instante a punto de extraviarse por siempre. En la pared relucía un mapa. De un lado, Canadá adornado con tréboles rojos; del otro, México extendiendo un brazo de acero sobre Texas y Nuevo México, territorios que desde el Compromiso del Río Bravo pertenecían a una federación trasnacional, donde el español era lengua de salón y el jazz convivia, sin pedir excusas, con los corridos.
Churchill, su pómulo izquierdo casi nevado por la edad, jugueteaba con una copa de bourbon mientras observaba la silueta de Marylin en el ventanal. Ella, vestida de blanco marfil, tenía el porte genuino de una emperatriz renacentista, aunque sus ojos azules delataban el cansancio de quien ha intercambiado demasiados secretos en habitaciones donde la electricidad chisporrotea promesas de traición. Afuera, los reflectores de la prensa rumoreaban escándalos; dentro, la conversación era una cuerda floja entre realismo y engaño.
—Usted, Winston, siempre tan magnánimo con sus palabras —dijo Marylin, acercándose y extendiendo una caja de cigarrillos rusos—. ¿Piensa que nuestro acuerdo resistirá otro invierno?
Churchill sonrió, una mueca torcida, cómplice de las décadas y la ruina. —Los acuerdos, señora presidenta, no son más que peones disfrazados de reinas. A veces, el tablero mismo decide.
En el extremo opuesto de la sala, Hawthorn susurró a su interlocutora, una embajadora yugoslava de pelo ultravioleta, detalles sobre la última revuelta en Chicago. ¿Sabía usted, dijo, que los tanques soviéticos derritieron la nieve? ¿Que los resistentes llevaban cascos con la palabra "Hope" pintada en dorado? Ella se rió, y el sonido fue absorbido por las paredes, que aquí parecían tener memoria propia. Relatos y rumores se filtraban como polillas en las cortinas, alimentándose de todo lo nunca escrito en los manuales.
Marylin interrumpió la corriente subterránea del salón, hablando con voz firme, la de alguien acostumbrada a emitir decretos, sí, pero también la de quien teme siempre una siguiente traición. —Se dice que la reina Ana Petrovna llegará mañana acompañada de los cosacos voladores. Que el Papa mismo firma un armisticio con Pekín. Que en Moscú, nuestros retratos arden junto a los de los zares.
Churchill se sirvió más bourbon, suspirando como un actor cansado antes de su última escena. —Nunca he confiado en los tratados firmados entre semáforos, madam. Así se desmoronó Bizancio, con todas sus orquestas.
Pero más allá de la política alta, en los pasillos estrechos que comunicaban cocina y sótano, Jebediah, antiguo guardaespaldas del derrocado Henry Wallace, planeaba su pequeña insurrección. Llevaba días acechando esos laberintos como un Perseo invertido. Toda la casa, pensaba él, era un espejo roto de intenciones: lo que se reflejaba nunca era lo que estaba; y lo que estaba, rara vez era lo que parecía.
Esa noche, mientras la orquesta desafinaba en un jazz cubista, Marylin decidió actuar. El mundo estaba al borde de nuevas alianzas; cada embajada aguardaba instrucciones cifradas; cada amante, un veneno lento en la copa del otro. Subió a la terraza, la luna mordisqueando la bahía, y encendió un cigarro, los labios perfilados como sílabas de una lengua que nadie recordaba ya.
Quizá en ese instante, los diales del destino giraron un poco más. Churchill, en la sala, decidió no regresar a Londres: allí sólo encontraría la larga sombra de los trenes transiberianos, la niebla sobre la Torre del Reloj, las huellas oscuras del pacto Rubí. Hawthorn, abajo, encontró en la embajadora un temblor de esperanza —o de pérdida—: “Tal vez todo sea un ensayo”, susurró él. “Y el verdadero siglo apenas comienza, sin que lo sepamos”.
Así, en la colina de los espejos rotos, la historia alternativa, como un mantel de ricos hilos, seguía extendiendo sus pliegues invisibles sobre los jugadores exhaustos de una partida cuyos dados aún giraban en la penumbra.
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