Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
MEMENTO MORI: Las Tumbas
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Powerless (edición especial limitada)
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Portada del relato Las Vidas del Pergamino
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Fragmento:


Pero la historia podía perderse en detalles diarios y así hemos de entrar en el corazón de nuestro relato: el Gran Pergamino no era simplemente una compilación de ideas, mapas, poemas y genealogías. Era, en opinión de quienes habían podido vislumbrar parte de sus caracteres deslucidos, un envase cósmico, un microcosmos que contenía, encapsulados, mundos alternos y destinos inconclusos. Cuando la joven monja Amalia —intérprete del griego arcaico y guardiana secreta del documento— se enteró de la llegada del visitante, sintió en su interior la misma vibración de temor y vértigo que acompaña a los presagios divinos.

Duración: 06:51

Las Vidas del Pergamino
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En la tarde del 15 de octubre de 1467, cuando las sombras danzaban en los corredores de la fabulosa Biblioteca de la Reina Sofía, se presentó ante el escriba principal un hombre de ojos inusualmente oscuros y verbo apacible. Llegó con una petición sencilla y al tiempo extraordinaria: deseaba observar el Gran Pergamino de Eirenio, el cual, según la leyenda, fue copiado a mano por una cohorte de monjes extintos hacía generaciones y guardado aquí desde el primer esplendor de los Austrias.

Pero la historia podía perderse en detalles diarios y así hemos de entrar en el corazón de nuestro relato: el Gran Pergamino no era simplemente una compilación de ideas, mapas, poemas y genealogías. Era, en opinión de quienes habían podido vislumbrar parte de sus caracteres deslucidos, un envase cósmico, un microcosmos que contenía, encapsulados, mundos alternos y destinos inconclusos. Cuando la joven monja Amalia —intérprete del griego arcaico y guardiana secreta del documento— se enteró de la llegada del visitante, sintió en su interior la misma vibración de temor y vértigo que acompaña a los presagios divinos.

—Dices que eres estudioso de lo arcano —susurró Amalia con dificultad, enfrentando al forastero en la cámara de mármol y polvo—. ¿Sabes a qué arriesgas tu mente con el Gran Pergamino?

—He escuchado historias —respondió él, la voz firme—. Y sé que hay bibliotecas dentro de bibliotecas, una cadena de universos danzando en el filo de la letra. Permíteme, si puedes, hacer la travesía.

Motivado, según confesó en secreto, por un juramento infantil (la promesa de algún día conocer todo lo que podía conocerse), el desconocido fue admitido ante el artefacto.

El Gran Pergamino descansaba bajo siete capas de lino y cera; exhalaba aún el aroma intacto de resinas perdidas y traía a la memoria los viejos himnos. El escriba, la monja Amalia y dos guardianes de lanza presenciaron el momento solemne en que el visitante, desplegando la tela por primera vez en una década, acercó el rostro hasta rozar aquellas letras indecisas.

Nada ocurrió en ese primer instante. Pero mientras la mirada del hombre devoraba las miniaturas y glosas marginales, un proceso invisible comenzó. Los presentes lo notaron en el silencio: primero, el rumor de las páginas, luego, una inquietud entre los muros y, por último, una voz invisible como viento entre oraciones latinas.

La mente del hombre —que llamó a sí mismo Gio, si es que alguna vez tuvo otro nombre— quedó atrapada dentro. Se halló de pie en una ciudad fantástica donde los edificios tenían paredes de palabras y las plazas se extendían como capítulos por escribir. Allí, los habitantes iban disfrazados de ideas, y hablaban en fragmentos susurrados del mismo texto.

La ciudad estaba cartografiada según los compases del Gran Pergamino. Cada calle coincidía con una figura de su glosa, cada edificio, con un pasaje sellado, cada plaza, con una pregunta que no admitía respuesta. Por encima de todo, colgaba un firmamento de símbolos cambiantes, revelando, en una sucesión inalcanzable, los secretos del universo que contenía a todos los universos posibles.

El hombre no logró distinguir —ni siquiera al cabo de semanas (o años, pues el tiempo era allí materia voluble)— si él existía aún en alguna otra parte, o si continuar leyendo y recorriendo se volvería su eternidad. Vio a hombres dormidos en plazas, cautivos de una sola frase, prisioneros de una imagen. Halló a mujeres que tejían con hilos de intuición pequeñas novelas, cada una un mundo viable, guardando sus obras en cofres ilegibles.

Fuera, en la sala de la biblioteca, Amalia y los guardianes vieron cómo, mientras Gio leía, las letras del pergamino giraban imperceptiblemente, y algunos pasajes se reescribían. Fragmentos de su memoria, de sus expectativas, quedaban inscritos en miniatura, volviéndose indetectables para cualquiera que no supiera escucharlos palpitando bajo el texto. La monja, instalada ante el rollo, se sintió de pronto blanca de miedo: comprendió que todo lector, toda conciencia, al asomarse a la obra, quedaba fundida e impresa en alguna dimensión recóndita.

En ese instante, se preguntó si no habría cientos, miles de historias depositadas en la urdimbre del Gran Pergamino: hombres y mujeres que, siglos atrás y también siglos por venir, fueron absorbidos dentro de su universo contenido.

Mientras transcurrían los días en el limbo de la letra, la ciudad animada cobró familiaridad para el visitante. Empezó a notar, entre las figuras y los susurros callejeros, vestigios de su propia vida olvidada: la sombra de su niñez, una melodía que sólo su madre conocía, la sonrisa de un amor perdido. Supo —con una claridad que dolía más que cualquier herida— que el Gran Pergamino multiplicaba el universo almacenando rutas posibles, y que, en su interior, nadie moría jamás del todo; se convertía en posibilidad eterna, en historia latente, a la espera de otro lector errante.

Cuando, finalmente, Amalia decidió arriesgarse y posar sus propios ojos sobre el pergamino, sintió la sacudida de los que reconocen su rostro en un espejo invertido. Se encontró de inmediato sumergida en la misma ciudad de palabras, pero para ella, las calles tomaron la apariencia de sus noches de contemplación y duda, y los edificios estaban formados por las oraciones que, en secreto, había escrito en su diario. Descubrió, entonces, al visitante —al hombre de verbo apacible— sentando en una fuente que goteaba tinta, intentando deshacer los nudos del inicio de su viaje.

Allí, juntos, comprendieron que la conexión entre ambos —la unión de sus relatos, voluntarios o no— había generado una renuncia al tiempo lineal, una suerte de navegación infinita en universos concéntricos, cada uno nacido del roce entre dos historias. Cuando se atrevieron a leer, en voz baja, un pasaje idéntico, la ciudad entera pareció iluminarse por un instante en una sólida certeza: el Gran Pergamino era más que una prisión o un oráculo. Era un reino de repertorios, una matriz de senderos jamás agotados.

Volver al mundo físico se volvió, entonces, una cuestión secundaria. Afuera, los guardianes aguardaban horas, días. El escriba envió mensajes a monasterios distantes. Pero en la Biblioteca de la Reina Sofía, el rumor de las páginas, el leve crepitar del lino y el brillo fascinante del rollo seguían brillando como si, con cada lector, la biblioteca misma se extendiera en otro mundo, y con cada historia, el universo se doblara para volverse semilla del siguiente.

Así acaba, o no acaba, esta intrincada narración. Porque mientras existan ojos dispuestos a recorrer letras fugaces, habrá otros universos, otros mundos contenidos, naciendo eternamente en el pliegue de todas las historias.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
MEMENTO MORI: Las Tumbas
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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