Fragmento:
En la aldea cercana, se decía que quien cruzaba a medianoche el claro de los álamos escucharía susurros, no del viento, ni de dioses, ni de ancestros, sino de aquellas promesas recogidas y nunca cumplidas. Su cabaña era un altar de cosas olvidadas: juramentos tallados en madera de caoba, votos susurrados envueltos en cintas opacas, intenciones que jamás llegaron a manos de nadie más que del coleccionista, quien las encerraba en pequeños cofres de hueso y ónice.
Duración: 03:48
Era una vez, cuando los relojes decían la verdad y las sombras aún no sabían mentir, que al borde de un bosque anegado de musgo y de historias, vivía un coleccionista insomne. Era hombre de pocas palabras y menos sonrisa, siempre en busca de promesas ajenas, cazadas al vuelo en noches donde el rocío parecía sudor de los astros.
En la aldea cercana, se decía que quien cruzaba a medianoche el claro de los álamos escucharía susurros, no del viento, ni de dioses, ni de ancestros, sino de aquellas promesas recogidas y nunca cumplidas. Su cabaña era un altar de cosas olvidadas: juramentos tallados en madera de caoba, votos susurrados envueltos en cintas opacas, intenciones que jamás llegaron a manos de nadie más que del coleccionista, quien las encerraba en pequeños cofres de hueso y ónice.
A la lumbre de la taberna, con la cerveza negra espumando en las jarras, ancianos y muchachas, soldados y pastoras, tejían historias sobre su origen. Algunos decían que fue hechicero, otros que era hijo de una promesa rota y de una despedida nunca dicha. Cada versión divergía, pero todas concordaban en algo: recibía cada año la visita de una cierva blanca, descalza en pezuñas, con astas que destilaban rocío y una copa tallada en marfil colgando de su cuello.
La leyenda dictaba que quien bebiese de esa copa, perdería la capacidad de formular promesas, volviéndose para siempre inmune al dolor de la duda y la culpa. Pero solo quien fuese consciente de sus propias mentiras podría siquiera ver a la cierva bajo la luna púrpura. El coleccionista, aunque nunca lo admitía, esperaba esa presencia cada invierno, dispuesto a enfrentar la penitencia de lo no hecho, de lo no dicho, de lo demasiado sentido.
Una noche de luna voraz, cuando el hielo pintaba encajes en los cristales y aullaban los lobos famélicos, la cierva se presentó. Despacio, entró en la cabaña del hombre, sin abrir puerta, sin pedir permiso, sus ojos albores y su aliento neblina. Con la copa en sus astas y una mirada llena de todas las despedidas del mundo, se acercó al coleccionista. Él cayó de rodillas ante lo que siempre había esperado con miedo y obsesión. La cierva le ofreció la copa, pero antes de beber, el hombre repitió una por una cada promesa nunca entregada, cada mentira piadosa, cada palabra suspendida en el aire como polvo en un rayo de sol de enero.
Las palabras brotaron de él, pesadas, mortales; al pronunciarlas, la cabaña vibró y las cajas de promesas comenzaron a abrirse, liberando juramentos rotos, llantos de amantes, deseos jamás conferidos. La cierva, paciente, un parpadeo apenas, esperaba. Por fin, tras horas que parecieron siglos, el coleccionista se sintió ligero, triste y desnudo, más hombre y menos sombra. Aceptó la copa de marfil: al beber, una chispa de ceniza le quemó la garganta y sonrió, por primera vez en su vida.
Cuando la aurora tejió sus primeros hilos sobre el bosque, el hombre ya no estaba. En su cabaña vacía, reposaba la copa yacente, y a su alrededor ninguna caja, ninguna promesa, solo el polvo brillante de todas las palabras cumplidas, liberadas, agradecidas. Algunos, los muy viejos, aseguran que quien camina de verdad entre los álamos al anochecer, puede oír no los susurros del coleccionista, sino un eco de su risa, ligera como promesa cumplida.
Y así, el susurro de los álamos nocturnos se volvió canción para viajeros y consuelo para los tristes: recordatorio de que la memoria de lo no dicho es el peor de los encierros; y que ninguna magia atenaza más fuerte que la falta de coraje para cumplir con lo que la boca promete y el corazón teme. Porque al final, la copa sigue esperando junto a la cierva blanca a todos aquellos capaces de mirarse en sus propios ojos enjutos y decir, al fin, la verdad.
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