Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
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Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
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Fragmento:


Huu sonrió, dejando que su silencio impregnara el aire. Después, con voz suave, dijo:

Duración: 03:40

La nube que regresa
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En una aldea envuelta por el murmullo del bosque, vivía un humilde jardinero de nombre Huu. Cada mañana, mucho antes de que el sol asomara tras las montañas, Huu cruzaba el jardín llevando consigo un cuenco vacío. Lo sujetaba con cuidado, como si dentro viviera la fragancia de la vida misma, y se detenía ante cada rincón para recibir el presente del día. Tocaba cada hoja, contemplaba cada gota de rocío, y escuchaba el ir y venir del viento entre los bambúes.

Un día, un visitante llegó a la aldea buscando respuestas para sus angustias. Llevaba el corazón tan lleno de pensamientos que se le dificultaba respirar. Observando al jardinero, se acercó y le preguntó: “¿Por qué tu cuenco está vacío si caminas rodeado de flores y frutos?”

Huu sonrió, dejando que su silencio impregnara el aire. Después, con voz suave, dijo:

“Un cuenco vacío es capaz de recibir todo. Si estuviera lleno de deseos, miedos o expectativas, no podría acoger ni el rocío ni la luz. Así camino cada mañana, recibiendo con gratitud todo lo que la vida deposita en mí.”

El visitante, intrigado, decidió acompañar al jardinero. Imitó sus pasos, sintió bajo sus pies el frescor de la hierba y escuchó el canto de los pájaros romper la quietud. Por primera vez en mucho tiempo, el visitante permitió que su mente no corriera detrás de preocupaciones. En esa quietud, descubrió el ritmo de su propia respiración, y el sonido de sus pensamientos menguó.

Mientras caminaban juntos, Huu se agachó para recoger una hoja marchita. “La hoja que cae no ha perdido su hogar”, explicó. “Se funde con la tierra, nutriendo la raíz del árbol. Nada se pierde. Cada momento, cada respiración, todo lo que creemos dejar atrás retorna en forma nueva. La tristeza de la hoja es el canto de bienvenida de la nueva flor.”

El visitante observó la hoja, notando las venas doradas que trazaban mapas diminutos sobre su superficie. Siguiendo el ejemplo de Huu, la depositó con ternura sobre la tierra. Desde ese momento, a cada paso, notaba una ligereza en el pecho, como si con cada exhalación también él regresara a su hogar.

Por la tarde, cuando el sol doraba los bordes del bosque, Huu invitó al visitante a sentarse junto a él cerca de un pequeño arroyo que cantaba sus secretos entre las piedras. Juntos escucharon el agua fluir. “Este arroyo nunca se aferra al agua”, dijo el jardinero. “Deja ir y recibe al mismo tiempo. Si tratara de retener cada gota, pronto se estancaría y perdería su canción. Así es con nuestro corazón. Debe fluir, amar y soltar.”

El visitante cerró los ojos y, por unos instantes, dejó de buscar respuestas en palabras. Percibió el silencio, profundo y generoso, entre cada burbujeo del agua. Sintió la presencia de la vida, no como algo separado de sí, sino como algo que latía en sintonía con su propio corazón.

Esa noche, mientras la luna colgaba serenamente sobre la aldea, el visitante comprendió el secreto del cuenco vacío. Recordó las hojas, el murmullo del agua y la paz que había sentido al soltar sus pensamientos. “La llave no está en acumular flores ni respuestas, sino en vaciarse alegremente para recibir, instante a instante, el regalo de estar aquí.”

Al amanecer, el visitante partió. Llevaba el cuenco tan vacío como cuando llegó, pero en su corazón resonaban ahora todos los cantos del jardín, el rumor de las hojas y la melodía del arroyo. Cada paso se volvió una ofrenda, cada encuentro un motivo de gratitud. Así, el visitante –y ahora también jardinero de su propia vida– siguió el sendero del cuenco vacío, abrazando, suavemente, la plenitud de la sencillez.

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