Dire Bound. Alma de lobo
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Edición limitada de la novela Anatema.
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Portada del relato La hija del relojero
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Fragmento:


Nadie contestó de inmediato. Teresa, la tía soltera, miró hacia sus rodillas; Ricardo fingió seguir el hilo de la conversación del otro extremo, mientras Ana, esposa de Daniel, ajustaba el pañuelo en su cuello. Lucía, sin embargo, no apartó la vista de su hermano. “No la he visto desde el año pasado”, mintió sin que la voz le temblara. Por encima del borde oscuro de la mesa, Clara, la abuela, apretó los labios y apartó los dados de azúcar formateando en el plato un patrón que solo ella parecía entender.

Duración: 06:40

La hija del relojero
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Era sábado por la tarde y la casa, aunque llena de voces contenidas, parecía suspendida en un aire espeso, apenas estremecida por los murmullos y el tintineo de las tazas de café. El encuentro, como cada año, se celebraba en el salón de la abuela Clara, bajo la lámpara de gotas de cristal y entre los retratos oscurecidos por el tiempo. Afuera, más allá del ventanal empañado, la ciudad chisporroteaba con la promesa de una tormenta, pero dentro reinaba una calma que rozaba lo artificial. Todos interpretaban su papel con un respeto casi teatral, como si la sangre compartida bastara para mantener a raya los secretos que, sin embargo, parecían susurrar bajo cada gesto y pausa.

Daniel, el hijo mayor, se reclinó en el sillón junto a la chimenea apagada y cruzó las piernas con elegancia. Desde pequeña, Lucía —su hermana menor— lo había admirado por su capacidad de mantenerse incólume ante cualquier incomodidad. Ahora, él la observaba por encima de la taza, trazando con la mirada un círculo entre los presentes. “¿Alguien ha visto la llave del desván?”, preguntó con suave desgano, como si la pregunta no importara, como si la ausencia de la llave fuera un asunto anecdótico. El efecto, no obstante, fue inmediato. Un estremecimiento recorrió la estancia, apenas rompido por el discreto tintineo de la cuchara de plata contra la porcelana.

Nadie contestó de inmediato. Teresa, la tía soltera, miró hacia sus rodillas; Ricardo fingió seguir el hilo de la conversación del otro extremo, mientras Ana, esposa de Daniel, ajustaba el pañuelo en su cuello. Lucía, sin embargo, no apartó la vista de su hermano. “No la he visto desde el año pasado”, mintió sin que la voz le temblara. Por encima del borde oscuro de la mesa, Clara, la abuela, apretó los labios y apartó los dados de azúcar formateando en el plato un patrón que solo ella parecía entender.

Detrás de ellos, el viejo reloj tallado de la familia comenzó a dar sus campanadas de las seis. Aquella melodía metálica y enferma llenó la estancia, trayendo consigo el recuerdo de otros encuentros, otras tardes en las que nada parecía moverse y, sin embargo, todo lo importante sucedía en las sombras, en los huecos del diálogo. Daniel sonrió, pero la sonrisa le dolía. “Después, quizás, alguno quiera ayudarme a buscar. Me gustaría mostrar algo a la familia”, añadió. Detrás de su aparente tranquilidad, había una amenaza silenciosa o, por lo menos, la promesa de una revelación.

El desván de la casa —que ninguno de los primos, ni siquiera Lucía, había visitado desde la muerte del abuelo— contenía cosas que no solo eran recuerdos. Una vez, años atrás y casi por accidente, Lucía había visto a su abuela Clara entrar y salir con una caja envuelta en un pañuelo azul. Nadie había hablado de ello, jamás. Pero el rumor de aquello se filtraba sutil en el ambiente, tan denso como el aroma del polvo y la naftalina que parecía brotar de las paredes mismas de la vieja casa.

La conversación se reanudó de manera abrupta, empujada por la necesidad de hacer como que no pasaba nada. Se habló de los trabajos, de las recientes obras en la plaza, del viaje de Ricardo a Praga. Sin embargo, cada frase era una pieza más en el puzle deliberado del disimulo. Lucía sentía el peso de todas las miradas que evitaban encontrarse. Daniel clavó los ojos en ella, y Lucía, súbitamente, recordó el verano en que, siendo niña, había oído llorar a su tía Teresa detrás de la puerta cerrada, un llanto sordo y contenido que nunca se mencionó.

Cuando la lluvia arreció al fin y repiqueteó contra los cristales con violencia, la abuela Clara anunció que iba a descansar, arrastrando su figura delgada por el pasillo sin que nadie la acompañara. Daniel se levantó despacio. “El desván”, dijo con voz baja, como una invitación inocua. Nadie se atrevió a seguirlo, salvo Lucía. Al cruzar juntos el corredor, los ecos de las voces y el crepitar del reloj se mezclaron con un temor antiguo y penetrante.

La cerradura del desván estaba arañada, como si dedos nerviosos hubieran intentado forzarla más de una vez. Daniel sacó del bolsillo interno de su chaqueta una llave dorada, idéntica a la que todos conocían pero que, sin embargo, parecía haber pertenecido siempre a otro tiempo. “No quería que lo supieran”, le confesó en un susurro a Lucía. El desván, al abrirse, dejó escapar un olor a papel viejo, a vestidos guardados y a una soledad de polvo acumulado durante décadas.

Dentro, la luz entraba sesgada, revelando mantas cubriendo muebles y una hilera de maletas cerradas con candados. En una esquina, descansaba la caja de madera, la misma que Lucía había entrevisto en otras ocasiones y que ahora Daniel destapaba con extremo cuidado. Bajo una tela floreada, había cartas y fotografías, documentos nunca mostrados; rostros extraños y, entre ellos, uno que heló la sangre de Lucía: el de una mujer idéntica a la abuela Clara, pero de cabello recogido y expresión amarga. Daniel le alcanzó un sobre cerrado. “Creí que debías ser tú quien lo leyera antes que nadie.”

El sobre, amarillento y con el nombre de Lucía escrito en la caligrafía oscilante de su abuelo, parecía pesar más que todos los silencios de la casa. Lucía lo abrió, mientras Daniel permanecía a su lado, joven y viejo, hermano y cómplice a la vez. Las primeras líneas hablaban de una herencia y de una culpa, de un suceso en la guerra que había perseguido al abuelo hasta el último de sus días. “Las decisiones que tomamos —leía ella, temblando— os pertenecen a todos, pero el peso, Lucía, solo podrá cargarlo alguien dispuesto a mirar de frente lo que escondimos.”

Afuera, la lluvia redobló su asedio contra las ventanas. En la sala, el resto de la familia, consciente de que algo irreparable ocurría en el piso de arriba, mantenía la conversación a flote, tapando con palabras un abismo que, en realidad, ya se había abierto hacía mucho; cuando la abuela Clara, abrazada a su propia sombra, guardó en silencio el secreto que ahora Lucía sostenía temblorosa entre las manos.

Esa noche, la casa sería distinta para todos. Unos sabrían, otros sospecharían, algunos preferirían olvidar. Pero nada en la familia sería igual desde el instante en que Lucía, levantando por fin la vista, reconoció en la fotografía el rostro de la mujer a la que, hasta entonces, solo había escuchado como un rumor dentro de los muros: la otra Clara, la hermana jamás mencionada, la herencia sellada con promesa y miedo en el corazón de la familia. Y comprendió, sin palabras, que los enigmas familiares nunca esperan ser resueltos; simplemente, se agazapan, esperando pacientes su turno bajo la lámpara de cristal.

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