MEMENTO MORI: Las Tumbas
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Fragmento:


Esa noche, Lucian soñó —o creyó soñar— con una figura delgada en bata azul recorriendo con los dedos el dorso de los libros, interrumpiendo la quietud de la sala con un murmullo suave, apenas perceptible. “Emily… Emily…” La voz parecía arrastrar un eco de reproche, o tal vez de necesidad.

Duración: 04:24

Las cenas de mármol
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En la calle Kershaw, la quinta casa a la izquierda, una edificación de dos alturas vestida de ladrillo antiguo y ecos viejos, se erguía entre árboles obstinados. A menudo, cuando el ocaso se filtraba por sus cortinas melladas, los Walton recordaban que la casa era mucho más que una herencia: era un huésped, una presencia. Tras el funeral de su madre, Lucian y su hermana Astrid apenas podían cruzar la entrada sin escuchar, de fondo, la vajilla temblorosa sobre el aparador del comedor, y el lento roce de alguien (o algo) moviéndose en la sala de música en el segundo piso.

La primera noche, la casa la pasaron con luz eléctrica y con las luces encendidas en cada cuarto; descubrir que los focos temblequeaban justo cuando la abuela Mildred solía hacerse un té fue, al principio, motivo de risa. Pero alrededor de la segunda taza, Lucian halló en el fondo una ficha extraña. El objeto era una pieza blanca, de porcelana, con el nombre “Emily” grabado en diminutas letras doradas, un nombre que ninguno de los Walton reconocía en el árbol genealógico familiar. Astrid, siempre la escéptica, sugirió que sería un error de manufactura, un resto de vajilla mezclada. Sin embargo, Lucian no estaba tan seguro.

Esa noche, Lucian soñó —o creyó soñar— con una figura delgada en bata azul recorriendo con los dedos el dorso de los libros, interrumpiendo la quietud de la sala con un murmullo suave, apenas perceptible. “Emily… Emily…” La voz parecía arrastrar un eco de reproche, o tal vez de necesidad.

Al día siguiente, Astrid quiso poner orden al legado, clasificando las pertenencias de la madre. Encontró, en el fondo del tocador, un sobre dirigido a “quien herede esta llave”. La llave era pequeña, bronceada de oxidación, y cabía en la palma de su mano. Decidieron explorar cada cerradura. Finalmente, encajó en un antiguo escritorio lacado al fondo de la biblioteca. Allí encontraron una carta, fechada en 1921:

“Querida hija,

Si algún día regresas, sabrás buscar lo que falta. No es oro ni plata, sino memoria. El sello está roto, pero la deuda no ha sido pagada.”

No había firma. Astrid pensó en la colección de porcelanas, en los platos y tazas que su madre nunca permitía usar, y que siempre parecían demasiados para una sola familia. El inventario reveló la ausencia de una taza: faltaba la del juego “Emily”. Lucian, obsesionado, comenzó a preguntar a los vecinos, hurgando en archivos locales; descubrió, entre historias de pueblo, el registro de una niñera desaparecida, Emily Roscoe, que en 1921 dejó de trabajar para los Walton tras una noche sin explicación. Ninguna mención a su paradero.

Las noches se volvieron más inquietas. La cristalería zumbaba sorda cada vez que alguien discutía en la casa. Finalmente, tras una disputa acerca de mudarse definitivamente, la taza de “Emily” apareció, limpia, pero rota, en el centro del comedor. Nadie confesó haberla traído. Astrid exigió tirarla, pero Lucian la pegó cuidadosamente. Al hacerlo, encontró, dentro, un recorte de fotografía: dos niñas pequeñas—una era la madre de Lucian, la otra una desconocida con una sorprendente semejanza con Astrid. Al reverso, escrito en caligrafía infantil, solo dos palabras: “Te espero”.

Astrid dejó caer la fotografía, palideciendo. Noches después, la figura en bata azul visitó su cuarto. En la gravedad onírica, Astrid preguntó si deseaba descanso. La voz era un susurro de viento por la rendija: “Solo quiero volver a casa”.

Fue Lucian quien, días después, convenció a su hermana de reunir todas las piezas de la vajilla. Las colocaron en la mesa principal y, en un acto ceremonial, la llenaron de agua y pan—como para una invitada. El aire se espesó, y, por primera vez en meses, un cálido sol de media mañana cruzó la estancia. Al día siguiente, la casa dejó de crujir de noche, y la taza “Emily” permaneció intacta en la vitrina, reflejando solo la luz, no la sombra.

Astrid y Lucian no volvieron a hablar sobre la niñera ausente ni sobre la fotografía. La casa los aceptó, pero en los ocasos, cuando la vajilla devuelve la luz dorada, ambos recuerdan que, en ciertas familias, los enigmas no se resuelven: solo se apaciguan.

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