Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
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La niñera
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Edición limitada de la novela Anatema.
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Portada del relato Sombras sobre la mesa de caoba
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Fragmento:


—¿Nadie sabéis quién lo ha escrito? —preguntó Ilse, con voz temblorosa.

Duración: 04:19

Sombras sobre la mesa de caoba
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Cuando la señora Hedwig Krauss falleció, todo el pueblo murmuró acerca del singular inventario que legaba a sus herederos. Su caserón de tres pisos, de ladrillos ya ennegrecidos por el tiempo, era tan famoso como temido en Hofheim: nadie recordaba haber entrado allí sin sentir un escalofrío sin motivo. Su único hijo, Rainer, un hombre de mediana edad con cierta reputación de frío y meticuloso, recibió el grueso de la herencia, aunque el testamento contenía una cláusula inusual: ninguna habitación podría ser abierta por un único heredero, sino solo bajo la presencia de varios miembros familiares directos simultáneamente.

La abogada, la señora Fuchs, convocó pues a Rainer, a sus primos Edith y Lukas, y a la anciana tía Ilse, todos ellos cortados de ramas diferentes del mismo árbol reseco. La lectura del testamento se realizó en el mismo salón enmoquetado donde la señora Krauss había recibido visitas formales y había despachado, con voz aguda y amable, decisiones irrevocables sobre la familia. Los grandes ventanales, cubiertos por cortinas pesadas, apenas dejaban pasar la melancólica luz de octubre. En el centro de la mesa de caoba, un sobre lacrado —sin remitente, pero claramente dirigido a “los que quedan”— había sido dejado por mano desconocida.

—¿Nadie sabéis quién lo ha escrito? —preguntó Ilse, con voz temblorosa.

Los tres más jóvenes negaron con la cabeza. Fuchs sonrió con una amabilidad seca:

—Solo dice que debe abrirse cuando todos hayan recorrido la casa juntos y firmado el inventario. Hasta entonces, hay que respetar la voluntad de la difunta.

El grupo inició, pues, el extraño peregrinaje. En la biblioteca, vieron filas interminables de libros perfectamente alineados. Rainer recordaba haber visto a su madre allí, en horas intempestivas, hojeando volúmenes que nunca le permitió abrir. En la cómoda azul, una vez abierta, encontraron pequeñas cajas con iniciales marcadas; cada caja contenía fotografías, pero nadie reconocía a las personas que había en ellas, ni los paisajes: playas lejanas, calles de ciudades extranjeras. Solo Ilse reconoció una: “Es el hermano de vuestra abuela. Se fue antes de la guerra y nunca volvió”.

Subieron las escaleras entarimadas, hacia los dormitorios. El aire olía a polvo y a agua de colonia. En el dormitorio principal, el gran armario guardaba vestidos que aún conservaban los olores de otra época, pero en el fondo, envuelta en una tela, hallaron una pequeña pistola oxidada. Lukas la sostuvo un momento y recordó un rumor viejo: “Dicen que la abuela disparó a alguien en esta casa, ¿lo sabían?”

Nadie respondió. Descendieron al piso bajo. En la cocina, encontraron una caja fuerte empotrada tras el mural de azulejos del comedor —un mural que, al rozarlo, mostró que uno de los azulejos era una trampilla. Dentro de la caja fuerte había una sortija de hombre, demasiado grande para los dedos de cualquiera de los presentes, y una carta fechada el 9 de mayo de 1945. Rainer leyó en silencio la misiva; luego, sin decir palabra, la devolvió al sobre.

El inventario había terminado. Con manos algo temblorosas, todos firmaron el documento. La abogada Fuchs rompió el lacre del sobre y leyó en alta voz:

“A mis hijos y nietos. Todo lo que creéis saber de esta casa y de su historia es menos de la mitad de lo que sucedió. La otra mitad os servirá si sabéis leer entre líneas. La pistola no disparó nunca. El mural fue hecho por un hombre que vino huyendo de una guerra, y en este anillo está grabado el nombre que nunca debéis repetir. Si entre vosotros hay quien busque la verdad, la hallará y quizá no querrá saberla. Si preferís la paz, olvidaos de mí”.

Silencio. Ninguno levantó la mirada. Lukas fue el único en girar la sortija entre los dedos, leyendo, para sí, la inscripción grabada. Cuando volvió a mirar a sus primos, lo hizo con una expresión turbia, casi desapegada. Ilse se secó los ojos. En la última esquina del sobre, los demás no lo vieron, pero Fuchs notó el rastro húmedo de una lágrima que alguien, alguna vez, había dejado secar allí. Afuera, en el patio, una brisa de otoño hizo volar las hojas caídas, mientras en la casa se instalaba, entre los muebles y los retratos, el silencio elocuente de los enigmas sin resolver.

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