Dire Bound. Alma de lobo
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
La inspectora gitana
La niñera
Portada del relato El susurro de las cortinas viejas
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Fragmento:


“He esperado mucho una visita. No sabía si sería usted, o alguien peor. Esta casa… ha guardado cosas demasiado tiempo”.

Duración: 06:18

El susurro de las cortinas viejas
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El viento de la tarde, espeso de polvo, traía los ecos de una primavera que nunca había terminado de llegar a Los Ángeles. Eran las seis, y el cielo se desparramaba en un mar de añil detrás de la colina. Philip Cardigan miró la casa desde la acera opuesta, aferrado a la maraña de sus propios pensamientos igual que un perro viejo a su hueso favorito. La mansión, ennegrecida por los años y el rencor, resumía perfectamente lo único que podía esperarse del apellido Willoughby: una fachada respetable y un interior plagado de fosas.

Había recibido la nota la tarde anterior en el despacho. Unas líneas cortantes, garabateadas con la prisa de quien confía en su propia impunidad: “Hallará algo curioso en 1205, Sunset Lane. Pregunte por la señora Davenant. Pero no lo deje para mañana”. Ni firma, ni rastro de perfume —solo el leve aroma ácido del miedo.

Cardigan cruzó la calle. El jardín estaba hecho jirones, como si la tierra se negara a tragar más secretos. El claxon de un Buick se apagó a la distancia, desvaneciéndose como la memoria de un testigo reacio. Llamó a la puerta. Tardó en abrirse, pero al fin apareció una mujer menuda, con el pelo color humo de tabaco, más sombra que carne.

“¿Señora Davenant?”, preguntó.

Ella asintió. Por el rabillo del ojo, Cardigan notó que apretaba los dedos sobre la tela de su vestido con tal fuerza que podría haberlo desgarrado de haber querido.

“Me dijeron que pasara. Que usted… me esperaría”.

Las cortinas detrás de ella se movían con una brisa inexistente. Cardigan sintió el peso de una mirada que no era la suya.

“Pase”, susurró la señora Davenant, y sus palabras se arrastraron por el recibidor como una advertencia.

El interior era un mausoleo revestido de terciopelo y polvo. Pisos de madera donde persistía el eco de pasos ajenos. Una foto de boda desteñida, lámparas de cristal que parpadeaban con el recuerdo de risas que ya no tenían labios. Un reloj de pared marcaba las seis y media, y parecía dispuesto a no moverse nunca más.

La señora Davenant lo condujo hasta una salita. Allí, bajo el abrazo de las cortinas pesadas, le habló con una voz hecha de cien madrugadas sin sueño.

“He esperado mucho una visita. No sabía si sería usted, o alguien peor. Esta casa… ha guardado cosas demasiado tiempo”.

Cardigan se sentó despacio. Sacó su cuaderno, no para tomar notas, sino para tener algo que apretar entre las manos. A veces era eso o el cuello de alguien.

“Cuénteme”, murmuró, y su voz fue como encender un cigarrillo en una habitación hermética.

“La familia Willoughby”, comenzó la señora Davenant, “quiso que todo permaneciera en silencio. Pero los secretos no se pudren, señor Cardigan. Sólo se esconden bajo capas de buena educación y dinero viejo”.

Un ramalazo de perfume rancio. La señora Davenant señaló un retrato: un hombre de bigote enjuto y uniforme militar, junto a una mujer de mirada desafiante.

“Mi abuelo fue mayordomo en esta casa. Un día desapareció. Dijeron que se fue, pero encontré su reloj de bolsillo enterrado en el invernadero. A nadie le importó”.

Cardigan encendió un pitillo, observando el humo perderse entre los jirones de la cortina. Le gustaba el sabor amargo del tabaco, ese gusto a verdades imposibles de endulzar.

“¿Ha intentado averiguar qué sucedió?”

La señora Davenant asintió, los ojos clavados en la foto. “Encontré cartas que no podía leer, selladas con un sello que ya no existe. Hablan de algo oculto en la casa, detrás de las paredes. Desde que era niña oigo ruidos por la noche. Como de pasos, a veces una tos sofocada”.

Un trueno lejano meció el aire. Cardigan observaba el rostro arrugado de la mujer, preguntándose cuánta verdad podía caber en una voz temblorosa. Sabía que la gente mentía cuando las respuestas les daban miedo.

“¿Cuánto hace que esos ruidos empezaron?”, preguntó, despacio.

“La misma noche en que mi abuelo desapareció”, respondió ella. “Y cada año, en la misma fecha, vuelven. Anoche volví a oírlo. Por eso le llamé”.

Cardigan recorrió la sala con la mirada. Las sombras se aferraban a los rincones como gatos asustados. El piso crujió bajo su zapato; algo vibró detrás del empapelado—un leve golpeteo, como si alguien tocara muy despacio el timbre desde el otro lado de la vida.

“¿Hay alguien más en la casa?”, murmuró.

“No”, murmuró ella. “Pero nunca estamos solos”.

Cardigan no era de los que creían en fantasmas. Conocía demasiados vivos para molestarse en los muertos. Pero la soledad tiene maneras extrañas de hacer ruido. Se levantó, tanteando el aire junto a la chimenea. Allí, la pared sonaba hueca.

“¿Tiene usted algo para forzar una cerradura, señora Davenant?”

Ella le alcanzó un abrecartas de plata, tan frío como una promesa incumplida. Cardigan hundió la hoja bajo la moldura y oyó un chasquido. La pared cedió, mostrando un hueco angosto donde sólo cabía la noche.

Dentro, una caja de madera oscura y fotos amontonadas.

Cardigan la sacó. Abrió la tapa con la punta de su navaja. Había cartas, manchas de tinta y billetes. Pero entre ellos, un puñado de mechones de pelo y una llave muy pequeña. La señora Davenant llevó las manos a la boca.

Esos objetos eran de su abuelo, de eso no cabía duda. Pero, entonces, ¿quién había arrastrado la caja hasta ese escondrijo? ¿Quién hacía crujir el suelo cada aniversario? ¿Y por qué alguien se había molestado en dejar todas aquellas cartas con la caligrafía cambiada, como simulando otras manos?

Cardigan observó la llave. El metal estaba caliente, aunque el hueco era gélido. Miró a la señora Davenant y supo que ahí no terminaría nada. Porque algunas familias, como ciertas casas, construyen los muros con palabras y dejan que las puertas se abran sólo cuando nadie puede recordar los candados.

Se levantó, guardando los papeles en su gabardina. “Volveré mañana”, dijo.

La señora Davenant asintió sin despegar los labios.

Cardigan salió a la tarde muriéndose. El cielo se marchaba a otras partes y las cortinas viejas suspiraban, cómplices de los enigmas que sólo el tiempo puede resolver. Porque no hay peor secreto que el que se esconde cara a cara, en el mismo fuego lento de la sangre familiar. Y lo sabían bien las casas tristes, los apellidos terrosos, y esa llave caliente que aún quemaba en la mano de un desconocido.

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