Fragmento:
Esa semana, las mariposas comenzaron a posarse sobre las esquinas de las vitrinas y las lámparas. Pequeñas, negras, de alas opacas, buscando desesperadas la luz de la lámpara del pasillo. Papá decía que era la época del año, parte de “las migraciones”, pero cuando una de ellas quedó atrapada en la pantalla cálida de la lámpara y oí el chisporroteo sordo de sus alas, sentí que el aire se volvía más denso en la casa, pesado y melancólico.
Duración: 04:37
Papá solía decir que las casas antiguas nunca dormían del todo. Que si te quedabas muy quieto, podías sentir cómo su corazón latía, apenas perceptible bajo capas de polvo, madera reseca y secretos olvidados. La casa de mi infancia era así, con sus techos donde anidaban las golondrinas y los pasillos que crujían bajo nuestros pasos como si intentaran advertirnos de algo. Yo me acostumbré a esos ruidos —a la respiración de los peldaños, al lamento del viento en las ventanas, al eco imposible de alguien bajando las escaleras cuando todos dormían—, hasta el día en que llegué a entender que lo que sentía no era miedo, sino una peculiar familiaridad que me atraía y al mismo tiempo me repelía.
El verdadero enigma, sin embargo, comenzó una tarde gris de finales de octubre. Fue el día en que mamá apareció descalza y ensangrentada en el vestíbulo, balbuceando cosas sin sentido que hablaban de la “habitación sellada”. Todos pensaron que había recaído en sus viejas pesadillas, esas que la mantenían en vela tantas noches y hacían que hablara sola en la cocina. Pero yo la acompañé al baño y cuando lavé la sutil línea de sangre seca que bajaba de su tobillo, supe que algo distinto había sucedido. La sangre era ajena, más espesa y oscura que la suya.
Esa semana, las mariposas comenzaron a posarse sobre las esquinas de las vitrinas y las lámparas. Pequeñas, negras, de alas opacas, buscando desesperadas la luz de la lámpara del pasillo. Papá decía que era la época del año, parte de “las migraciones”, pero cuando una de ellas quedó atrapada en la pantalla cálida de la lámpara y oí el chisporroteo sordo de sus alas, sentí que el aire se volvía más denso en la casa, pesado y melancólico.
Mamá se encerró en su habitación, negándose a salir o a hablar. Alcanzaba a oír su voz grave, a veces tarareando melodías sin nombre; otras, discutiendo con alguien invisible. Mi hermana menor, Lucía, notó el cambio sin palabras —me buscaba cada noche para dormir en mi cama, repitiendo que la puerta del desván había empezado a abrirse sola aunque papá había clavado la cerradura meses atrás.
El domingo siguiente la policía vino por última vez: buscaban a la hija del jardinero, una chica de diecinueve años que solía venir a podar las enredaderas del muro. Nadie la había visto desde hacía seis días. Cuando preguntaron por mamá, papá contestó que estaba enferma, y ellos se marcharon con la promesa de volver. Esa noche, Lucía me llevó al desván; señalaba la hendija de luz amarilla que escapaba bajo la puerta y un olor profundo y extraño —algo a medio camino entre la cera derretida y el perfume a violetas podridas—.
—¿Tú también oyes los pasos? —me susurró. Y entonces, los oí: un compás lento, irregular, arrastrando los talones en el piso polvoriento del desván, ida y vuelta, ida y vuelta.
Nos quedamos afuera hasta que papá fue a buscarnos. Él no nos regañó, pero a partir de esa noche todos los relojes de la casa desaparecieron. Cuando pregunté, me respondió que “ya no servían”, pero yo supe que algo en el tiempo mismo había cambiado.
La desaparición de la muchacha marcó el principio de los cambios en mamá. Se volvió aún más esquiva, casi translucida en su tristeza, y de vez en cuando la sorprendía mirando fijamente la puerta del desván, con una mezcla de odio y temor. No volvió a mencionar la habitación sellada, pero la noche antes de que la internaran, me dijo en voz baja:
—Siempre la oímos, pero nunca la vimos. A veces son los pasos, otras la risa. Lleva años aquí, esperando. No quiero que la encuentren.
Esa misma noche la policía volvió, y papá les abrió. Registraron la casa, hurgaron en los armarios, el sótano, las alfombras en busca de rastros de la muchacha. No subieron al desván. Nadie subía ya, porque papá había perdido la llave, o al menos eso decía. Pero yo la había visto en su mano, entre las monedas de cobre que llevaba en el bolsillo derecho.
Han pasado siete años. Papá murió el invierno pasado y la casa quedó a mi nombre. Lucía no volvió nunca. Ahora sé que los verdaderos acertijos no tienen solución —solo crecen, se arrastran por entre las grietas, se acomodan al calor de las paredes—. Hoy, mientras escribo esto en la antigua mesa del comedor, vuelvo a oír los pasos en el desván: lentos, secos, pero cada vez más cerca.
Mañana, cuando llegue la mañana, abriré la puerta. Tal vez descubra lo que esconde la cera, o tal vez finalmente se deshaga el embrujo que mantiene el reloj detenido. Al final, todos los padres tienen razón: una casa antigua nunca duerme, y sólo los que oyen ese latido pueden entender el precio de guardar los secretos más oscuros de una familia.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.