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Portada del relato Vectores de la Lluvia Roja
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Fragmento:


La llaman Eva Tanaka, o al menos eso dice la escama grabada con láser bajo su muñeca izda. Los recuerdos, sin embargo, son antojos fugaces de la mente, algo recogido quizá en una línea de código sobrescrita o en un girón de infancia vendido a una corporación. Eva aprendió hace tiempo que el yo propio se negocia en los rincones húmedos donde la ley no mira, y los sueños son bienes fungibles: se rompen, se clonan, se trafican.

Duración: 04:18

Vectores de la Lluvia Roja
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En algún punto entre la penumbra y el grano de la madrugada, la ciudad tose y exhala parpadeos de neón, como si aún quisiera convencerse a sí misma de estar viva. El asfalto de la Calle Perdida transpira una especie de nostalgia eléctrica, la misma que se infiltra en los gritos digitalizados de las pantallas. Hoy la lluvia sabe a cobre y la electricidad deja rastro en la palma de aquellos lo bastante insensatos como para acariciar la baranda oxidada del paso elevado.

La llaman Eva Tanaka, o al menos eso dice la escama grabada con láser bajo su muñeca izda. Los recuerdos, sin embargo, son antojos fugaces de la mente, algo recogido quizá en una línea de código sobrescrita o en un girón de infancia vendido a una corporación. Eva aprendió hace tiempo que el yo propio se negocia en los rincones húmedos donde la ley no mira, y los sueños son bienes fungibles: se rompen, se clonan, se trafican.

El bloque A7 duerme en silencio, henchido de cables como venas, palpitando luces parpadeantes bajo placas de poliuretano. Un zumbido constante tiembla en los pisos superiores, donde la clientela mejor vestida nunca baja la voz porque sabe que los sensores no graban sentimientos. Solo hechos, cifras, imágenes perfiladas para venderse, almacenarse, trocearse y volver a inyectarse en otra vida.

Al filo de las 3:17, Eva baja sigilosa por la escalera de emergencia. Lleva una gabardina casi tan gastada como sus circuitos. El chip cerebral, instalado a la fuerza tras una deuda desmesurada, ladra órdenes cada pocos segundos —insertos de publicidad, consejos de conducta, recordatorios de medicación imposible de costear. Gracias a un programa modificado por Zeno el Bastardo, puede apagarlo unos minutos al día. Ese lapso la hace sentir desnuda y eufórica; esos minutos son sus verdaderos sueños.

Esta noche, huele a pólvora. El bloque vecino ardió apenas hace unas horas; el humo rasga el aire y ata a Eva al presente como una soga. Recuerda el encargo: una transferencia de memoria robada directamente de la matriz sensorial de un abogado muerto en extrañas circunstancias. Un trabajo fácil, en teoría, si no fuera por las centelleantes patrullas de la milicia corporativa y los perros-dron que rastrean feromonas de asustados.

En la esquina de Hiroto y Klimt, el suelo vibra, y Eva duda un instante antes de avanzar. Los grafitis reescritos por IA son avisos de guerra: algoritmos que pintan amenazas sobre amenazas, tan efímeras que se desvanecen antes de que las entiendas. Dos sombras se disuelven en un portal, intercambiando polvo digital sin mirarse a la cara. Ella pasa entre ellos oliendo el sudor de la paranoia.

Zeno la espera en el sótano del bar Maintain, bajo un letrero de cuarzo líquido. Zeno no sonríe ya, ni siquiera cuando la cifra baja en su monedero virtual. Friolera y descreída, Eva introduce el lector de datos bajo el vestigio de su oreja y percibe el tirón del trasvase: primero calor, luego imágenes —un despacho con cortinas rasgadas, la imagen de una llave dorada, un número: -7, y el silbido sordo de una amenaza oculta tras cortinas de privacidad.

—¿Todo correcto? —gruñe Zeno, hurgando en los restos de lo que una vez fue un whisky.

—¿Sabes que nunca lo es —responde Eva, soltando un relámpago de amargura—. Pero está hecho.

En la pantalla empotrada en su retina izquierda, los datos robados aparecen en flujo caótico. Partes de la vida de otro, miserias y alianzas, una deuda olvidada y la promesa de una venganza disfrazada de contrato legal. Al fondo, una imagen: la hija del abogado, aún viva, aún escondida, aún objetivo de todos los perros del barrio electrónico.

Eva apaga el chip unos segundos más de lo permitido, la alarma zumbando suave y distante, un orgasmo de libertad en la montaña rusa del control. ¿Salvar a la chica? ¿Vender la info? ¿Usarla como moneda para salir del pozo? La ciudad exhala su condena y las gotas de lluvia roja serpentean por el cristal que la separa del resto. Todo es una decisión precipitada, un algoritmo de supervivencia.

Esta noche, como otras tantas, Eva toma la mano de los datos y se sumerge en la marea: no hay ángeles en la city, sólo humanos que han olvidado el precio de serlo.

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