Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Tras la puerta
La niñera
La chica del lago
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Portada del relato Neón en los pliegues del insomnio
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Fragmento:


Pero lo que vende "Luna Fría" es otra cosa: refugio en el insomnio. Es un secreto conocido entre quienes perdieron la capacidad de dormir porque sus cerebros ya no distinguen la línea entre datos y sueños. Xiang lleva años vagando entre la vigilia y el código, incapaz de descansar, cazado en la frontera difusa que separa el mundo exterior de las visiones eléctricas.

Duración: 04:34

Neón en los pliegues del insomnio
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La lluvia suena diferente cuando cae sobre los cables de fibra óptica. En la vieja ciudad inundada de luces, la noche no es un manto, es un espectro de neón reptando por las paredes descascaradas y los parabrisas oxidados. Xiang Jun lo sabe mejor que nadie. Su piel ha aprendido a absorber el parpadeo azul y carmesí como si fuese otra capa de epidermis, más brillante y menos humana.

Pasa por la Calle de los Parásitos. Así la llaman no por las ratas, ni por los mendigos con implantes oxidados que buscan calor en los túneles del metro, sino por los datos: gusanos codificados, programas-espía, trozos de consciencia robada que se cuelan de terminal en terminal. Arrastran su hambre digital mientras Xiang camina con el cuello alzado y la chaqueta de cuero escamosa como la piel de una criatura prehistórica.

La tienda está donde siempre: entre la clínica de modificación genética y el puesto ambulante de sopas nano-proteinadas. Se llama "Luna Fría", y detrás de las ventanas empapeladas con circuitos descartados, hay mucho más que mercancía barata. Los neones, pálidos ahora por la tormenta, pronuncian su nombre en un idioma anterior incluso a la memoria de Xiang.

Empuja la puerta, oyendo la campanilla oxidada. Dentro, la atmósfera huele a incienso sintético y silicona quemada. El mostrador está cubierto de gadgets: lentes de visión aumentada para ciegos nocturnos, grabadoras de sueños reciclados, chips con recuerdos falsificados, cigarrillos computarizados que envían endorfinas a la médula espinal.

Pero lo que vende "Luna Fría" es otra cosa: refugio en el insomnio. Es un secreto conocido entre quienes perdieron la capacidad de dormir porque sus cerebros ya no distinguen la línea entre datos y sueños. Xiang lleva años vagando entre la vigilia y el código, incapaz de descansar, cazado en la frontera difusa que separa el mundo exterior de las visiones eléctricas.

La propietaria es vieja, aunque su edad es imposible de determinar. Lleva una máscara de porcelana, con hilos dorados conectándose a las sienes. Sus ojos son sensores negros, inhumanos y profundos. Habla poco, deja que los trasnochados depositen sobre la mesa sus monedas electrónicas a cambio de media hora en el sótano.

Xiang desliza su chip de pago. La pantalla lee su pulso: acelerado. Baja por una escalera angosta. Hay otros allí abajo, tumbados en sillas de dentista transformadas en tronos precarios. A cada uno una diadema de transmisión les conecta a la máquina central: un servidor del tamaño de un corazón humano, palpitando con ciclos de insomnio compartido. Aquí, los insomnes intercambian memorias furtivas, drogas digitales, trozos de conciencia ajena. En el sótano de "Luna Fría", nadie duerme, pero todos fingen hacerlo.

Xiang escoge una silla. La diadema se cierra sobre su cabeza. El zumbido del servidor le inunda la mente, y pronto, su consciencia se desliza en un torrente de paisajes ajenos: recuerdos de otros insomnes, miedos, anhelos, perversiones. Hay un hombre que recuerda la caricia de manos infantiles, una mujer que revive la caída desde el piso cincuenta de un hotel. Xiang, en medio del flujo, descubre una memoria que no es suya ni de ninguno de los otros clientes—es un archivo oculto, incrustado en las profundidades del mainframe, y se siente atraído como una polilla ante la llama.

La memoria es azul: un amor perdido en los días anteriores a la nube, un padre tocando un piano viejo, una hija que ya no existe. Es tan real que duele, como si lo arrancara de sus propios huesos. Cuando el servidor expulsa la sesión, Xiang está llorando y no sabe por qué.

Arriba, la propietaria lo observa tras sus sensores sin párpados. —Encuentras lo que no sabías que habías perdido —susurra con voz metálica.

Xiang, vacilante, contempla la calle abierta de nuevo a la humedad y el ruido. Allí, las tiendas de medianoche, como "Luna Fría", son refugios para lo que la ciudad rechaza: los que no encuentran paz, los que trafican sueños ajenos, los que intercambian ecos por monedas.

Esa noche, camina bajo la lluvia hasta otro local iluminado por neón. Pero cuando entra, la conversación de los insomnes sigue flotando en su cabeza, conectándolo para siempre a una red invisible. Entiende, por primera vez, que la ciudad nunca duerme porque nadie, en realidad, sabe cómo dejar de soñar. Entre los parpadeos de los neones y la música distante de los bots callejeros, Xiang Jun acepta que, al fin y al cabo, siempre habrá una tienda abierta para los que buscan un trozo de consuelo en el insomnio incesante.

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