El olor acre del aceite sintético era más penetrante que nunca en la estación de transferencia de Orion Lane, como si la ciudad hubiera decidido sudar el miedo de un millón de habitantes en vez de simple sudor. Cinthya levantó la mirada cuando el carrito de los interfases neuronales la rozó, su luz roja reflejándose en el fragmento de espejo implantado sobre su sien izquierda. El anuncio holográfico titilaba allá arriba, muy por encima de las calles: “Actualiza tus recuerdos. Hazlos verdaderos.” Y por primera vez en años, sintió el zumbido familiar del peligro reptar por su columna. Nada era realmente nuevo en Neo-Edo, solo muy mal disfrazado de innovador.
Apretó el abrigo, un trozo de polialgodón modificado para camuflajearse entre sensores, y avanzó entre los inmigrantes con máscaras respiratorias. Pálidos pequeños dragones de neón corrían por la superficie de las pantallas, restallando arañazos digitales en los rostros de todos. Así pasaban las horas: cada quien deseaba ser invisible, hasta que descubría que la única forma de sobrevivir era hacerse notar. Así era la lógica en la Zona Gris. La parte baja de la ciudad, donde los cuerpos y las almas se intercambiaban en lotes, y la policía miraba hacia otro lado después de cierta hora.
Entró al Club Límite, aunque no estaba en busca de drogas ni de sexo: allí iban los que pretendían olvidar y los que querían recordarlo todo. Un tipo detrás de la barra, con mandíbula cibernética repleta de puntas, la reconoció. —Aquí no hay nada para vos hoy, Cinthya —le gruñó—. Ni información ni perdón.
Pero ella le entregó el chip-memoria, envuelto en una servilleta sucia. —Díselo a Voss. Es sobre la brecha.
Como una contraseña oculta en el pulso de la ciudad, la palabra hizo que el bar entero disminuyera su ruido, apenas perceptiblemente, como si la atmósfera se tensara y aflojara, un valium colectivo. El cantinero escaneó el chip. Sus ojos, primero verde, después azul, finalmente negro.
—¿De dónde sacaste esto?
—No importa. Lo importante es que mañana la Zona se apaga. Todo.
Cinthya no parpadeó. Había visto ese tipo de devastación antes, aunque nunca tan silenciosa: vaciar la Zona Gris no sería un estallido, sino una exhalación tenue. Una omisión tan devastadora como cualquier catástrofe ruidosa.
Al fondo, una puerta se abrió para mostrar a Voss, revestido por nanotelas de mimetismo, un cyborg que parecía más demonio que humano. Su cuerpo destilaba tecnología de última generación, pero sus ojos denotaban ese vacío irreparable: la mirada de quien ha vendido demasiadas veces su conciencia por un poco más de supervivencia.
—Tu chip... Interesante. Muy sucio —dijo—. ¿Sabes lo que contiene?
Cinthya asintió. Era una confesión encriptada, media docena de gigas de recuerdos que no le pertenecían, pero que al duplicarse en la Red se convertirían en verdad histórica. ¿Quién podía distinguir entre memorias reales y programadas en esta época? Y sin embargo, todo dependía de esa distinción.
—Quiero acceder al Núcleo —dijo ella firme—. Tengo una transferencia pendiente.
Voss sonrió, los dientes tan artificiales que nunca debieron existir.
—¿Crees que lo que descargas te hará más libre? Aquí nadie es libre. Solo intercambiamos jaulas.
Las luces del club titilaron. Un corte de energía. Cuando volvió la electricidad, había soldados sin uniforme en cada entrada. La adrenalina en el aire era tan densa como vapor. Cinthya sabía lo que debía hacer: desconectar su consciencia antes de que la atraparan, transferirla al espacio intersticial para sobrevivir otro día, renaciendo al margen de la ley, de los recuerdos, de sí misma.
Mientras la memoria artificial descargaba en el Núcleo, sintió ese desgarro familiar: perder la identidad para evitar la muerte. La paradoja perfecta de una ciudad donde nadie podía confiar en los propios sueños.
Solo entonces, en la oscuridad poblada de luces moribundas, recordó la voz blasfema de su madre, años atrás, cuando todavía la carne primaba sobre el silicio. “Olvida para sobrevivir, pero nunca demasiado. Porque el día que seas solo memoria, ya estarás muerta.”
En Neo-Edo, el olvido era un lujo que nadie podía comprar. Y la vida, solo un glitch en la máquina.
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