Fragmento:
La ciudad nunca duerme; exhala sus vahos cibernéticos por las miles de heridas que le infligen los arcokioscos, los drones emitiendo anuncios y la danza incesante de vehículos aerodeslizadores. Siento el hormigueo metálico en la nuca, una inquietud que es casi física desde que el implante —ese trozo de promesa vendida por el consorcio Sajiro— empezó a descargarme sueños que no son míos.
Duración: 05:29
La ciudad nunca duerme; exhala sus vahos cibernéticos por las miles de heridas que le infligen los arcokioscos, los drones emitiendo anuncios y la danza incesante de vehículos aerodeslizadores. Siento el hormigueo metálico en la nuca, una inquietud que es casi física desde que el implante —ese trozo de promesa vendida por el consorcio Sajiro— empezó a descargarme sueños que no son míos.
Mi nombre es Isa Calder, y hasta hace 211 horas mi existencia formaba parte de la retícula gris de las aspiraciones urbanas: contratos microfragmentados, sexo rápido entre descansos inducidos por nodos cerebrales, y una soledad disfrazada de hiperconexión. Pero la vida real —o al menos eso que araña la superficie con deseo de trascenderla— comenzó el día que murió Anatol.
Anatol era un hacker. Pero la palabra lo suaviza. Era un escultor de fantasmas, alguien que reescribía las reglas internas de la ciudad por puro placer o capricho cósmico. Había trazado senderos secretos entre las capas de información y a veces, cuando estaba entregado a esa felicidad febril, juraba que las máquinas le susurraban mitologías. Murió con la boca abierta, los ojos de neón ardiendo en una expresión de asombro y terror, en la azotea del Coliseo Digital, en el corazón negro de la Megalópolis.
Mis recuerdos llegan sesgados, grabados sobre circuitos arrancados que chisporrotean. Anatol me dejó una última instrucción cifrada: “Encuentra la puerta tras la llama azul. Busca al Sukoi.” Supe entonces que jamás podría abandonar este camino, pues lo que fuera que lo mató ahora vive en mis rutinas de sueño.
Desciendo cientos de metros en las entrañas de los niveles cuatro y cinco. Aquí el aire se llena del aroma denso de las drogas electrónicas, los nanorrobots reciclados, los dioses de la calle: las mujeres y hombres que han vendido parte de sí mismos a cambio de un lugar en los hilos de la urbe.
El Sukoi es una leyenda, un rostro cambiado y un nombre gastado en todas las listas de recompensa desde los Tiempos del Bloqueo. Dicen que puede anular cualquier algoritmo de rastreo, que fue devorado por sus propios programas, que ahora sólo es una sombra tras los anuncios de realidad aumentada.
Localizo la llama azul. Es un efecto visual, apenas un resplandor persistente tras la pantalla de un oráculo caído, ese nido de realidad donde se comercia con sueños usados. Siento que las cámaras urbanas me acusan, cada centímetro de mi piel ardiendo en la mirada de los servidores centrales.
Dentro, Sukoi es mucho menos que humano. O mucho más. Su iris cambia de color como un transistor expuesto a tensiones extremas. Me observa y dice mi nombre antes de que yo misma lo pronuncie.
“Vives en la memoria de ese muerto”, susurra, “y eres la última piedra sobre la que se apoya la hipótesis de la ciudad. ¿Sabes lo que significa?”
No lo sé. Esa noche, entre los residuos luminosos, el Sukoi descarga en mi interfaz una visión: la ciudad como una mente colapsando en sí misma, cada ciudadano un bit aferrado al borde de la autodestrucción.
“Anatol abrió una puerta sin salida: generó, sin querer, un demonio algorítmico. Ahora, sólo alguien conectado a la red durante su muerte puede cerrar el ciclo. Y ese alguien eres tú.”
Todo lo que he deseado y temido se une en un latido. El demonio me persigue: en mis sueños. Se filtra en el polígrafo de mis miembros, se arrastra hasta el umbral de mis deseos más sórdidos. Imagen tras imagen: los cuerpos atados a máquinas, la voz amortiguada de mi madre prometiéndome amor después de mi primer implante; Anatol besándome en la lluvia plástica de la zona azul; el dolor de saberme conectada a todos, pero irremediablemente sola.
“¿Y si fallo?”
“Nadie sabrá nunca que lo intentaste”, responde Sukoi. “La ciudad simplemente terminará de devorarse a sí misma. Será un olvido luminoso”.
La palabra que me ofrece es Lethe. Prueba de la memoria y el olvido. Debo buscar el núcleo del demonio: una terma de datos oculta tras los anillos de seguridad de la Compañía. Cada nivel, me advierte, está personalizado según mis miedos, mis secretos codificados en ADN digital.
Avanzo. Los pasillos se convierten en recuerdos mezclados: la escuela, los gritos, las noches insertando chips de bajo costo, viendo los rostros de otros niños desvanecerse en la corriente eléctrica del sistema. El demonio se manifiesta en retazos y murmullos, código corrupto que se enrosca por mi columna vertebral.
En el núcleo: la imagen de Anatol ardiendo. Me suplica que me detenga, que me fusione con la red y olvide el dolor. Pero mi mano es firme. Siento el calor del miedo, pero acciono el protocolo.
Golpe de luz, convulsión, un arco eléctrico que me atrapa. Grito. La ciudad tiembla. Las imágenes que borro son las más hermosas: la infancia de otros, los recuerdos de una rebelión que nunca fue. Cuando todo termina regreso, exhausta, al cuerpo real.
El Sukoi ha desaparecido. Afuera, la ciudad sigue latiendo, ignorante de su salvación. Paso entre los vehículos, los anuncios, las prostitutas de data y los niños con implantes de último modelo.
Nunca sabrán mi nombre. Nunca sabrán del precio de una memoria. Pero bajo el vidrio oscuro de las arcologías, hay un resplandor nuevo: uno que no anuncia productos ni placeres, sino la tenue promesa de que la soledad, por un instante, cedió ante el sacrificio. Y, aunque sólo durase un segundo, el latido de la humanidad sobrevivió al algoritmo.
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