Fragmento:
Las luces de la ciudad brillaban extrañamente ajenas, como si todas esas ventanas encendidas pertenecieran a actores en mitad de un guion que no entendía. De niña, creía que la adultez sería una sala de cine: oscura, misteriosa, pero clara sobre qué emociones tocarían a continuación. Ahora, en cambio, el futuro era un bucle de domingos desapercibidos, diez años comprimidos en dos semanas de recuerdos confusos y sueños cambiando de forma al girar la almohada.
Duración: 04:26
La lluvia sobre la avenida estaba cargada de una promesa sorda, un murmullo íntimo que sólo la reconocía en los años en que acumular promesas rotas era el deporte favorito de su generación. Lara cruzó la calle contra la luz roja bajo el toldo de un bar que olía a cerveza rancia y nostalgia; la acera era un cóctel de charcos y cigarrillos, y el frío comenzaba a colarse bajo su abrigo prestado. No había nadie esperando esta noche y, sin embargo, esa ausencia era una especie de compañía.
Hacía meses que Lara sospechaba que la vida le debía una explicación, o quizá una disculpa: alguna nota escrita a mano debajo de la puerta, disculpándose por las últimas facturas, los trabajos que no apasionaban a nadie, las conversaciones que nunca superaban lo superficial. El teléfono vibraba en su bolsillo, insistente. Ignoró el nombre en la pantalla. Si respondía sería para decirle a Sofía que, por una vez, no tenía las palabras justas para aplacar un duelo invisible.
Las luces de la ciudad brillaban extrañamente ajenas, como si todas esas ventanas encendidas pertenecieran a actores en mitad de un guion que no entendía. De niña, creía que la adultez sería una sala de cine: oscura, misteriosa, pero clara sobre qué emociones tocarían a continuación. Ahora, en cambio, el futuro era un bucle de domingos desapercibidos, diez años comprimidos en dos semanas de recuerdos confusos y sueños cambiando de forma al girar la almohada.
Entró en el bar—Los espejos viejos distorsionaban los cuerpos cansados de los clientes. El camarero la saludó con un gesto que era mitad rutina, mitad reconocimiento. Le pidió un vodka tónica que tardó en venir, y desde su taburete, Lara miró el desfile de personajes que la noche deshilachaba. Algunos, jóvenes de mandíbula apretada y risas ásperas; otros, figuras de abrigos gastados y manos temblorosas, mirando los vasos como si buscaran olvidos dentro de ellos. Nadie parecía pedir respuestas, sólo treguas.
La conversación más animada era la de dos tipos junto a la ventana, debatiendo sobre algún equipo de fútbol cuyo nombre Lara ya había olvidado. En otro momento, se habría unido al intercambio, riendo por cortesía, recordando a su padre y los domingos de infancia viendo partidos en el salón con la euforia ausente de los días buenos. Pero esa noche optó por el anonimato. No necesitaba pertenecer, sólo observar.
En la televisión del fondo, las noticias hablaban de política y catástrofes, un paisaje de palabras sin sentido que se mezclaba con el tintinear de vasos. Sintió un cosquilleo amargo de envidia por la convicción ajena, la fuerza con la que algunos afirmaban saber lo que venía después, como si cualquier suplente pudiera entrar al partido a falta de cinco minutos y cambiar el resultado de una vida entera.
Recordó entonces las cartas nunca enviadas, los libros empezados y abandonados una docena de veces, los amores cautivos de cómo deberían haber sido, nunca de cómo realmente acontecieron. Se preguntó, como lo hacía a menudo, en qué momento exacto una se convierte en adulta. ¿Era la primera vez que pagó el alquiler puntualmente? ¿El día que dejó de llamar a su madre por cada dilema absurdo? ¿O quizá cuando tuvo que consolar a una amiga porque el mundo era demasiado hostil y nadie ofrecía manuales de instrucciones?
Un ruido le hizo girar la cabeza: una mujer, algo mayor pero con la misma expresión de intemperie, le sonreía desde el extremo de la barra con la naturalidad triste de quien reconoce el cansancio ajeno. Solo se dijeron “hola” al principio, y luego las palabras, torpes pero sinceras, empezaron a deslizarse entre ambas: trabajos, rutinas, esperanzas recicladas. La mujer se llamaba Estela y había dejado su ciudad natal hacía más de veinte años, dando tumbos por empleos y mudanzas hasta recalar en aquel bar como si fuera un puerto provisional.
Hablaron del miedo invisible que pesa en los hombros, de las noches donde el insomnio no es más que la mente preguntándose si la vida que llevas es, al final, la tuya. Se preguntaron si la felicidad es cuestión de costumbre, si algún día los recuerdos dejan de doler, y si la adultez no era más que el arte de improvisar con la dignidad justa.
Cuando salieron del bar, el frío era más soportable. Estela le regaló un cigarrillo a Lara y lo encendieron juntas, mirando la danza de luces y sombras sobre los charcos. Aquel encuentro, pequeño e improbable, fue un consuelo secreto, una tregua momentánea ofrecida por la noche y el azar.
Caminaron en silencio unos metros, sabiendo que habría más días iguales, expectativas frustradas, preguntas sin responder. Pero ahora, al menos por esa noche, no importaba tanto. El futuro podía esperar, mientras los pasos resonaban sobre la acera y el tenue fulgor de la madrugada prometía una nueva oportunidad, aunque nadie estuviera seguro de merecerla.
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