Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Edición limitada de la novela Anatema.
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Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Portada del relato Matices en la penumbra
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Fragmento:


Cuando el atardecer comenzó a cubrir la bahía de un azul profundo, Lena decidió bajar al agua. Tenía treinta y ocho años y el vértigo de los cambios recientes hormigueaba aún bajo su piel: un divorcio discreto, un trabajo perdido, la ligereza forzada de quien intenta empezar de nuevo. Sentía ahora la gravedad específica de la soledad como cuando una vez jugó a lanzarse piedras al bolsillo para ver cuán lejos podía llegar andando en el lago, burlando el miedo de hundirse. El aire olía a tierra húmeda, a promesas no cumplidas, a cánticos de grillos.

Duración: 03:33

Matices en la penumbra
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El viento silbaba entre los árboles viejos, enfriando incluso la tarde más luminosa de julio. Lena, con los tobillos desnudos hundidos en el césped húmedo, sintió el paso del tiempo como si pudiera verlo danzar sobre la superficie del lago, allá abajo, donde las zarzas inclinaban sus cabezas florecidas. El verano solía ser una promesa; ahora solo era un eco extraño atrapado entre las páginas de su memoria adulta. La casa familiar, algo ajada por las lluvias y el descuido, la recibía cada año por estas fechas sin reproches ni entusiasmo, como si ambos —casa y ocupante— supieran que seguir los ritos de la infancia ya no era más posible.

En la cocina, la mesa mostraba huellas de historias viejas, raspaduras casi borradas por el uso y migajas de pan reciente. Lena dejó su bolso sobre una de las sillas, escuchando el crujido familiar de la madera bajo el peso ajeno, y miró por la ventana: las mismas ramas, el mismo camino de grava hasta el embarcadero donde de niña robaba tardes larguísimas con un libro en la mano. Sus padres ya no estaban, solo fotos que se resistían al olvido en los marcos oxidados, sonriendo de manera que parecía ajena a la persona en la que se había convertido.

Cuando el atardecer comenzó a cubrir la bahía de un azul profundo, Lena decidió bajar al agua. Tenía treinta y ocho años y el vértigo de los cambios recientes hormigueaba aún bajo su piel: un divorcio discreto, un trabajo perdido, la ligereza forzada de quien intenta empezar de nuevo. Sentía ahora la gravedad específica de la soledad como cuando una vez jugó a lanzarse piedras al bolsillo para ver cuán lejos podía llegar andando en el lago, burlando el miedo de hundirse. El aire olía a tierra húmeda, a promesas no cumplidas, a cánticos de grillos.

Se sentó en el embarcadero, con los pies sobre las tablas y la mirada perdida en la otra orilla, donde las luces de alguna casa desconocida salpicaban la penumbra. Recordó la noche en que, a los dieciséis, bebió a solas un licor robado y creyó entender todos los secretos que los mayores le escondían: la traición suave de la rutina, las palabras no dichas, el modo en que la ternura podía marchitarse sin explicación. Quiso llorar, pero el cuerpo solo le permitió un suspiro largo, templado por la brisa.

Esa noche, como tantas antes, la luna subió taladrando las nubes, gestando sombras delicadas en el agua. Lena, aún despierta, pensó en el amor como una estación de tren a la que no se llega, una parada marcada solo en mapas que ya no sirven. Dejó que la melancolía le mojara la espalda, y al fin comprendió que crecer no era dejar de temer, sino aprender a invitar al miedo a sentarse contigo bajo las estrellas.

Por la mañana, la claridad filtrándose entre las cortinas le mostró el polvo bailando en haces dorados. En la cocina, el olor a café reciente y pan tostado era todo lo sólido que le quedaba de la infancia, pequeño, cálido, imperfecto. Lena lo sostuvo—ese instante—como quien recoge una piedra lisa de la orilla para guardarla en el bolsillo: un recordatorio de que el peso de la vida, por veces, es su propio consuelo.

Cruzó sola el jardín, tocando con los dedos los tallos largos de la albahaca, y supo que la adultez no era la meta, sino la travesía: un lento despojarse de las certezas, un aprender a sentarse en el columpio oxidado del pasado, moviéndose sin miedo entre la tristeza y la dicha, el temor y la esperanza. La otra orilla no era un destino, quizá nunca lo sería, pero el rumor del lago —como el de la vida— seguía vivo, susurrando a los que se atreven a escuchar.

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