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Portada del relato El arroyo bajo el avellano
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Fragmento:


Pero aquella primavera, la primera tras la muerte de la señora Banning, la naturaleza se apropió del jardín con una pujanza irreverente. Los setos se desbandaron en brotes incontrolados y las flores silvestres se mezclaron en un torbellino de colores desacostumbrados. Thomas, por costumbre, salió una mañana decidido a domar el caos con tijeras de podar y guantes de cuero, descubriendo entre los narcisos el cuaderno de su madre extraviado, cubierto por el rocío y el esqueleto de una hoja de roble. La caligrafía, antes tan familiar, se desvanecía en la humedad, las palabras se fundían, pero aún podía distinguir fragmentos de historias, listas de deseos y preguntas que nunca se atrevió a formularle en vida.

Duración: 04:21

El arroyo bajo el avellano
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La tarde languidecía en la colina donde la casa de los Banning había resistido, generación tras generación, a los intermitentes rigores del clima inglés. El musgo y las parras trepaban por las tejas, ocultando con suavidad los recuerdos de gritos infantiles, risas y llantos guardados en los huecos de las escaleras crujientes y en el estudio abuhardillado donde Thomas, el hijo mayor, solía sentarse junto a la ventana mientras el vapor golpeaba los cristales. Durante años, él había creído que la madurez consistía en heredar trajes, modales y relojes de cadena; una idea tejida con la misma parsimonia que las bufandas de su madre, dejando pocos huecos para que el aire nuevo le alcanzara.

Pero aquella primavera, la primera tras la muerte de la señora Banning, la naturaleza se apropió del jardín con una pujanza irreverente. Los setos se desbandaron en brotes incontrolados y las flores silvestres se mezclaron en un torbellino de colores desacostumbrados. Thomas, por costumbre, salió una mañana decidido a domar el caos con tijeras de podar y guantes de cuero, descubriendo entre los narcisos el cuaderno de su madre extraviado, cubierto por el rocío y el esqueleto de una hoja de roble. La caligrafía, antes tan familiar, se desvanecía en la humedad, las palabras se fundían, pero aún podía distinguir fragmentos de historias, listas de deseos y preguntas que nunca se atrevió a formularle en vida.

Lee, muchacho, le había dicho ella en la adolescencia, cuando el colegio se había convertido en un teatro de certezas ajenas y humillaciones minúsculas. Lee, porque el mundo está hecho de preguntas, no de respuestas. Las páginas tachonadas del cuaderno parecían ahora dirigidas a él, ya no como el niño de las cenas a las seis ni el joven obligado a mantener conversaciones ceremoniosas con tías de sombrero recargado, sino como alguien a la deriva, rodeado de la ambivalencia de los campos y el idioma de las cosas que ya no estaban.

En aquellos meses solo, envuelto ora en el sol punzante de media tarde, ora en la humedad nacarada de las madrugadas, Thomas comenzó a desmontar lentamente la casa. Cada objeto —las botellas de olor dulce guardadas en la despensa, los sombreros polvorientos, las postales de paisajes marítimos nunca visitados— parecía perder significado a medida que pasaba de las manos frías de la memoria a las suyas, templadas por la novedad de poseer sin intermediarios. Fue entonces cuando descubrió la carta. Estaba dirigida a él, escrita en un sobre azul desvaído, y lo que más le sorprendió fue la fecha: apenas una semana antes de la última enfermedad de su madre.

Querido Thomas, empezaba, espero no suene demasiado extraño recibir palabras mías cuando ya sólo queden mis gestos flotando en la casa. No temas al vacío cuando llegue. Has visto gran parte de mi temor al futuro, y creo que serás más valiente que yo. Cuida el jardín, pero no porque sea deber, sino porque cada año te florecerá de manera distinta. Permítete sentir todo, incluso lo que parece ridículo o impropio. Un día comprenderás, espero, que la adultez es tan arbitraria y frágil como la infancia.

Y al terminar la carta, Thomas lloró —por primera vez sin vergüenza, tan solo, tan entero y fragmentado como podía ser un adulto recién nacido de su propio dolor. La madurez, comprendió, no era una coraza ni el resultado de juicios externos, sino la aceptación brutal y tierna de que no hay respuestas definitivas. De que los días transcurren en pequeños aprendizajes, en la tregua hecha con el propio deseo de control.

El jardín, tras ese descubrimiento, se transformó en su escenario de reconciliación. Aprendió a sacudir la tierra y sembrar sin compulsión, mirando el curso del arroyo como la corriente imprevisible del tiempo. Las visitas esporádicas de antiguos amigos, los silencios entre los muros, la lenta pero irrevocable decisión de dejar atrás fábulas de herencia: todos esos gestos formaron una nueva rutina, tejida con hilos invisibles de paciencia y curiosidad.

Una mañana de junio, vio pasar a la joven hija de la nueva familia del molino, su risa estallando entre los setos rojos. Su propia juventud le pareció repentinamente lejana, pero no menos vívida. Se atrevió a saludar, y compartieron en la verja una conversación torpe, leve, que sin embargo dejó una promesa: la de no repetirse, de no encogerse bajo el peso muerto de lo ya vivido.

Así comprendió que toda vida está hecha de sucesivas renuncias, pero también de nuevas posibilidades. Que la niñez y la adultez bailan juntas, confundiendo los límites como el musgo en las tejas y las ramas en el agua. Y mientras la casa continuaba envejeciendo, Thomas sintió crecer en él la certidumbre de que cada estación, con su carga de pena y promesa, era una invitación a empezar sin garantías, pero con la esperanza radical de que aún era posible florecer.

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