Fragmento:
Dado que habían quedado en la Quinta Lavandería, la más famosa (y menos higiénica) de la ciudad, Tim eligió su camisa menos manchada y los pantalones que encontraron la mejor relación entre bolsillos disponibles y presumible resistencia a detergentes agresivos. Salió al pasillo en dirección al ascensor, donde fue asaltado –en el sentido más amablemente literal posible– por la señora Winifred, que tenía la edad indefinida de las enciclopedias y era dueña de una iguana con instinto criminal.
Duración: 06:35
Era una fría mañana de jueves, lo cual no sería problemático si Tim Draxford no hubiera perdido el último jueves en una partida de póker la semana anterior. Técnicamente, él se encontraba ahora atascado en un bucle burocrático donde el jueves anterior, el jueves presente y el próximo jueves coexistían todos a la vez y requerían su presencia en distintos lugares con diferente ropa. Aquello lo molestaba menos de lo que cabría esperar, ya que para ese momento, la noción de vestirse adecuado a la ocasión le parecía tan anticuada como limpiar el teclado de su ordenador o utilizar tenedores de marfil.
Tim vivía en un apartamento que combinaba el desorden de un adolescente con el cinismo de un filósofo decadente; sobre la mesa descansaban tres tazas de té, cinco intentos de novela inconclusa y una planta carnívora que sólo se alimentaba de chistes malos. Nadie recordaba haber traído la planta. Ni siquiera la planta podía explicarlo. Cuando le preguntaban, simplemente eructaba ligeramente y miraba al techo, como tanteando al infinito por una respuesta que, probablemente, sería escrita en un papel distinto que, por error, había sido enviado con la taza del inquilino de al lado.
Después de recibir una llamada del banco en la que le informaban que su tarjeta de crédito se había inscrito por su cuenta en un club de fans de emperadores romanos, Tim decidió que necesitaba urgentemente una solución. Llamó a su mejor amiga, Arabella, quien trabajaba como mediadora en disputas entre gatos siameses. Le explicó la situación con la precisión y coherencia de un político borracho y, sorprendentemente, ella entendió todo al instante. Confirmó su asistencia con un “Por el amor de Cthulhu, ¿otra vez tu jueves sale con tu tarjeta?”
Dado que habían quedado en la Quinta Lavandería, la más famosa (y menos higiénica) de la ciudad, Tim eligió su camisa menos manchada y los pantalones que encontraron la mejor relación entre bolsillos disponibles y presumible resistencia a detergentes agresivos. Salió al pasillo en dirección al ascensor, donde fue asaltado –en el sentido más amablemente literal posible– por la señora Winifred, que tenía la edad indefinida de las enciclopedias y era dueña de una iguana con instinto criminal.
“Tu planta está enviando cartas a los buzones de los vecinos”, le gruñó.
“Es porque no tiene internet,” dijo Tim, defensivo. “Y ha sido bloqueada en Tinder tras el incidente con los bonsáis.”
La Quinta Lavandería estaba a sólo tres bloques, pero en el camino sencillo entre los universos alternos, el tráfico era tan impredecible como las predicciones de un adivino con resaca. A mitad de la segunda cuadra, Tim fue abordado por un hombre embutido en un disfraz de ganso, quien con aire conspirativo le susurró: “La tostadora lo sabe todo”. Entre sorprendido y resignado—lo cual era su rango emocional habitual—Tim siguió caminando. Los gansos mensajeros eran una molestia persistente desde que la ciudad prohibiera los drones tras el incidente del desfile de sombreros voladores.
Al llegar, Arabella estaba esperando junto a la lavadora número cinco, que, según las leyendas urbanas, a veces devolvía calcetines que nunca habías tenido. Ella sostenía una carpeta y una botella de ginebra con la dignidad de una emperatriz bizantina y la paciencia infinita de quien ha trabajado resolviendo conflictos entre animales neuróticos.
“Tu tarjeta está en una subasta de objetos perdidos,” le informó, mientras señalaba una tablet donde podían verse en directo las ofertas.
“¿Está pujando por una tostadora de la marca Existencial?”
“Asiento negativo. Está ofertando por una suscripción anual al Club del Té Verde Ultra Secreto”.
Era en este punto donde las cosas solían tomar el cariz del absurdo, así que Tim decidió rendirse a la corriente. Juntos, abordaron la problemática principal: si el jueves anterior había sido perdido, ¿dónde podría encontrarse? Puede parecer un problema menor, pero aquel jueves tenía implicaciones fiscales y afectaba a las reuniones del club de lectura clandestino de la señora Winifred.
Arabella, que además de mediadora felina era experta en encontrar días extraviados, propuso recurrir a Owen, un relojero suizo expatriado que había decidido instalarse en el barrio por la promesa de horarios flexibles y la tolerancia local hacia los bigotes postizos. Owen no sólo podía encontrar agujas en un pajar, sino que era capaz de ajustar los husos horarios según la intensidad del café consumido. Los tres, Tim, Arabella y la planta (que les siguió imperturbable, siguiendo una invitación imaginaria hecha por Tim en voz alta), se encaminaron a la relojería.
Por el camino, la iguana de la señora Winifred intentó un asalto relámpago sobre la planta, que respondió con una anécdota sobre úteros artificiales y floristería. La iguana, ofendida, hizo una mueca y fue a buscar algo menos abstracto que atacar. Tim pensó que eso resumía su vida a la perfección.
En la tienda de Owen, los relojes bailaban suavemente en las paredes, como si estuvieran practicando para una vorágine de swing interestelar. “¿Has perdido un jueves, eh?” sonrió Owen, ajustando sus gafas de montura lila y abriendo una caja con pequeños compartimentos etiquetados ‘lunes lluviosos’, ‘miércoles por determinar’ y varios ‘sábados solo para uso profesional’. Tras una breve consulta y una conversación filosófica sobre la naturaleza de las agendas, Owen les entregó una pequeña caja de cartón con la inscripción: “Abrir sólo en caso de comedia de enredos.”
Al abrir la caja, tan solo saltó un resorte y, de forma caprichosa, Tim recibió automáticamente todas las sensaciones de los jueves perdidos en el último año. Además de una sed repentina de experimentar un after office y un breve deseo de comprarse una impresora láser, recuperó la compostura justo a tiempo para ver a Arabella desviando a la planta, que intentaba comprar tiempo extra por debajo del mostrador.
“¿Resuelto?” preguntó Owen.
“Sí, creo que he recuperado mi jueves,” respondió Tim todavía aturdido.
Descubrieron, ya de regreso, que la tostadora de la subasta se había fugado con la tarjeta de crédito y ambos estaban destinados a una vida mejor en las Islas Canarias, donde los electrodomésticos encontraban la felicidad eterna sirviendo cafés con leche. La señora Winifred, por su parte, tenía ahora un capítulo entero para leerle a los gatos ultrasiameses sobre las ventajas de vivir en una paradoja temporal.
Tim miró a Arabella y, al fin, se permitió reír. Había recuperado su jueves. Había derrotado a su tarjeta, su planta iba a empezar terapia y, lo mejor de todo, estaba a punto de tomarse el mejor té verde de su vida, sin club secreto, ni gansos ni tostadoras parlanchinas a la vista.
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