Fragmento:
Mientras Jorge se acomodaba en su mesa preferida (la única con tres patas iguales), entraba por la puerta Carlota. Carlota era la jefa de Ángela en el muy prestigioso pero increíblemente disfuncional “Centro de Estudios de Cosas Intrínsecamente Inútiles”. Carlota empuñaba una carpeta y una sonrisa que podría fundir mantequilla en Siberia. Ella tampoco tenía una buena razón para estar ahí, pero eso nunca se interpuso entre ella y una selección de croquetas.
Duración: 06:21
La historia empieza en una zona residencial que pretende ser más elegante de lo que se permite ser, ya que los lunes la basura siempre se apila con la dignidad de una ópera menor de Verdi. En una de las casas gemelas, donde las cortinas nunca han sido bien seleccionadas, vive Jorge, quien vende seguros para cosas que no existen: incendios de armarios vacíos, robos de ideas, infecciones mentales a través del correo postal. Hay que pagar la hipoteca, claro. Su esposa, Ángela, sigue convencida de que es medio bruja, pero en lugar de invocar lluvia, sólo acierta con las resacas. Se llevan bien justo después del desayuno y antes del primer bostezo de la tarde.
Jorge siempre pensó que una vida más sencilla requería menos compromiso, y esa idea lo condujo —cómo no— a una mentira absolutamente innecesaria. Anunció a Ángela que debía salir en la noche por una reunión profesional, lo cual, por supuesto, no era cierto ni siquiera en su cabeza. La verdad: quería cenar sólo en el restaurante “Don Tapón”, famoso por sus tapas y la rampa traicionera en el baño. Y en ese restaurante, el camarero Víctor, que jamás recordaba ni su propio apellido, estaba a punto de iniciar su jornada más confusa.
Mientras Jorge se acomodaba en su mesa preferida (la única con tres patas iguales), entraba por la puerta Carlota. Carlota era la jefa de Ángela en el muy prestigioso pero increíblemente disfuncional “Centro de Estudios de Cosas Intrínsecamente Inútiles”. Carlota empuñaba una carpeta y una sonrisa que podría fundir mantequilla en Siberia. Ella tampoco tenía una buena razón para estar ahí, pero eso nunca se interpuso entre ella y una selección de croquetas.
Jorge la notó justo cuando daba el primer mordisco a una empanadilla. El sudor frío es un mal sustituto del alioli, pero cuando tienes miedo a las preguntas, te entretienes con lo que tienes. Intentó esconderse tras la carta, que tenía el tamaño y el contenido de un tratado sobre la fabricación de tornillos.
No mucho después, un hombre que parecía un tapir con sombrero —Luis, el vecino cuya honestidad era inversamente proporcional a la longitud de sus explicaciones— se deslizó dentro del local y saludó a Jorge con el énfasis de quien espera un descuento inesperado. Lo que Jorge ignoraba es que Luis estaba en un juego propio: evadir a la mujer de la limpieza del bloque, la cual lo perseguía con la factura de tres meses de olores indescriptibles.
Todo hubiera ido razonablemente mal de no ser porque Ángela decidió, como resultado de un presentimiento brujeril, visitar Don Tapón. No había explicación lógica: ni le gustaba la comida, ni la decoración (sobretodo la cabeza de ciervo de plástico), ni el hecho de que la carta tenía errores gramaticales que le daban ataques de risa a las oraciones subordinadas.
Así se encontraron en la misma sala: Jorge tras la carta-muralla, Carlota hojeando su carpeta buscando algo que le permitiera parecer ocupada, Luis agachado detrás de la barra inventando parentescos con botellas, Víctor el camarero consultando mentalmente si el whisky va antes o después de las aceitunas. Y Ángela entrando, directa, adivinando en el aire las motas de culpa con el olfato afiladísimo.
Cuando Ángela reconoció primero a Luis, suspiró con un “¿tú también aquí?”, lo que motivó la primera confusión: Carlota pensó que Ángela y Luis eran pareja secreta, porque la habían visto saliendo juntos del ascensor esa mañana. Luis creyó que Carlota lo espiaba por las tasas de humedad de su apartamento, y Víctor, sin saber por qué, se preparó para atender una mesa de cuatro cuando sólo había tres sillas.
En breve comenzaron los malentendidos: Jorge trató de pedir media ración de pimientos pero acabó con una jarra de sangría, porque Víctor tenía el oído distraído con la música ambiental, un disco de versiones de “My Way” cantadas por loros. La conversación degeneró rápidamente desde ahí, con Carlota mencionando investigaciones muy pertinentes sobre las consecuencias psicológicas de los armarios recién pintados, mientras Luis intentaba convencer a Ángela de que conocía un hechizo para eliminar el olor a pescado frito de cualquier edificio.
Ángela, clara como la luna llena, se sentó con un silencio más amenazante que la peste en Marsella. Fue entonces que Víctor, en un intento de lucirse, llevó un postre flamígero a la mesa y prendió —en vez del caramelo— la carta, que rápidamente abandonó su papel literario para convertirse en una nube de humo con sabor a alcaparras.
Apareció entonces la dueña, doña Felisa, con la autoridad de quien ha frito más calamares que el CETI ha lanzado experimentos. Felisa sólo quería vender una botella de anís a alguien antes de que se venciera, pero cuando vio a Carlota midiendo el humo con su regla graduada, decidió que ese era el momento de improvisar una fiesta falsa. Proclama “¡hoy celebramos la noche de las tostadas voladoras!” y hace sonar una campana que sólo existe cuando está nerviosa.
En el tumulto, la limpiadora del bloque —Martina— entra al local con tres bolsas de basura y la cuenta de Luis, y en el momento crucial Víctor sirve anís derramándolo sobre la manga de Jorge, que termina lanzando fuego como un dragón tímido pero escandaloso. Los clientes aplauden, creyendo que todo es un espectáculo especialmente diseñado para disimular la comida mediocre. Un par de niños piden autógrafos y la cabeza de ciervo acaba, quién sabe cómo, en la bolsa de basura número dos.
Cuando la confusión alcanza la cota máxima, Jorge, aún con olor a azúcar quemado, confiesa su mentira a Ángela. Carlota admite que en el fondo sueña con abrir su propio negocio de croquetas abstractas, y Luis y Martina alcanzan un acuerdo para liquidar las cuotas pendientes en especies —probablemente en forma de toallas y velas de olor. Víctor, por su parte, jura que a partir de ahora jamás recibirá pedidos si hay música de loros.
La noche termina con todos brindando con leche –el último recurso, pues Felisa había vendido el resto del alcohol a la mesa equivocada– mientras Ángela le pide a Jorge que la próxima vez le lleve a cenar a “El Pez Honesto”, un local con menos personajes, pero con misterios aún más ridículos por descubrir.
Quizás no aprendan nada, pero Jorge recuerda que los seguros deberían cubrir comidas de este tipo. Lástima que nunca nadie los compre. Así es el amor y así es la comedia, mezclados en los manteles, las manchas y la resaca del martes siguiente.
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