Fragmento:
No hay nada como el verbo “indispuesto” para helar la sangre. Mentiría si dijera que no puse mueca. Nuestra entrecruzada genealogía, tan osada como un castillo de naipes en un ventilador, ha producido más indisposiciones de las necesarias, y Egbert suele estar en el ojo del huracán.
Duración: 04:33
Al oír un estrépito digno de la caída de los Habsburgo, pensé de inmediato en uno de dos posibles responsables: Jeeves, que jamás hace un ruido semejante, o el primo Egbert, que sólo se desenvuelve en la vida a fuerza de desastres. No es necesario que aclare cuál era el sospechoso más probable, pero permítanme decir que rara vez me equivoco en estos asuntos: era Egbert.
La víspera había sido de lo más complicada; mi tía Maud había llegado con una nueva receta de tónico capilar que prometía devolver la lozanía a cualquier cuero cabelludo en decadencia (una necesidad muy sentida por el tío Percival desde que el cricket perdió sus encantos) y, por supuesto, su expectación había arrastrado a toda la familia. Encontró a Egbert en mi casa –donde nunca debe estar– y, antes de que pudiera protestar, el primo ya se había embadurnado la cabeza con el dichoso mejunje y convertido en centro de la velada.
Por la mañana, mientras trataba de desperezarme con el Times y una taza de té (sin limones, como exige el decoro), Jeeves apareció con su habitual continente sereno.
—Señor —dijo, con esa voz suya de terciopelo, capaz de apaciguar incluso a tía Maud—, ¿sería adecuado informarle de que el primo Egbert se halla… indispuesto?
No hay nada como el verbo “indispuesto” para helar la sangre. Mentiría si dijera que no puse mueca. Nuestra entrecruzada genealogía, tan osada como un castillo de naipes en un ventilador, ha producido más indisposiciones de las necesarias, y Egbert suele estar en el ojo del huracán.
—¿Qué ha hecho ahora? —logré preguntar, tras exhalar un suspiro de esos que ahorran años de tratamiento psicológico.
—El asunto requiere cierta discreción, señor. El primo Egbert… ha quedado atrapado en el armario del sótano.
Me incorporé de un salto, esparciendo té y periódicos por doquier.
—¿Por qué demonios estaba en el armario del sótano? —O más bien, ¿por qué nunca puede estar donde uno lo deja?
Jeeves alzó una ceja, lo que en su lenguaje equivale a una tragicomedia en tres actos.
—Al parecer, intentaba ocultarse de la tía Maud, que le perseguía con una segunda dosis del tónico capilar.
En ese momento, la puerta principal retumbó con furia, y la voz de tía Maud perforó las paredes como el rugido de un hipopótamo herido.
—¡Bertie! ¿Dónde está Egbert? No habrá huido otra vez, ¿verdad? Ese muchacho necesita MADUREZ.
Sabía que había que improvisar. Corrí hacia el sótano, tropezando con el gato de la señora Travers en la escalera (el animal opina que la casa es suya y sólo nos lo permite en préstamo), y encontré a Egbert acurrucado en el armario, la cabeza chorreando lo que parecía haber sido en otro momento un cuero cabelludo, pero que ahora era una especie de jardín experimental.
—Sácame de aquí, Bertie —suplicó Egbert, con voz temblorosa—. Esa mujer no se detendrá hasta dejarme completamente calvo.
—¡Y con razón! —atronó detrás de mí la tía Maud, que había seguido el rastro de tónico cual sabueso experimentado—. Es por tu bien, Egbert. Si tu padre hubiera tenido este vigor, no habrías heredado esa terrible coronilla.
Egbert, demudado, hizo un gesto de súplica aún más patético. Aquello exigía diplomacia, así que opté por la línea dura:
—Tía Maud, Egbert debe prepararse para el torneo de bridge de esta noche, y me temo que requiere reposo absoluto para calmar los nervios. ¿No cree que sería mejor…?
La idea de Egbert arruinando la reputación de nuestra familia en cartas era tan dolorosa para tía Maud que abandonó la escena, mascullando algo sobre “inútiles jugadores zurdos”.
Jeeves, que había entrado sigilosamente, observó la calva de Egbert y murmuró (demasiado diplomático para reír):
—Quizá un sombrero escocés lo disimularía eficazmente, señor.
Y fue así como Egbert acabó esa noche en el bridge, embutido en mi mejor tocado tartán –que sólo sacaba para ocasiones patrióticas o bromas pesadas a Lord Bingley– y, contra todo pronóstico, ganó la partida. Nadie descubrió jamás el secreto bajo aquel sombrero, a excepción de la señora Chuddleigh, a quien nunca se le escapa nada y que, por suerte para nosotros, posee un sentido del humor tan agudo como su visión periférica.
Por supuesto, la tía Maud celebró el milagroso “despertar de habilidades” de Egbert y atribuyó el triunfo, sin ironía alguna, a su tónico capilar portentoso. Por mi parte, dediqué la semana siguiente a evitar armarios, tónicos y puentes (reales o de cartas) y, bajo la sabia dirección de Jeeves, recuperé la sana práctica de dormir con la puerta cerrada y sin familiares a la vista.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.