Powerless (edición especial limitada)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Tras la puerta
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Portada del relato La Melodía de los Paraguas Desparejados
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Fragmento:


Mientras sopla una brisa trágica por el pasillo de su apartamento alquilado, Norberto decide aceptar. Siendo jueves y sólo habiendo robado tres cosas en la semana (la máquina, dos revistas pornográficas y un pepinillo en vinagre) se siente con derecho a arriesgar. Junta a Sócrates en una caja de zapatos y sale de casa, olvidando las medias verdes pero vistiendo un batín naranja chillón y zapatos de charol. La vecina, Amparo, lo mira en el ascensor y pregunta, con sincera preocupación: “¿El color naranja garantiza la felicidad o el divorcio?” Norberto sonríe, diciendo “Sólo el pepinillo lo sabe”, y el ascensor para intempestivamente en todos los pisos, aunque Amparo sólo presiona el botón de la planta baja.

Duración: 04:21

La Melodía de los Paraguas Desparejados
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Comienza, pues, la desgracia cuando Norberto B. De Santillán decide un jueves, sin razón aparente salvo lo inexplicable, afeitarse con la máquina que robó de la habitación 419 del hotel Cherbourg. Lo de menos es el robo, lo de más es que no era suya, y si hay un pecado en la vida moderna es que te sorprendan siendo poco original. Lo acompaña en ese ritual su gato, Sócrates, un animal tan gordo que parece hecho de almohadillas de espuma y desperdicio de la cafetería municipal. Sócrates mira la espuma de afeitar con un desprecio solemne y filosófico, mientras Norberto, desnudo salvo por unas medias verdes (no pregunten), entona con desafino el himno nacional de Mónaco.

Todo iba, debe decirse, hacia el abismo. Su mujer, la inefable Clara, ese mismo jueves ha decidido abandonar la idea de abandonarlo, lo que es un giro en falso dramático, como girar a la derecha en una rotonda cuadrada. Ella, con su vaso de licor de huevo y el pelo en rulos, lee la carta que Nicanor, director del ballet municipal, le dirige a Norberto. Nicanor, que arrastra erres como un idiota y cree que en la vida todo se resuelve con cha-cha-chá, invita a Norberto a interpretar el papel de estatua viviente en una función sádicamente financiada por la tía Ricarda, una mujer que sólo sonríe para evitar que la denuncien.

Mientras sopla una brisa trágica por el pasillo de su apartamento alquilado, Norberto decide aceptar. Siendo jueves y sólo habiendo robado tres cosas en la semana (la máquina, dos revistas pornográficas y un pepinillo en vinagre) se siente con derecho a arriesgar. Junta a Sócrates en una caja de zapatos y sale de casa, olvidando las medias verdes pero vistiendo un batín naranja chillón y zapatos de charol. La vecina, Amparo, lo mira en el ascensor y pregunta, con sincera preocupación: “¿El color naranja garantiza la felicidad o el divorcio?” Norberto sonríe, diciendo “Sólo el pepinillo lo sabe”, y el ascensor para intempestivamente en todos los pisos, aunque Amparo sólo presiona el botón de la planta baja.

En el teatro todo es desorden, gente que corre, apellidos imposibles, olor a harina de hotcakes y a desinfectante. Nicanor, con su voz de trompeta desafinada, le explica la escena: debe quedarse quieto mientras un grupo de niños con máscaras de gatos pasa a su alrededor entonando canciones de cuna. Lo difícil no es fingir ser estatua, sino no reírse de cómo Lucy, la saxofonista de la orquesta, se ha vestido de torero aficionado y se pelea con un burro inflable.

Simultáneamente, Clara recibe la visita de su antigua amante Inés, que lleva años escribiendo novelas históricas con más errores que inviernos tuvo la peste medieval. Inés trae un pastel de choclo, una proposición indecente y la noticia de que ha vendido los derechos de la vida sexual de Norberto a una revista danesa, sin avisar ni a Clara ni al mismo Norberto, pero sí al cartero, que golpea la puerta en ese mismo preciso instante para preguntar si hay algún paquete a su nombre.

Mientras tanto, en el teatro, la estatua finalmente tose, alertando a los niños que, al desconcentrarse, derriban el decorado, sueltan a Sócrates (que escapa entre las piernas del intendente municipal y deja un reguero de pelo sobre la alfombra roja) y provoca una reacción en cadena. Lucy, al ver al gato, cree que es un mal presagio, y en tres segundos la orquesta entera ha dejado de tocar para perseguir al gato robusto que, para colmo, ha encontrado el bol de pepinillos del catering y lo defiende con uñas y dientes.

Nicanor, con el pulóver empapado en sudor y lágrimas, decide invitar a Clara e Inés para calmar la sala, sin saber que ellas han resuelto, entre medias de pastel y caricias, invitar al cartero a leer pasajes de las novelas históricas, lo que termina en una orgía literaria interrumpida solo por los maullidos de Sócrates transmitidos por el altavoz del teatro, accidentalmente conectado al apartamento por un vecino entusiasta de las telecomunicaciones pirateadas.

Norberto, despojado de pepinillo y dignidad, escapa del caos por la trampilla del último acto, encontrándose en la calle en mitad de una manifestación de monjas feministas en patines. Amparo, la vecina, lo ve desde la ventana y decide unírseles, convencida de que el naranja chillón es, en efecto, el color del futuro.

Cinco años después, Norberto escribe propaganda para una marca de aspiradoras que sólo limpian los sueños perdidos. Clara dirige talleres de memoria selectiva y olvida a Inés cada dos miércoles. El gato Sócrates se ha hecho famoso como oráculo de los pepinillos, profetizando los partidos de fútbol del barrio. Nicanor, que nunca recuperó sus erres perdidas, monta funciones de ballet subacuático en una piscina portátil. Y así, entre enredos y apellidos impronunciables, se vive, se sopla y… si Dios existe, seguro que viste batín naranja.

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