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Fragmento:


En el corazón lánguidamente desordenado de una ciudad británica donde la arquitectura georgiana lucha —y pierde— contra la insistencia de cables sueltos, buzones ladeados y la constante amenaza de la humedad, vivía Barnaby Thistlewaite. Era el tipo de hombre que podía encontrar el sentido de la vida hundiendo la cabeza en un paquete de galletas digestivas, siempre y cuando las galletas no tuvieran pasas (una experiencia que, afirmaba él, podía provocar la renuncia personal al sistema nervioso central).

Duración: 05:39

A veces es martes para siempre
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En el corazón lánguidamente desordenado de una ciudad británica donde la arquitectura georgiana lucha —y pierde— contra la insistencia de cables sueltos, buzones ladeados y la constante amenaza de la humedad, vivía Barnaby Thistlewaite. Era el tipo de hombre que podía encontrar el sentido de la vida hundiendo la cabeza en un paquete de galletas digestivas, siempre y cuando las galletas no tuvieran pasas (una experiencia que, afirmaba él, podía provocar la renuncia personal al sistema nervioso central).

Una soleada mañana de lunes que, por motivos legales y meteorológicos acabó siendo miércoles, Barnaby se despertó con tres cosas inusuales: una bata prestada, una pluma de faisán en la oreja que no tenía el día anterior, y el recuerdo vago de haber pedido matrimonio a alguien cuyo nombre se le escapaba, pero que seguramente sabía usar mejor los palillos chinos.

La primera confusión surgió cuando el timbre sonó y él fue a abrir creyendo que era el lechero. No era el lechero. De hecho, hacía ya quince años que los lecheros tradicionales habían desaparecido, pero a Barnaby eso no le impidió ofrecer propina a la mujer rubia vestida de mimo que le espetó: “¿Tiene usted mi salchicha?” Barnaby, poco dado a refranes ni metáforas, subió corriendo a la cocina para buscar alguna forma plausible de salchicha que regalara, encontrando sólo un pepino momificado y un trozo de cheddar con el rostro de Churchill. Volvió con el pepino, pero la mimo ya se había ido, dejando una carta perfumada a jazmín y la promesa implícita de futuros malentendidos.

Momentos después, apareció su vecino Jameson, apremiado, luciendo la misma expresión que uno espera de quienes descubren que en el baño hay más papel higiénico afuera que adentro. “Barnaby, hay alguien en mi tejado. Está tocando un trombón.” Barnaby, que creía firmemente en los límites estructurales de la música de metales, prometió ir a investigar, pero primero puso el hervidor de agua porque nada en la vida empieza antes del té. Así es como la vida lo atrapó: con una taza de Earl Grey, incapaz de resistirse a liarse aún más.

Tras veinte minutos, el tejado no sólo estaba ocupado por un trombonista sino también por una anciana vestida con la camiseta de un equipo de rugby, dos gatos idénticos (o uno excesivamente rápido), y, en el borde izquierdo, un pequeño geranio que juraría que no estaba allí la noche anterior. La anciana, al percatarse de Barnaby, le dijo algo sobre el valor de compartir mermelada y le arrojó una bufanda. El trombonista, por su parte, le dedicó una fugaz interpretación de “God Save the Queen” estilizado como samba. Había algo vagamente seductor en el caos.

Barnaby, arrastrado por la lógica ilógica del universo, aceptó la bufanda, sólo para darse cuenta de que tenía cosido en ella lo que parecía ser un anillo de compromiso (¿el suyo?), junto con una factura no pagada de lavandería y la foto de un pato vestido de Sherlock Holmes. Recordó, como en el relámpago de un sueño, que la noche anterior alguien le había pedido que cuidara de “ella”. Pero, ¿se refería al pato, la bufanda, la mujer mimo, o preocupantemente, a la salchicha desaparecida?

Mientras comenzaba a descender del tejado (proceso que en esa casa siempre implicaba una breve parada en el lavadero y el armario de paraguas, porque la arquitectura era indisciplinada), se tropezó con la señora Clutterbuck, su casera, que en ese momento ejercía de árbitro en un conflicto entre un grupo de scouts adolescentes y un repartidor de kebabs enfadado. En el fragor de la discusión, la casera le susurró: “Barnaby, tu pantalón está en la nevera de los vecinos”. Barnaby juraba haberlo dejado en la cómoda, pero, claro, era miércoles y el sentido común tenía jornada reducida.

Volvió a su piso, cruzándose con el cartero (que no era cartero sino mago aficionado, y que bajo el axila llevaba correspondencia, cartas de tarot y, extrañamente, una salchicha). Se hizo dueño de la situación aceptando la carta, la salchicha y una profecía vaga sobre “pérdidas, hallazgos y bigotes imprevistos”. En ese preciso momento, apareció la mimo de antes arrastrando el trombonista. “Lo he encontrado en tu bañera”, exclamó feliz, señalando al joven, que asintió solemnemente, aunque él mismo parecía no estar del todo seguro de cómo había llegado allí.

El clímax de la jornada llegó con la irrupción de un inspector municipal que aseguraba que, según recientes normativas, los gatos debían ser empadronados y no podían estar más de veinte minutos consecutivos en un tejado sin licencia expresa. Los dos gatos idénticos –o, de nuevo, uno muy veloz– se declararon en huelga mudándose temporalmente al paraguas de Barnaby. El inspector tomó nota de todo, incluyendo el hecho de que alguien había dejado un trombón en el microondas (un misterio que, de momento, prefería no analizar).

Al caer la noche, el salón de Barnaby parecía el vestuario tras un ensayo de ópera cruzado con una convención de mimos, ingredientes para ensalada, bufandas comprometidas y facturas de lavandería. Junto a la tetera, finalmente, Barnaby encontró su pantalón… notablemente helado y custodiado por el pato Sherlock Holmes, quien sólo alzó una ceja al ser descubierto.

Y así, entre tacitas de té, gatos posibles, mimos reclamando salchichas, bufandas anilladas y un trombón que inexplicablemente sólo tocaba melodías de telenovelas mexicanas, Barnaby concluyó que, después de todo, los enredos no son más que trocitos ordenados de la caótica y bendita cotidianeidad. Especialmente si son martes disfrazados de miércoles y si tienes por lo menos una galleta sin pasas aguardando.

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