Fragmento:
Trabajé la tierra hasta que los normandos, hambrientos de poder, reclamaron la cosecha y a nuestros hijos, diciendo que eran tributos que se debían a la corona y a Dios. Recuerdo el día en que vinieron: caballos que levantaban el polvo, lanzas reluciendo a la luz gris, palabras afiladas en un idioma tosco que llenaba de temor a quienes solo hablábamos sajón. Fui tomado junto con otros jóvenes del pueblo. Armados a la prisa, sin entrenamiento ni más protección que una cota de cuero reseca, nos lanzaron a servir en la hueste local contra los rebeldes del norte.
Duración: 04:33
Me llamo Godwin, aunque pocos conocen mi nombre, y menos aún recuerdan que alguna vez existí. Es habitual que la historia depare esa suerte a quienes nacen lejos de los palacios y las cámaras de consejo, a quienes la herrumbre de las armas es más cercana que el dorado de los estandartes. Mi vida comenzó en la brumosa Inglaterra del siglo XI, en las tierras bajas de Wessex, cuando los nuevos señores normandos apenas comenzaban a moldear el reino conquistado a su antojo. Mi padre, un hombre grande y hirsuto, había sido esclavo y luego campesino libre, hasta que la guerra, ese manto negro que todo lo cubre, se llevó sus tierras y su ánimo.
De mi madre poco sé. Murió cuando yo apenas podía balbucear, y en mi memoria no queda registro suyo más allá del aroma a pan recién hecho y la forma en que mis manos, siendo ya adulto, temblaron al recordar la suavidad de unos dedos enredándose en mi cabello. Fui criado por mi tía, una mujer severa, que repartía trabajo a golpes de vara pero que contaba las viejas historias nórdicas con un brillo en los ojos—historias de dioses, gigantes y mortales enfrentados a un destino imposible.
Trabajé la tierra hasta que los normandos, hambrientos de poder, reclamaron la cosecha y a nuestros hijos, diciendo que eran tributos que se debían a la corona y a Dios. Recuerdo el día en que vinieron: caballos que levantaban el polvo, lanzas reluciendo a la luz gris, palabras afiladas en un idioma tosco que llenaba de temor a quienes solo hablábamos sajón. Fui tomado junto con otros jóvenes del pueblo. Armados a la prisa, sin entrenamiento ni más protección que una cota de cuero reseca, nos lanzaron a servir en la hueste local contra los rebeldes del norte.
Ese fue mi bautismo. Aprendí a odiar el sabor ferruginoso de la sangre y a amar el frío absoluto de la muerte ajena, cuando mis propios pulmones aún respiraban. Aprendí también a esperar poco de los hombres con poder, porque en la batalla éramos carnaza, nombres sin historia ni peso en la balanza del rey. Mi primera victoria, si así se le puede llamar, fue sobrevivir a la masacre del río Tyne. Las aguas fluían rojas aquel mediodía, y los gritos quedaban suspendidos en la niebla, como lamentos de espíritus que jamás hallarían descanso.
Y, sin embargo, fue más tarde, al volver a mi pueblo—despoblado, saqueado, irreconocible—cuando comprendí que mi vida no tenía marcha atrás. La guerra me había arrebatado mi identidad antigua y mi futuro, obligándome a forjar uno nuevo en las ascuas del presente. Me uní entonces a una banda de errantes, antiguos aldeanos y soldados caídos en desgracia, que encontraban en el bosque refugio y desesperación a partes iguales.
Bajo el liderazgo de Ceolwulf, un hombre cuya vida había sido aún más desgarrada por la conquista, nos convertimos en bandidos y proscritos. Mi conciencia, endurecida ya por la pérdida y el odio, no hallaba ya consuelo en la plegaria ni en la justicia, solo en el filo de la espada o en la camaradería de los que, como yo, no tenían ya patria. Robábamos, sí, pero también protegíamos a los desesperados, cobrándoles solo el tributo de un poco de pan y la promesa de una noche bajo techo.
En aquellas noches interminables, junto al fuego, compartíamos historias. Ceolwulf hablaba de la grandeza caída de los anglos y el anhelo de devolver al pueblo lo que era suyo. Y fue él quien me mostró que la historia es una bestia caprichosa, que unos pocos con voluntad férrea pueden cambiar su dirección, aunque el precio sea la vida o la condena eterna del olvido.
Un día, mientras las lluvias del otoño convertían los caminos en lodazales, nos sorprendió una patrulla normanda. La lucha fue corta. Vi caer a mis amigos, uno tras otro, y cuando finalmente me sujetaron, sentí la espina fría de la muerte deslizándose por mi columna. Pero la fortuna, esa zorra traicionera, tenía otros planes para mí: fui llevado ante el alguacil local, quien reconoció en mí a un soldado valiente, digno de servir en su guardia personal. Quizá fuese la sangre seca en mi rostro, el acero de mi mirada, o simplemente la suerte del condenado, pero desde entonces vestí el escudo ajeno y la túnica del opresor.
Durante años me balanceé en esa cuerda floja, hombre sin bando, jugando al traidor o al salvador según lo dictase el día. Vi a mis antiguos camaradas morir ahorcados, vi a nobles caer desde sus torres, y a campesinos gritar venganza mientras eran despojados de todo. Aprendí idiomas, aprendí el peso de la política, y sobre todo aprendí a guardar silencio, porque a veces en el callar está la única resistencia posible.
Ahora, ya viejo, escribo esto en los márgenes de un misal robado. Nadie conocerá mi nombre. No hay canciones que celebren mis hazañas, y los dioses de mi infancia guardan silencio en sus tumbas de piedra. Pero he vivido, y en el fragor y la ceniza, cuando el mundo se desmoronaba, he buscado ser un hombre entre hombres. No puedo pedir más.
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