Fragmento:
Llevaba días anhelando el aire de la ciudad, la bruma inquieta que cabalgaba las aguas del Tíber. En los claustros resonaban las conversaciones de hombres que uno supondría sabios, la mayoría mastines gruñones, cada uno aferrado a su parcela de poder con la voracidad de un coleccionista de mariposas. Ricardo recorrió el pasillo infestado de ecos, saludó de memoria y jamás con el alma, y subió los escalones alfombrados hacia el despacho que se le destinaba por herencia de sangre y pacto tácito de mediocridad. Epitafio prematuro, pensó. Sus sandalias chirriaron contra la solería antiguamente pulida por los tocados de emperatrices que amaron y mintieron entre estos muros, dulces y letales.
Duración: 05:16
Llevaba días anhelando el aire de la ciudad, la bruma inquieta que cabalgaba las aguas del Tíber. En los claustros resonaban las conversaciones de hombres que uno supondría sabios, la mayoría mastines gruñones, cada uno aferrado a su parcela de poder con la voracidad de un coleccionista de mariposas. Ricardo recorrió el pasillo infestado de ecos, saludó de memoria y jamás con el alma, y subió los escalones alfombrados hacia el despacho que se le destinaba por herencia de sangre y pacto tácito de mediocridad. Epitafio prematuro, pensó. Sus sandalias chirriaron contra la solería antiguamente pulida por los tocados de emperatrices que amaron y mintieron entre estos muros, dulces y letales.
No hacía ni un lustro que Roma vibraba entre el delirio de las reformas y la sórdida calma de la contención. Él había nacido lejos del tumulto, en una hacienda castigada por el sol anémico del invierno, pero desde joven aprendió que el poder rara vez era conquistado; simplemente se caía sobre quienes sabían cómo fingir indiferencia suficiente como para no asustar a los tiburones. Una y otra vez, en el calor denso de los pasillos del poder, en las cenas donde el vino robaba la decencia a los labios más castos, se repetía a sí mismo que fingir implicaba también aceptar cierta resignación.
A través de los postigos entreabiertos, observó las hojas caer sobre la fuente; el agua giraba traslúcida, acarreando los torpes espectros de los que se habían sentado ahí antes. Su mentor, Fabián, vestía una toga de lino tan blanca que resultaba sospechosa. Lo invitó a sentarse, la cortesía vestida de advertencia. Fabián hablaba bajo, como si temiera que hasta los muros tuvieran hermanos en la competencia. "La historia no se hace con las manos limpias", murmuró, sirviéndose vino, "y la conciencia no la lavan las fuentes ni la bendicen los dioses." Ricardo asintió, aunque apenas escuchaba. Demasiado había visto, y demasiado quedaba por infligir.
Al caer la tarde, la ciudad se hacía vulnerable. Las calles brillaban en oro y azul turbio, y los rumores viajaban tan raudos como los mercenarios. Roma siempre había sido una pirámide invertida, pensó. Su base mezcla de barro y crimen, su cúspide saturada de oro y a la vez de miedo. Ricardo tenía un talento refinado para identificar el miedo entre los bellos: en el roce nervioso de un abanico, en las piernas cruzadas demasiado alto durante las audiencias, en los besos destinados nunca a dar, sino a dejar huella de propiedad. Los juicios no se ganaban con pruebas sino con silencios comprados, y la volubilidad del juez pasaba por la untuosidad de la alcahuetería.
Entre banquetes y funerales, aprendió a moverse como quien camina sobre brasas. Se había hecho indispensable por saber callar lo indecible y dar a cada cual su razón. Los emperadores cambiaban, los credos mutaban, pero el arte de la supervivencia era el mismo desde los días de los césares enloquecidos. Una noche húmeda, en la que el vino era más amargo que de costumbre y las antorchas lanzaban sombras de gigantes en las paredes de mármol, Ricardo entendió que había adquirido lo que otros llamaban poder pero que él sólo pensaba como el derecho a no temer la noche. Eso, claro, era una ilusión, pero la ilusión era moneda más valiosa que el oro en la ciudad eterna.
Entre sus amantes, los más fieles eran quienes menos decían. Debajo de los cuerpos ardientes y los secretos compartidos en susurros, residía una verdad atroz: cada historia de amor era, en estos salones, una historia de traición aún no cometida. Aprendió a olvidar los nombres, y a recordar las voces. Uno le enseñó la paciencia, otro el arte de sobrevivir a caricias calculadas, y casi todos algún tipo de tristeza que terminaba por traducirse en poder. Por eso, cuando la noticia de la muerte de Fabián llegó antes del himno del gallo, Ricardo sólo suspiró, como si hubiera apostado –una vez más– a la carta que siempre pierde.
Sobrevivió a revoluciones de terciopelo y baños de sangre. Sus mayores crímenes nunca estuvieron escritos en decreto alguno; se deslizaban entre gestos mínimos, favores concedidos o negados en la penumbra. La ciudad cantó su nombre en la primera juventud, lo temió en la madurez, y al llegar la vejez, se conformó con ignorar la sombra que cruzaba el foro bajo las estatuas desdentadas de los antiguos héroes. Eso era, después de todo, lo que quedaba: un destello en los bordes del recuerdo, el eco de un paso firme entre el rumor de conspiraciones, las semillas de un cambio que otros atribuirían a casualidad o al viento.
Ricardo contempló la ciudad desde la terraza, el pulso acelerado y la mente clara como las noches de escarcha. Supo que lo que había conquistado era sólo un recorte de la vida, un resplandor que pronto otro reclamaría como propio. Era eso la historia: un cambio de máscaras, una función interminable en la que los espectadores nunca sabían si lloraban por admiración o porque se reconocían en la ruina que celebraban. Al fin y al cabo, pensó Ricardo, sólo los dioses rieron al ver al hombre burlar al tiempo, fingiendo que su huella en la piedra sería distinta a las de ceniza.
Cerró los postigos. Afuera cantaban los últimos grillos, y la gran ciudad dormía tan plácida como siempre, ignorante de los hilos que aún, bajo las losas y las sombras, cosían el tapiz de una eternidad siempre al borde de desaparecer con el amanecer.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.