Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Edición limitada de la novela Anatema.
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Tras la puerta
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Portada del relato El canto de la profunda piedra
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Fragmento:


Pero Lucio, incluso en la juventud, había sentido el temblor en los muros. Recordaba las noches en que la ciudad se estremecía con el eco de los bárbaros más allá del Danubio. Las historias de su madre, sobria matrona de la casa Valeria, lo arropaban con sueños de conquistas, aunque en la vigilia solo veía la larga decadencia impresa en los rostros de los tribunos y los guardias. La ciudad se llenaba de refugiados de Oriente, traían consigo monedas de extraño cobre, relatos de las arenas abrasadas y sueños de reinos allá donde el sol se ocultaba más allá de las colinas de Asia.

Duración: 04:38

El canto de la profunda piedra
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Viajar a través del tiempo es inspeccionar las marañas de una memoria colectiva, el espesor de un humo que nunca se disipó del todo en el aire de la Historia. Aquella mañana de primavera en el año de 410 después de Cristo, la bruma se extendía sobre la antigua Roma como un sudario, anunciando el inminente final de una era. No estaban ya los dioses lares en sus altares domésticos ni las ancestrales enseñanzas de los druidas en los bosques de Britania, sino una sorda certidumbre de que el Imperio, aquel titán de costumbres y acero, estaba herido a muerte.

Lucio Valerio Flaco, último descendiente de una estirpe ilustre cuyos nombres estaban grabados en el mármol de los foros y acueductos, observaba desde un pórtico los rostros cansados de la ciudad. Era un hombre de edad, cabello plateado y ojos duros como el paladio de Minerva, testigo de la lenta metamorfosis que convertía a Roma en una sombra de sí misma. Allí, en la mansión familiar, entre libros cubiertos de polvo y bustos rotos, Lucio escribía cada noche la crónica de su linaje, temiendo que ninguna voz llegara a leerla ya.

Su abuelo, Julio Valerio, había relevado a César en Britania bajo la sombra perpetua de las legiones, negociando con los sacerdotes de cabeza tonsurada que ofrecían sus hechizos al pie de los robles sagrados. Julio había muerto rodeado del aroma punzante de la turba celta, llevando consigo la certeza de la invencibilidad romana. Su hijo, el padre de Lucio, fue cónsul en tiempos de Diocleciano, yendo de las ceremonias brillantes del Capitolio a las purgas secretas contra los cristianos, que tejían sus símbolos en las catacumbas y recogían el testigo de un nuevo poder.

Pero Lucio, incluso en la juventud, había sentido el temblor en los muros. Recordaba las noches en que la ciudad se estremecía con el eco de los bárbaros más allá del Danubio. Las historias de su madre, sobria matrona de la casa Valeria, lo arropaban con sueños de conquistas, aunque en la vigilia solo veía la larga decadencia impresa en los rostros de los tribunos y los guardias. La ciudad se llenaba de refugiados de Oriente, traían consigo monedas de extraño cobre, relatos de las arenas abrasadas y sueños de reinos allá donde el sol se ocultaba más allá de las colinas de Asia.

Ahora, sentado junto a la lámpara de aceite, Lucio veía pasar la procesión de una nueva fe: la cristiana. Las cruces surgían donde antes había altares de Mercurio y Venus. Curiosamente, su nieta, Julia, pequeña y de ánimo inquieto, susurraba oraciones a un dios crucificado, aprendidas de la nodriza griega que les hablaba más de Jerusalén que de los mitos de Eneas. Lucio se preguntaba si un día Roma sería tan irrevocablemente cristiana como una vez lo fue de Marte y Júpiter.

En el viejo atrio, entre mosaicos gastados y columnas agrietadas, se acumulaban pergaminos escritos por manos de esclavos y ciudadanos, todos ellos narrando la grandeza de una ciudad que ya no podía defenderse de sí misma. A menudo, Lucio recorría con su nieta los templos en ruinas, enseñándole la antigua inscripción de la madre Cibeles, los frescos medio borrosos de Neptuno domando caballos marinos, y el mármol suavizado por siglos de reverencia.

El sonido de los pasos pesados en la Via Sacra ya no era el de legionarios, sino el de miles de almas errantes que huían de las incursiones visigodas. Alarico, rey de los godos, acechaba desde las puertas, imponiendo tributo. Lucio había asistido al Senado cuando se pagaron toneladas de oro por la retirada del enemigo, presagio de que lo que una vez fue conquistador, ahora pagaba para sobrevivir. Algunos senadores lloraban abiertamente, mientras otros preferían la ceguera, la obstinada negación del colapso.

El viento nocturno traía a la memoria de Lucio el bullicio de los mercados hace décadas. Recordaba haber acompañado de niño al foro, con la toga recién ceñida, a escuchar a las matronas comprar especias y a los viejos, encorvados como las columnas, recitar viejas leyes. Recordaba los juegos de su juventud en el Circo Máximo, el grito del pueblo cuando vencía su auriga favorito. Sus propios hijos ya no veían tales prodigios; la arena estaba ahora polvorienta y muda, los caballos hacía tiempo que no corrían.

Y sin embargo, el linaje Valerio persistía, aunque sólo fuera en la obstinada resistencia de la memoria. La familia se reunía todavía para los idus y las calendas, aunque ya no sacrificaban bueyes ni bailaban trece jóvenes al ritmo de los salios. Lucio se aferraba a la escritura como quien riega la última raíz de un árbol centenario. Su crónica era la de toda Roma: un relato de ascenso entre sangre, intriga y dioses, un descenso en la tiniebla del olvido.

Con cada atardecer se preguntaba si los bárbaros serían menos severos que la voracidad del tiempo, si la ciudad renacería al abrigo de nuevas fe, nuevos héroes. Julia, de rodillas junto a él, preguntaba por los emperadores, por los monstruos, por los mártires. Y Lucio Valerio Flaco, con la sombra del Capitolio recortada contra el fuego de un sol poniente, le respondía con todo el peso de sus años, sabiendo que en la narración de su vida quedaba preservada, aunque fuese una chispa, la llama antigua de Roma y el eco remoto del linaje.

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