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Fragmento:


Nací segundo hijo en una casa menor. Mi vida, según las normas de nuestro tiempo, no valía lo suficiente como para heredar el gran salón, los campos, o el amor incondicional de mis mayores. Lo que tuve fue la espada y la necesidad de probarme. Mi niñez se marchó tan rápido como el resplandor de una llama ante el viento; la infancia, a golpes, fue convertida en la dureza de un escudero, y pronto sería quien empuñara el destino como hoja afilada.

Duración: 03:48

El acero bajo la luna
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Las lluvias primaverales caían con violencia sobre la tierra lodosa y oscura de Northumbria, tan constantes como los suspiros de aquellos que aguardaban en la sombra de las empalizadas. Allí, bajo el peso de un cielo plomizo, me encontré por primera vez con el monstruo y el mártir en la carne de un solo hombre: padre Beocca. Pero antes de llegar a aquel fatídico cruce, mi vida había sido esculpida en el yunque de la guerra y el acero, como tantas otras que fueron seducidas y sometidas por el hambriento dios de la batalla.

Nací segundo hijo en una casa menor. Mi vida, según las normas de nuestro tiempo, no valía lo suficiente como para heredar el gran salón, los campos, o el amor incondicional de mis mayores. Lo que tuve fue la espada y la necesidad de probarme. Mi niñez se marchó tan rápido como el resplandor de una llama ante el viento; la infancia, a golpes, fue convertida en la dureza de un escudero, y pronto sería quien empuñara el destino como hoja afilada.

Fueron años de sangre. Vi cómo los hombres a los que confiaba la espalda caían cortados por saetas danesas. Vi el miedo en los ojos de las mujeres ocultas tras puertas claveteadas, esperando un juicio que llegaba rápido y feroz. Corrí junto a mis hermanos en la noche de la huída, y el tacto del barro en mis pies descalzos me enseñó que el hogar es siempre una ilusión frágil, una promesa hecha a los que sobreviven.

Me uní a la tropa de un señor que me enseñó que la lealtad es una moneda con dos caras. Bajo su bandera, crucé los ríos oscuros y ardí junto a castillos sitiados. Aprendí a leer no sólo las palabras de los monjes, sino el lenguaje oculto entre los suspiros de los hombres antes de la batalla. Aprendí que las palabras pueden ser tan mortales como la punta de una lanza.

Fue bajo la sombra de Dunholm donde perdí la inocencia de forma definitiva. Había un juramento que ataba mi vida al servicio de mi señor, y otro, aún no pronunciado, que me hacía prisionero de mi codicia y mi hambre de gloria. Estaba persuadido de que todo hombre podía esculpir su historia con el martillo de sus propias acciones, pero la vida se encarga siempre de recordarnos que apenas somos anotaciones en los márgenes de una crónica mayor.

Perdí amigos. Gané enemigos. Entre ambos, tejí una red de cicatrices y recuerdos. Participé en asedios donde la muerte era una aliada y una rival. Atravesé campamentos en los que el hedor a sangre y miedo era más denso que la niebla de la mañana. Sobreviví a noches interminables aferrado a la esperanza de ver otro amanecer, sabiendo que cada día concedido era otro peso sobre mi conciencia.

Padre Beocca, el hombre al que todos decían santo, fue también, para mí, un desconcertante adversario. No empuñaba espada, pero sus palabras eran cuchillas en el alma. Supo ver la culpa en mis ojos, el odio, la tristeza. Junto a él, comprendí que todos luchamos guerras que ningún rey conoce, y que la victoria más difícil es contra uno mismo. Si alguna vez hallé redención, fue porque aprendí a escuchar en vez de gritar.

Ahora, cuando los años se han vuelto un manto sobre mi espalda, miro el pasado y entiendo que la historia verdadera no se encuentra en la grandeza de los reyes, ni en la violencia de los ejércitos. Está en los pequeños gestos: el silencio de una madre que despide al hijo, la confesión susurrada bajo la lluvia, la promesa rota a la luz titilante del fuego. Así, firme mi propio destino.

Quizás al final, sólo queden cenizas y juramentos incumplidos, pero sé que mi espada y mi vida fueron ofrecidos a la memoria de quienes no serán recordados. Dejo mi historia para que otros la cuenten, sabiendo que apenas es un susurro frente al rugido de los siglos. Las sendas del ayer se pierden, pero cada paso fue dado entre el barro, la sangre y bajo la luna. Aquí termina mi relato, y que sean los dioses, si acaso existen, quienes juzguen mi nombre.

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