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Portada del relato Ecos en las Profundidades
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Fragmento:


El helicóptero aterrizó en una franja fangosa, apenas suficiente para caminar. El piloto—un suizo curtido de rostro pedregoso y años en la región—no los despidió con palabras, solo con un gesto en la gorra y un “regreso en cuatro días, si no, quémenlo todo”. Caminaban hacia adentro cargando mochilas, machetes, herramientas, y una promesa tácita: no mirar atrás. Las sombras se cernían largas, y la humedad les calaba hasta los huesos.

Duración: 05:20

Ecos en las Profundidades
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Desde el ventanal del helicóptero, la selva ecuatoriana no parecía real. Era un océano verde, interminable y denso, que respiraba bajo una niebla tenue, ocultando secretos tan viejos como el tiempo mismo. El doctor Eduard Larsen, antropólogo aventurero y profesor emérito de la universidad de Oslo, sentía una inquietud eléctrica en el espinazo mientras observaba el horizonte. A su lado, Laura Peña—nativa experta en botánica y ojos atentos, firmes, con cicatrices más profundas que cualquier herida física—apretó la correa de su mochila y le lanzó una mirada retadora.

La expedición había empezado como un rumor, una fotografía borrosa en blanco y negro, un documento extraviado en los archivos del Vaticano. Seis semanas atrás, un colega de Eduard envió un correo cifrado. Hablaba de un templo subterráneo, escondido bajo raíces de ceibas milenarias, y de un símbolo en su entrada: una serpiente devorando su propia cola. Ningún mapa lo ubicaba, ningún satélite mostraba más que bosque impenetrable. Sin embargo, ahí estaban. Y la realidad rara vez se deja atrapar por mitos, salvo que la crees con tus propios pies.

El helicóptero aterrizó en una franja fangosa, apenas suficiente para caminar. El piloto—un suizo curtido de rostro pedregoso y años en la región—no los despidió con palabras, solo con un gesto en la gorra y un “regreso en cuatro días, si no, quémenlo todo”. Caminaban hacia adentro cargando mochilas, machetes, herramientas, y una promesa tácita: no mirar atrás. Las sombras se cernían largas, y la humedad les calaba hasta los huesos.

La primera noche fue de sonidos: aves invisibles, insectos rugosos, felinos que podían o no ser reales. Laura, sentada junto al fuego, sacó del morral una fotografía ajada. Era de su abuelo, un chamán que hablaba de “la puerta de la sombra”, que sólo los valientes cruzaban para regresar distintos o no regresar nunca. Eduard la estudió, preguntándose si alguna vez él mismo había regresado de alguna de las decenas de viajes, o si dejaba partes de su ser, desperdigadas en cada país, en cada expedición.

Al amanecer, despertaron con la sensación de haber dormido afuera del tiempo. Siguieron un arroyo, guiados por una mariposa negra—o por el instinto—hasta encontrar vestigios de arquitectura: un muro cubierto de líquenes, inscripciones que reconoció por suerte y experiencia. Laura, excitada, tradujo parte del mensaje: “Aquí se oculta lo que no debe ser deseado.”

El aire se tornó frío a medida que descendían por una abertura erosionada. Linternas encendidas, las paredes sudaban, y los ecos parecían rebotar más que resonar. En las profundidades, la arquitectura era ciclópea, ajena a cualquier cultura reconocida. Reliquias retorcidas y fragmentos de huesos humanos dispersos, señales de que quizás, otros llegaron antes y fracasaron. De repente, la tierra tembló levemente. Unos metros más adelante, un colapso en el techo los separó del mundo exterior.

No había más luz que la de sus linternas. A cada paso, crecían extrañas enredaderas blancas, de savia rojiza, y la humedad olía a óxido y miedo. El pasillo principal cedió a una sala circular, cuyas paredes estaban cubiertas de relieves: figuras humanas con máscaras de jaguar, rodeadas de límites imposibles, surcando la línea entre hombre y bestia, vida y muerte.

En el centro, una especie de pedestal de piedra sostenía un objeto: una esfera negra, pulida, similar al obsidiana, pero caliente al tacto. Laura levantó la esfera. Una oleada de imágenes invadió su mente. Vio junglas, mares, ciudades extinguidas... vio los ojos de su abuelo, y los de un hombre pálido que no era Eduard pero le recordaba a sí misma. Un fulgor azul brotó de la esfera y un silbido reptante llenó el aire. Los muros parecieron latir, como si la piedra palpitara.

Eduard gritó para que soltara el artefacto, pero Laura no podía. Una fuerza invisible los mantenía pegados al suelo, una gravedad propia de ese lugar atemporal. Y entre cada latido, una advertencia crecía: “La verdad de los antiguos no trae consuelo, ni redención.”

Cuando, en un arrebato de voluntad, Laura dejó caer la esfera, el suelo se abrió bajo sus pies. Una caída sin fin que, por un instante eterno, los hizo perder la orientación, el tiempo, hasta el deseo mismo de comprender. Amanecieron afuera, cubiertos de barro, frente al helicóptero frío como una lápida. El piloto dormía, pero llevaba muerto horas; su rostro congelado en una mueca de sorpresa o terror.

Eduard y Laura nunca pudieron decir con certeza cuánto tiempo estuvieron abajo. La esfera desapareció, junto con el templo, tragados por la selva. Pero sospechaban que no lo olvidaron: ambos compartían pesadillas idénticas y una sensibilidad extrasensorial que burlaba la lógica. Se despidieron sin palabras, llevándose de la selva más de lo que buscaron, menos de lo que temieron.

Mucho después, sentados bajo cielos distintos, sintieron a veces el pulso de un eco mineral, reverberando en el pecho, y supieron que ciertas aventuras, una vez comenzadas, no terminan jamás.

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