Fragmento:
El sol se alzaba rojo y hondo sobre la inabarcable llanura del Ganges, como un gran cíclope que observa el despertar de un mundo rebosante de intrigas y promesas. Allí, en los brumosos confines de Bengala, el teniente Henri Vallois, veterano de campañas en África y discípulo indisciplinado de las bellas artes, bajó con paso inquieto las escaleras de la posada donde sólo había descansado unas horas. Sus botas chapoteaban sobre el barro de la calle Serampore, aún perfumada del incienso y de las especias de los bazares nocturnos. Su sombra, larga como el recuerdo de un amor perdido, lo precedía.
Duración: 05:46
El sol se alzaba rojo y hondo sobre la inabarcable llanura del Ganges, como un gran cíclope que observa el despertar de un mundo rebosante de intrigas y promesas. Allí, en los brumosos confines de Bengala, el teniente Henri Vallois, veterano de campañas en África y discípulo indisciplinado de las bellas artes, bajó con paso inquieto las escaleras de la posada donde sólo había descansado unas horas. Sus botas chapoteaban sobre el barro de la calle Serampore, aún perfumada del incienso y de las especias de los bazares nocturnos. Su sombra, larga como el recuerdo de un amor perdido, lo precedía.
Henri no viajaba solo. Junto a él avanzaba Reena, la joven intocable a quien había conocido en una ocasión memorable en Calcuta y que, desde entonces, se había revelado como vigía, intérprete y, a veces, cómplice. Reena tenía la mirada indómita y la sonrisa de quien ha visto demasiado pero aún se maravilla ante la belleza de una libélula dorada posada en una hoja de loto. Su sari azul ondeaba con el viento fresco de la madrugada, y en su delicada muñeca sonaban cascabeles de cobre que jamás parecían dejar de anunciar acontecimientos insólitos.
Sus pasos convergían hacia una misma obsesión: la legendaria Pluma de Rama, una joya fabulosa, mitad mito, mitad reliquia, que el maharajá de Patiala había dejado entrever a los británicos durante un banquete para la Compañía de las Indias; una pluma de pavo real tallada en jade y oro, incrustada de zafiros y que, se decía, contenía en su hueco diminuto un fragmento del manuscrito original de las Upanishads. Pero su valor material palidecía ante los susurros de los anticuarios y los clérigos: quien poseyera la Pluma, decían, podría exigir un secreto de los dioses. Y a Henri, cansado de guerras y fronteras, le brillaban los ojos con la promesa de lo imposible.
El plan era sencillo: infiltrarse en la fortaleza de Agra, asistir disfrazados al festival de Holi, y durante la confusión de los polvos de colores, buscar la sala secreta donde la Pluma era guardada bajo custodia de los thugs, la temida secta de asesinos. Mas ninguna aventura verdadera nace de la sencillez, y pronto los dos viajeros se vieron sumidos en el vértigo de una conspiración aún más vasta.
En el tren camino de Agra, un tercer pasajero se sumó a su vagón. Ciro Blackburn, supuesto comerciante de té, en realidad agente del Foreign Office inglés, con la piel tan curtida como el pergamino y un humor tan seco como la ginebra de Bombay. Bajo su bigote gris ocultaba una astucia somnolienta y una pistola de percusión fina con grabados de Sheffield. Apareció leyendo al derviche y escuchando sin prestar atención. Bastó una mirada para que Henri comprendiese que debían desconfiar, y sin embargo, Blackburn se mostró invaluable abriéndoles puertas y sobornando maestros de tren.
A su llegada a Agra, la ciudad bullía como un hormiguero. Los acólitos del maharajá se mezclaban con los oficiales ingleses y los sadu-bailarines pintados de añil. Reena, con su instinto, les condujo por entre callejones agrietados hasta la residencia de un falsificador ciego. Allí, tras largas horas de observar laboriosamente el trabajo de las manos expertas sobre pergamino y metales preciosos, Henri obtuvo un duplicado de la llave de la galería secreta bajo el palacio.
Esa noche, disfrazados con túnicas prestadas y teñidos de azafrán y bermellón, atravesaron las sombras del jardín. El corazón de Henri latía como tambor de guerra; sentía, detrás de los muros de mármol, la cercanía del abismo y el temblor de un destino. Reena, ágil como un gato, iba delante, rozando los tapices y murmurando en bengalí para calmar a los guardianes medio dormidos. Blackburn, resignado y prudente, cubría su retaguardia con la máquina de esferas de metal que usaba para abrir cerraduras.
Cruzaron la gran sala de los espejos; las lámparas ardían como luciérnagas, sugiriendo la presencia de dioses invisibles. En la cripta, la Pluma aguardaba en una urna de cristal, guardada por dos estatuas negras de Kali. Henri contuvo la respiración. En un instante vio su vida completa: los duelos al alba, la sed de justicia, las noches solitarias; pero ni en sus sueños de adolescente aventurero había imaginado sentir tan próxima la boca del peligro y lo sublime.
—Ahora —susurró Reena.
Henri alzó la urna, temblando. Pero entonces, detrás de ellos, una risotada cruenta se hizo eco entre los mármoles. Blackburn había sacado su pistola.
—Se terminó el juego, mi joven amigo —gruñó—. La pluma no será botín de románticos ni de soñadoras. La corona inglesa la reclamará como suyo.
Henri, sin dejar de sonreír, deslizó la urna a Reena y simulando caer, lanzó contra los pies de Blackburn una bolsa de polvo de Holi. El inglés disparó a ciegas. Un grito, el eco de pasos, y la sala entera se sumió en caos.
Reena y Henri corrieron por corredores secretos, saltando sobre pieles de leopardo y reliquias del dios Vishnu. Las columnas proyectaban sombras alargadas, el perfume de sándalo los envolvía como un sudario. Atravesaron el jardín, el río, la ciudad dormida. Tras ellos, los gritos de alarma.
Cuando por fin alcanzaron el amparo de la selva, exhaustos, cubiertos de polvo dorado y sudor, la Pluma centelleaba entre las manos finas de Reena como una promesa recién nacida.
Se miraron en silencio. En ese momento, lejos de coronas y traiciones, Henri comprendió que ninguna joya, ni siquiera un secreto de los dioses, valía tanto como esa mirada cómplice bajo el alba de Bengala.
Allí empezó y acabó su verdadera aventura —la de dos exiliados errantes descubriendo, en el filo del peligro, el fulgor incandescente de la libertad y el amor.
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