Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
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Edición limitada de la novela Anatema.
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
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Fragmento:


En el asiento de al lado, un hombre hojeaba un libro de tapas rojas. A veces ella lo miraba de reojo, no por curiosidad, sino buscando alguna señal de pertenencia, algún indicio de que él también habitaba ese limbo intermedio entre el ayer cómodo y el mañana indescifrable. La adultez temprana, pensó Julia, era ese exacto intervalo en que todo se sentía prestado: las casas, los afectos, las certezas, incluso los sueños.

Duración: 04:24

Latidos a contraluz
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Era una tarde templada de otoño cuando Julia se subió al primer tren que salía de la ciudad. Había dejado atrás el apartamento diminuto que compartía con tres amigas de la universidad y en cuya cocina se había reído hasta el alba y llorado de desesperación muchas noches. Aferraba una mochila azul, llena de prendas de entretiempo y recuerdos desordenados, un poco más ligera de lo que imaginaba, pero suficiente para sostener una vida que sentía en suspensión.

Mientras el paisaje marrón y dorado se deslizaba frente a la ventanilla, Julia pensó en todo aquello que había cambiado en tan poco tiempo. Recordó la ceremonia de graduación, el sonido metálico de los tacones sobre el escenario improvisado, y la mirada de alivio de sus padres en la primera fila. En aquellos meses la normalidad había adquirido la textura rugosa de lo desconocido, y el futuro se le aparecía, no como una línea constante, sino como una sucesión de tramos que debía saltar sin ver el fondo.

En el asiento de al lado, un hombre hojeaba un libro de tapas rojas. A veces ella lo miraba de reojo, no por curiosidad, sino buscando alguna señal de pertenencia, algún indicio de que él también habitaba ese limbo intermedio entre el ayer cómodo y el mañana indescifrable. La adultez temprana, pensó Julia, era ese exacto intervalo en que todo se sentía prestado: las casas, los afectos, las certezas, incluso los sueños.

La ciudad a la que llegaba no era ajena, pero tampoco familiar. Allí había conseguido una pasantía en una pequeña editorial, el primer trabajo serio que se atrevía a definir así, aunque la pagaban en entusiasmos más que en dinero. La idea era quedarse un año, aunque ni siquiera eso podía garantizarse. Solo sabía que necesitaba moverse, salir de la parálisis que algunas mañanas la cubría como un manto húmedo y pesado.

Las primeras semanas fueron una mezcla de euforia y vértigo. Julia aprendió a caminar nuevas calles, a distinguir los semáforos del cruce principal que tardaban más de lo debido, a preguntarse si había elegido el camino correcto o simplemente uno posible. Hizo nuevas amigas, exploró cafeterías, y se apuntó a un club de lectura donde las conversaciones transitaban, a menudo, del último capítulo de un libro al miedo a no llegar a fin de mes.

Una noche, después de compartir risas y pizza con sus nuevas compañeras, Julia regresó a su cuarto diminuto plagado de cajas sin desembalar. Se sentó en la cama y escribió en su cuaderno una lista de lo que había aprendido: que el café instantáneo nunca sustituye al de la vieja cafetera de su madre, que las amistades adultas requieren un esfuerzo distinto, y, sobre todo, que está bien dudar y tropezar.

En la editorial, Julia empezó corrigiendo manuscritos y sirviendo café en reuniones breves, pero poco a poco se ganó la confianza de sus superiores. Un día le encomendaron organizar la presentación de un libro, y aunque el miedo la erizaba por dentro, aceptó. Aquel evento no solo marcó el primer éxito visible de su nueva etapa, sino que también, durante un breve instante, sintió que pertenecía.

Una tarde de viernes accidental, mientras recogía revistas viejas de una mesa, tropezó con el hombre del tren. Él trabajaba en una editorial rival y, con humor y una pizca de nostalgia, compartieron impresiones sobre el reto de “crecer” lejos de casa, en ciudades que no habían escogido del todo. Lo que comenzó como una conversación casual se transformó en una costumbre: charlas los jueves, paseos, asistir juntos a conciertos baratos. Sin demasiados planes, sin grandes palabras.

Julia aprendió, en esos meses, que la adultez temprana no venía con un mapa, que cada jornada era una improvisación honorable. Encontró belleza en los intentos fallidos, en los domingos de soledad, en la comida compartida con vecinos ruidosos. Se dio permiso para cambiar de opinión, para comenzar de nuevo si lo exigía el alma.

El año pasó volando. Al mirar atrás, ya no sentía que la vida le era prestada; era suya, aunque imperfecta, aunque a menudo incierta. En el último día en la ciudad, volvió a pasar por la estación. Un nuevo tren aguardaba, y en el andén, el hombre del libro rojo la despidió con una promesa sencilla y sin aspavientos: “Nos reencontramos en el próximo intento”. Julia subió al tren, más ligera que nunca, con el futuro otra vez abierto y su corazón dispuesto a los caminos invisibles, sabiendo que ese no era un final, sino la forma admirable que tienen los comienzos.

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