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Portada del relato El primer paso nunca se olvida
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Fragmento:


Se levantó, cruzando el pasillo con la determinación de quien aún no olvida la urgencia de hacer, aunque no sepa del todo qué hacer. Recordó las palabras de su madre, aquellas advertencias nunca del todo escuchadas: “Al final, lo más importante es saber quién eres cuando todo lo demás se apaga”. Lo pensó mientras se servía café y observaba la luz cambiar de ángulo, marcando el avance irreversible de la mañana.

Duración: 04:49

El primer paso nunca se olvida
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Había una delicada luz filtrándose entre las cortinas, capaz de esbozar tenues caricias sobre el pecho de Gabriel, que despertó con una extraña mezcla de ansiedad y esperanza. Así empezaban muchas de sus mañanas desde que había dejado atrás la universidad: esa intersección invisible en la que la juventud inquebrantable da paso al intricado mundo donde cada pequeño acto resuena, casi brutalmente, en todas las dimensiones de la existencia.

Gabriel sintió el peso del silencio de su apartamento. Antes, la casa era un torbellino de conversaciones y risas, el bullicio de los amigos que aún no temían a los calendarios. Ahora, el eco de cada paso, cada taza levantada hacia la boca, era un recordatorio de una soledad diferente, una que no podía llenarse con mensajes o visitas fugaces. Aquí, en la penumbra de la cotidianeidad, empezó a comprender que la vida adulta no era una sala repleta de música, sino un sendero que debía recorrer con sus propios pies.

Se levantó, cruzando el pasillo con la determinación de quien aún no olvida la urgencia de hacer, aunque no sepa del todo qué hacer. Recordó las palabras de su madre, aquellas advertencias nunca del todo escuchadas: “Al final, lo más importante es saber quién eres cuando todo lo demás se apaga”. Lo pensó mientras se servía café y observaba la luz cambiar de ángulo, marcando el avance irreversible de la mañana.

El trabajo era rutinario. Hacía seis meses que se había empleado en una pequeña empresa de diseño digital, en un modesto estudio. El ambiente era cordial, pero a menudo una barrera invisible aislaba a cada cual en la prisión de su proyección profesional y sus angustias privadas. Allí, Gabriel aprendió que compañerismo y cercanía no siempre son cosas parecidas. Más de una vez se vio anhelando la espontaneidad de los días universitarios, cuando encontrar un amigo era tan sencillo como abrir una puerta. Ahora, el miedo al ridículo o la indiferencia lo contenía. Las palabras costaban más de pronunciar y los silencios pesaban más.

Sin embargo, una tarde, una conversación casual junto a la máquina de café cambió algo. Laura, una compañera especial, compartió con Gabriel una reflexión sobre la sensación de navegar en mar abierto sin mapa. “¿No sientes que a veces caminamos como si todo dependiera de nosotros, pero sin instrucciones claras?”, musitó, con una sonrisa que era resignación y consuelo. Gabriel asintió. Empezaron a hablar, y en ese intercambio de dudas y sueños a medio formar nació una breve complicidad, como dos viajeros que se reconocen durante una tormenta.

Esa pequeña alianza se convirtió en el ancla de Gabriel. Junto a Laura aprendió que la adultez temprana es una escuela invisible, en la cual no hay exámenes ni diplomas pero sí lecciones profundas. Aprendió a caerse sin odio a sí mismo, a intentar y fracasar. Comprendió que las metas tan pulcramente planeadas podían mutar o desvanecerse, pero que el valor residía en el movimiento, no en la perfección.

Una noche, mientras caminaba solo por las calles mojadas del barrio, recordó el día en que decidió mudarse. La promesa a sí mismo de hallar sentido había sido la chispa, pero la realidad era mucho más voluble. Se descubrió libre y vulnerable a la vez. La libertad era también una gran responsabilidad: construir rutinas, descubrir pasiones sin testigos, aprender a perdonar errores propios y ajenos, ejercer la bondad con desconocidos y amigos, ser dueño del tiempo y esclavo de sus necesidades. Un equilibrio tan precario como la esperanza.

En las visitas al viejo parque, donde, de niño, solía correr tras los remolinos de hojas, Gabriel sentía el vértigo de esa etapa: anhelos urgentes de pertenecer, el deseo de sentirse útil, el miedo persistente al fracaso, la tentación de volver atrás. Pero también percibía la belleza inesperada de pequeños triunfos: un proyecto bien hecho, una amistad naciente, la recuperación de una vieja canción que, por alguna razón, lo hacía sonreír.

Aquel invierno, a solas con su reflejo en las ventanas empañadas, entendió que nadie tiene del todo claros los mapas. Pero quizás de eso se trata: de regresar, una y otra vez, a la promesa antigua de cuidarse a sí mismo, de construir el propio hogar, de sostener el timón con manos inseguras, y, pese a la niebla, seguir navegando. Porque si bien en la adultez temprana los días pueden ser grises y los caminos inciertos, cada día es, al fin y al cabo, la primera página de un relato que nadie más puede escribir.

Así aprendió Gabriel lo más esencial: que tan valioso es atreverse como admitir el miedo; que no se llega, se transita; y que, aunque las promesas bajo la lluvia puedan no cumplirse, cada gota sobre su frente era la prueba de que estaba vivo, presente, dispuesto, en este, el despertar lento y glorioso de su propia vida.

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