Black Bird Academy: Amor a la muerte
Novela romántica Antes del amor
La chica del lago
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Portada del relato El umbral de la incertidumbre
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Fragmento:


Ella tenía trabajo, uno de esos raros privilegios que, a pesar de la licenciatura en letras, había encontrado desde antes de graduarse. Respondía correos para una editorial pequeña y gestionaba sus redes sociales, lo cual se sentía irónicamente distante de los textos densos que había amado leer en la universidad. Pero el sueldo alcanzaba para la renta, un poco de comida y, a veces, una copa de vino barato en el bar de la esquina.

Duración: 04:24

El umbral de la incertidumbre
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La primera vez que Julia se despertó sin la ansiedad de escuchar la alarma antes de que sonara, era martes. Había terminado la universidad hacía tres semanas y todavía no podía presentarse a sí misma como una adulta sin sentir que estaba mintiendo, pero esa mañana supo sin palabras que algo había cambiado. Se quedó tendida en su cama, sintiendo el sol filtrarse a través de la cortina barata del apartamento que compartía con Lucía, la única amiga que se quedó en la ciudad cuando las demás empacaron maletas y corrieron a buscar aventuras en otros países. De pronto, el mundo le pesaba distinto.

Ella tenía trabajo, uno de esos raros privilegios que, a pesar de la licenciatura en letras, había encontrado desde antes de graduarse. Respondía correos para una editorial pequeña y gestionaba sus redes sociales, lo cual se sentía irónicamente distante de los textos densos que había amado leer en la universidad. Pero el sueldo alcanzaba para la renta, un poco de comida y, a veces, una copa de vino barato en el bar de la esquina.

Ser adulta no era una sensación, al menos no en ese momento. Era pagar cuentas y lavar los platos que quedaban de la noche anterior, descubrir manchas en la ropa y preguntarse si valía la pena intentar quitarlas. Era pensar en llamar a casa y decidir que mejor lo haría mañana, cuando tuviera alguna buena noticia que dar. Era encontrar una carta del banco con cifras que parecían un idioma extranjero, y sentir el impulso de dejarla sin abrir, como si ignorarla hiciera desaparecer la deuda silenciosa que aún respiraba detrás de su frente cada vez que intentaba dormir.

Sin embargo, había momentos –pequeños, casi invisibles– en los que Julia sentía que el mundo era también suyo. El primer café de la mañana, caliente y amargo, mientras escuchaba los pasos de Lucía a través de la puerta. La voz desconocida de un cliente al que lograba ayudar, el calor tibio de las manos cuando, en días de lluvia, sujetaba el libro recién comprado en una librería de usados. Aprender a vivir sola, a encontrar el equilibrio entre las presiones laborales y la libertad de elegir cenar cereal tres veces por semana porque nadie más le miraba torcido.

Todo era nuevo, y nada lo era al mismo tiempo. Las reuniones con amigos eran menos frecuentes, y a menudo el cansancio ganaba la batalla sobre las ganas de salir. Los sueños de adolescencia –viajar, escribir un libro, enamorarse locamente– se mantenían encendidos, pero ahora se mezclaban con una realidad más terrenal: ahorrar un poco cada mes, buscar un seguro médico porque “debería tener uno”, pensar en mudarse a un barrio más barato pero menos seguro.

La adultez temprana se le aparecía como una transición silenciosa, sin una línea definitiva que separara el ayer del hoy. Aprendía a decir que no sin culpa, a pedir consejos a otros jóvenes adultos que parecían navegar con soltura en medio del caos. Pero también aprendía que nadie tenía respuestas definitivas. A veces lloraba por las noches sin saber bien la razón, y otras se sorprendía a sí misma sonriendo, sola, en el supermercado al ver que había ofertas en las galletas que le recordaban a su infancia.

El tiempo dejó de estar claramente segmentado. No había veranos eternos ni inviernos de vacaciones; solo una rutina que se extendía semana tras semana, con la promesa de un fin de semana donde quizá, solo quizá, podría descansar un poco más. Entendió que crecer significaba encontrar fragmentos de belleza en lo cotidiano: una planta nueva en el alféizar de la ventana, un mensaje inesperado de alguien lejano, la satisfacción de ver que las cuentas cuadraban al final del mes, aunque fuera apenas.

Julia descubría, a cada paso, que la adultez no llegaba de golpe. Era una suma de días y decisiones pequeñas, de tropiezos y aprendizajes silenciosos. Era la incertidumbre de no saber si había elegido bien, de comparar sus avances con los de otros y aprender, poco a poco, a dejar de hacerlo. Era darte la oportunidad de cambiar de rumbo, de reconstruirse tras un fracaso, de mirar hacia adelante cuando todo parecía desmoronarse.

Las noches de insomnio le trajeron preguntas, pero también respuestas. ¿Quién quiero ser? ¿Dónde quiero estar? ¿Estoy sola, realmente? Pronto descubriría que esas inquietudes no tenían un final claro, pero que las enfrentaría, siempre, con el valor discreto de los que avanzan, sin importar el miedo, hasta construir, desde la primera luz de la mañana, una vida propia, elegida y, sobre todo, vivida.

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