Fragmento:
Agosto caía con el mismo sonido opaco con el que cerraban las ventanas del departamento cada noche, cuando el bullicio de la ciudad se transformaba en una conversación íntima entre faroles y promesas no dichas. Sandra apilaba cajas bajo la tibia luz de la lámpara: ropa afuera, fotos adentro, libros abiertos como alas, aún decidiendo si migrar o quedarse. Esa tarde el aire olía a la mezcla insólita de jabón y destino, como si cambiar de sitio fuera también cambiar de piel.
Duración: 03:30
Agosto caía con el mismo sonido opaco con el que cerraban las ventanas del departamento cada noche, cuando el bullicio de la ciudad se transformaba en una conversación íntima entre faroles y promesas no dichas. Sandra apilaba cajas bajo la tibia luz de la lámpara: ropa afuera, fotos adentro, libros abiertos como alas, aún decidiendo si migrar o quedarse. Esa tarde el aire olía a la mezcla insólita de jabón y destino, como si cambiar de sitio fuera también cambiar de piel.
No era la primera vez que cambiaba de dirección, pero había un matiz nuevo ahora, crispado detrás de la sensación de expectativa. Las decisiones recientes –el nuevo trabajo, la relación reencontrada con su madre, los mensajes que borró sin contestar– colgaban del pecho como collares hechos de nota adhesiva: “recuerda ir al súper”, “llama al banco”, “pide disculpas por el retraso”. El tránsito intenso de responsabilidades le devolvía una súbita conciencia: en algún punto, sin pedir permiso, la vida se había vuelto suya como un traje a medida, y la etiqueta cosida a mano decía: “no se aceptan devoluciones”.
Entre cajas, Sandra halló la libreta negra donde escribía, muchos años atrás, los sueños de un futuro cercano: “Viajar a Japón”, “Publicar un cuento”, “Vivir sola y tener plantas”. Releyó las páginas, sorprendida por la inocencia (y la osadía) de aquellas letras. Ahora, la adultez le parecía más un ejercicio lírico de equilibrio que el logro final que imaginaba a los diecisiete.
Recordó la conversación por videollamada con Carolina, la amiga de la prepa que ahora vivía en otro continente. Habían reído de las mismas historias, lamentado no tener el hábito de llamar más seguido. Pero allí estaba esa complicidad secreta, el lenguaje acotado entre quienes han crecido juntos y se entienden al vuelo en cualquier idioma. “Es raro, ¿no?”, le dijo Carolina una noche. “Nuestro pasado es lo único definitivo sobre nosotras, porque el futuro… bueno, sigue siendo una anécdota no contada”.
Bastaba un domingo por la mañana para que la contradicción le golpeara en la cara: cuando la soledad era un paisaje tibio que se agradecía, pero la compañía ajena irrumpía al compás de los mensajes en el celular. Sandra había aprendido, no sin tropiezos, a distinguir el dolor dulce de la nostalgia del punzante de la pérdida verdadera. A veces la adultez temprana se sentía como un limbo, un semáforo en ámbar más que una línea de meta. Tenías cuenta bancaria, pero consultabas a tus padres antes de una compra. Padecías ansiedad por elegir entre dos avenidas: la de tus pasiones y la de la prudencia.
Rompió la caja de “tal vez”, guardó las fotos en la de “siempre”, y se dio cuenta de que había llorado menos de lo que esperaba. Se preparó un café y salió al balcón apenas suficiente para escuchar un fragmento de una canción conocida desde la casa vecina. Se apoyó contra el muro, sintiendo el peso de las llaves en el bolsillo: garantía mínima de independencia.
Fue entonces cuando la ciudad le pareció menos una jaula y más un tablero de inicio. El sabor del café fue el mismo de siempre, pero llevaba una nueva promesa. Había que salir, fallar, y regresar. Empezar, ceder, cambiar de opinión. Amar, huir, y a veces, dolorosamente, quedarse. La adultez ya no era un faro lejano ni una meta: era el acto cotidiano de elegir, de aprender a empacar menos remordimientos y más amor propio, de mirar hacia afuera y atreverse otra vez, aunque se sienta extraño, a comenzar.
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