Fragmento:
El funicular se detuvo súbitamente al llegar a la parte alta. El hombre solo, delante de ella, soltó un suspiro, como alguien que ha perdido la oportunidad de decir algo importante. Valentina lo miró, y sus miradas se cruzaron apenas un instante. Bajó primero, dejando escapar un “boa tarde” que resonó en el estrecho pasillo, tan cotidiano y, a la vez, tan cargado de posibilidades no exploradas.
Duración: 09:13
El sol de Lisboa, incluso cuando baja, nunca se despide por completo; queda disfrazado en reflejos que juegan en las ventanas y charcos, una promesa sutil de que el día aún no ha terminado. Para Valentina, una abogada ya entrada en la cuarentena, la ciudad era más que una postal de tejas rojas sobresaliendo, era un conjunto de rutinas; un teatro que se repetía cada día, en donde ella era apenas una espectadora de sí misma. Había aprendido, con cada año, a observar la vida como si presenciara una obra cronometrada: la misma ruta a la oficina, los mismos saludos, las palabras corteses intercambiadas, los mismos silencios mantenidos en tramos de escaleras.
Aquella tarde de viernes, el bochorno se escurrió como siempre entre las grietas empedradas. Valentina había salido del bufete con la sensación de que su tiempo, como la luz que comenzaba a declinar, se estaba agotando más rápido de lo que ella podía admitir. La invitó al recuerdo el rumor mecánico que llegaba desde la Rua da Bica: el familiar traqueteo del funicular. Lisboa era una ciudad para subir y bajar, literal y emocionalmente.
Se detuvo en la esquina, mirando por sobre los hombros de turistas que querían capturar esa Lisboa de postal, esperando el momento justo para atrapar el funicular envuelto en la luz del atardecer. A ella no le interesaban las fotos. En ese momento, no quería recuerdos, sólo presente. Entró en el funicular cuando se abrieron las puertas con su lento rechinar: dentro, la madera perfumada y pulida, los bancos ocupados por dos adolescentes, una pareja de ancianos cogidos de la mano, y un hombre solo, de rostro cansado.
Valentina se dejó llevar por ese pequeño vagón amarillo, una reliquia que conquistaba la inclinación de la ciudad con obstinación. En cada trayecto, la suspensión temporal: unos minutos en los que todo quedaba en pausa. Desde la ventana, veía pasar la vida de otros —mujeres regando helechos en balcones diminutos, una familia discutiendo en una esquina, un repartidor jadeando en la subida— y una parte de ella quería saltar, mezclarse en vidas que no eran la suya. Quería dejar de ser espectadora.
El funicular se detuvo súbitamente al llegar a la parte alta. El hombre solo, delante de ella, soltó un suspiro, como alguien que ha perdido la oportunidad de decir algo importante. Valentina lo miró, y sus miradas se cruzaron apenas un instante. Bajó primero, dejando escapar un “boa tarde” que resonó en el estrecho pasillo, tan cotidiano y, a la vez, tan cargado de posibilidades no exploradas.
Valentina tenía motivo para ir al Bairro Alto aquella tarde. No era trabajo ni amistad, sino una especie de cita con una mujer, Beatriz —conocida apenas de un par de encuentros previos en eventos del mundo jurídico. Beatriz: la abogada que había decidido romper todos los esquemas y abrir una pequeña galería en una callejuela secundaria. "Ven temprano; quiero mostrarte algo antes de que llegue el resto", rezaba el mensaje que Valentina tenía aún abierto en la pantalla del móvil.
Antes de avanzar, Valentina se permitió cerrar los ojos un instante. Aspiró el aire cargado de humo, café y jacarandas reventadas en violeta. Los tacones de sus zapatos resbalaron apenas en los adoquines desparejos. Miró hacia la calle donde el funicular desaparecía de nuevo hacia abajo, como un latido mecánico. Lisboa era todas las ciudades y ninguna, pensó.
En la galería, Beatriz la esperaba ya con una copa de vino tinto en la mano, uno de esos tintos densos de la región do Dão. "¿Llegaste bien?" preguntó con su clásica sonrisa, entre cálida y alerta. El arte de Beatriz era de una sinceridad ruda, lienzos grandes y honestos, paisajes urbanos descompuestos en pinceladas gruesas. Valentina observó uno en particular: la Rua da Bica, la misma pendiente, aunque aquí el funicular era apenas una mancha amarilla, desdibujada entre grises y lilas.
“¿Por qué ese lugar?”, preguntó ella, señalando la pintura.
Beatriz se encogió de hombros. “Creo que tiene algo de anfiteatro, ¿no? Todos subimos y bajamos ahí, pero nadie realmente se encuentra. Como si ese cable nos atara, pero nunca lo suficiente como para cruzar al otro lado.” Hizo una pausa, y añadió, “A veces siento que la vida es esto: un trayecto breve, apretado entre dos extremos. ¿Sabes a lo que me refiero?”
Valentina guardó silencio. Había estado casada, había perdido amigos, había cambiado de carrera a la mitad de su propia ruta. No era exactamente infeliz, pero la palabra “plenitud” le resultaba tan ajena como realista. “Creo que sí”, murmuró al final. “Tal vez por eso me subí hoy. No tenía que hacerlo, pero lo hice.”
La galería comenzó a llenarse. Llegaron un par de colegas del despacho, galeristas jóvenes, un hombre ya mayor con la chaqueta manchada de pintura. Había conversaciones densas y ligeras, risas y saludos formales, pero Valentina no dejaba de sentirse de algún modo fuera, como si aún estuviera sentada en el funicular mientras el vagón se llenaba de extraños. Esa noche, sin embargo, Beatriz se ocupó de balancear ese sentimiento: la abrazó, la presentó, la integró con naturalidad. Por una vez, Valentina se permitió escuchar más que hablar, observando cómo los demás iban tropezando y reconciliándose con sus propias inseguridades.
A la mitad del evento, Beatriz la llevó al patio trasero, una terraza diminuta donde sólo cabían ellas dos. Allí, con el rumor leve de la fiesta dentro, Beatriz la miró a los ojos. “¿Alguna vez te has arrepentido de no haber hecho algo?” preguntó.
Valentina pensó en la pregunta mientras el murmullo de la rua llegaba atenuado; pensó en las oportunidades tomadas por inercia, en las palabras guardadas, en el amor que dejó ir por miedo, en los remordimientos minúsculos de la cotidianidad. Dijo la verdad: “Sí. Todos los días.”
Beatriz rió de forma breve, áspera. “Yo también. Y sin embargo, aquí estamos, fingiendo que llevamos el control.” Se inclinó y la besó, rápido, apenas rozando los labios. El vértigo fue similar al de una curva inesperada en el descenso en el funicular, breve e intenso.
Valentina no respondió con un beso, pero tampoco apartó la mirada ni se movió. El momento flotó entre ellas, irregular, como el balanceo de los cables sobre las calles de Lisboa. “¿Sabes?”, dijo Beatriz, “creo que a eso venimos: a hacer en estos minutos suspendidos todo lo que no nos atrevemos en el resto del trayecto.”
La galería, al regresar, era otra. Más bullicio, más ruido, la copa llenada de vino otra vez. Valentina, con el pulso levemente acelerado, sintió que la tarde se abstraía, que el color de las paredes era distinto. Una canción suave, de esas que parecen brotar espontáneas de la ciudad, invadía la sala. Los visitantes se movían entre cuadros y conversaciones, cuerpos cruzándose, rozándose, ignorándose.
A las once y pico, al despedirse, Beatriz la abrazó afectuosa. “No tomes taxi. Baja andando o usa el funicular, así tienes tiempo de pensar”, sugirió, con esa sonrisa de quien confía en la sabiduría de las cuestas y los trayectos públicos.
Valentina bajó despacio por la Travessa da Bica. El aire a esa hora era más fresco, y los bares soltando risas y fado por igual. Esperó el funicular junto a un grupo de turistas —jóvenes, aún envueltos en su propia burbuja de descubrimientos. Se subió sin prisa; esta vez, estaba casi sola. El conductor, un joven de mirada somnolienta, le recordó por un instante a su primer novio, que soñaba con viajar pero nunca se atrevió a dejar el barrio. Pensó en Beatriz, en la galería, en la pregunta que le había hecho: “¿Te has arrepentido de no haber hecho algo?”
El descenso fue breve. Fuera, la vida seguía, pero ella tenía la impresión de tener entre las manos un secreto nuevo, algo tan sutil como los cables sobre la ciudad. Al bajar, cruzó otra vez a pie la calle, y se sentó en una terraza casi desierta frente a un pequeño bar. Pidió una ginjinha y sacó una libreta, comenzó a escribir sin propósito: palabras sueltas, frases incompletas. ¿Por qué la honestidad resultaba tan lejana? ¿Por qué tanto miedo a lo que se sentía, si la vida era, a final de cuentas, un puñado de cuestas repetidas?
A la una, cuando Lisboa ya casi solo era para sus noctámbulos, Valentina decidió volver andando. No había respuesta para sus dudas, ningún destino al que llegar salvo a sí misma. Al pasar junto al funicular, ahora vacío y dormido como un barco anclado, le pareció oír aún el eco de las conversaciones del día, los silencios, los deseos frenados.
Antes de doblar la última calle, miró hacia arriba. El funicular aguardaba en la ladera, quieto pero cargado de memoria. En ese instante, admitió ante sí misma que las oportunidades verdaderas rara vez se anuncian, que son como esos trayectos suspendidos: breves, intensos, a veces decepcionantes, pero siempre, siempre irrepetibles. Aferrada a esa idea, sintiendo por fin la gravedad de su propia historia, cruzó la plaza despacio. Y la oscuridad de la noche no le pareció, por primera vez en mucho tiempo, un obstáculo.
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