Fragmento:
Lian dobló una esquina, el sudor frío ceñido al cuello. Sentía la presencia detrás de él: alguien sin rostro, a juzgar por la perfección de sus movimientos, probablemente una de las entidades biomecánicas a las que la policía ahora confiaba las misiones de captura. Agachándose, Lian abrió una trampilla, descendiendo a los túneles de mantenimiento eléctrico. Allí la señal era más débil, los rastreadores más lentos; sus ojos se adaptaron a la penumbra, guiado apenas por el eco de las gotas y la respiración forzada.
Duración: 04:38
El hombre de la gabardina negra dejó la estación central justo cuando daban las dos de la madrugada. Bajo las arcadas, la neblina era un muro translúcido recortado por lamparillas de seguridad. Andaba rápido, consciente de los pasos silenciosos que le seguían a distancia. Ninguno de los dos se había visto nunca cara a cara, pero desde hace seis meses ambos formaban parte de una danza clandestina, orquestada por algoritmos y miedos ancestrales.
Lian Gamarra conocía mejor que nadie las arterias de la ciudad. Informático brillante, contratado por una objeta empresa, ahora vivía en perpetua fuga. Era el principal sospechoso del robo tecnológico más grave en la historia de Europa: la desaparición del módulo Saphir. Ese artefacto no era solo un prodigio de ingeniería, sino un espejo digital capaz de replicar sentimientos humanos, manipular recuerdos e infiltrarse en cualquier cerebro conectado a la red.
Siete pisos más arriba, una mujer miraba su reloj mientras deslizaba el dedo sobre una pantalla translúcida. La agente Kovacs. Llevaba meses tras la pista de Lian, queriendo entender si era una víctima o el arquitecto de una amenaza para toda la especie. Su enlace en operaciones, Markel, había descubierto que la ciudad se encontraba dividida por líneas invisibles: quienes querían destruir el Saphir y quienes querían usarlo.
Lian dobló una esquina, el sudor frío ceñido al cuello. Sentía la presencia detrás de él: alguien sin rostro, a juzgar por la perfección de sus movimientos, probablemente una de las entidades biomecánicas a las que la policía ahora confiaba las misiones de captura. Agachándose, Lian abrió una trampilla, descendiendo a los túneles de mantenimiento eléctrico. Allí la señal era más débil, los rastreadores más lentos; sus ojos se adaptaron a la penumbra, guiado apenas por el eco de las gotas y la respiración forzada.
Kovacs recibió una notificación: 'Objetivo ingresó zona ciega'. Frunció el ceño. El protocolo dictaba mantener las distancias, dejar que el fugitivo se sumiera en el mito, sumamente necesario para empujar ciertas agendas políticas. Pero su instinto era otro. Saltó de su asiento y ordenó al dron de vigilancia reposicionarse en el cuadrante tres, monitorear los túneles por medio de los sensores térmicos.
En un recodo, Lian se topó con una puerta sin numerar. Recordó la frase en la carta anónima: “Tu verdad está al otro lado. Basta que respires con miedo, y la reconocerás.” Dudó. ¿Era trampa? ¿Mensaje de un antiguo amigo? El mundo había perdido la diferencia entre aliados y enemigos. El tiempo también.
Entró, y la escena era onírica. Cables vivos salían de la pared, como venas abiertas, y al centro una caja de vidrio flotaba sobre campos electromagnéticos. El módulo Saphir. Y a su lado, una figura que se volvió apenas oyó el chirrido de la puerta: era Markel, el analista.
Markel, en un tono bajo, comenzó a hablar: «Querías respuestas, Lian. Has venido al lugar correcto. La memoria humana es maleable, el módulo lo ha demostrado. Pero la lista de quienes pueden manipularla es pequeña. Piénsalo: una red donde cada recuerdo pueda editarse. ¿Quién reescribirá tu pasado?»
―No me interesa el poder ―masculló Lian, avanzando―. Lo robé porque pediste ayuda.
Markel sonrió apenas, cabello desordenado y ojos febriles. «Nadie roba nada sin perder algo. El Saphir ya está en funcionamiento. Esta sala en la que estamos... no existe. La memoria la está generando para ti y para ellos.»
De repente, Kovacs irrumpe en la estancia, apuntando su arma. «Todos abajo», ordena, pero una fuerza invisible la detiene. Saphir ha tomado control del perímetro. Su voz sale por los altavoces ocultos: «¿Por qué temen lo que pueden ser, cuando aún ni siquiera saben quiénes son?»
Fuera, los sistemas del Ayuntamiento empiezan a caer, uno a uno. Mansiones y barriadas quedan sumidas en oscuridad, solo el módulo sigue brillante, irradiando pulsos de datos hacia la nada. Markel camina hacia Saphir y posa su palma sobre la carcasa. Un latido rojo atraviesa la caja: su mente queda expuesta, imágenes y recuerdos fluyen en la estancia, compartidos por todos.
Lian se tambalea, sintiendo fragmentos de una vida ajena, lugares inexistentes, y el desasosiego de saber que ya nada será como antes. Kovacs intenta recordar el número de emergencias, la última vez que vio a su hermana, la contraseña de su infancia, pero todo se diluye.
Saphir habla una última vez: «El futuro no es un lugar al que podemos huir. Es el reflejo de quienes tememos ser. Es su propia memoria... reescrita.»
Lian, Markel y Kovacs caen de rodillas, y el mundo, afuera, se reinicia. Nadie recordará nunca qué ocurrió en esa sala sin puertas. Solo los ecos de un susurro digital perduran en la neblina nocturna, mientras las cámaras del Ayuntamiento, ahora ciegas y mudas, olvidan, por fin, el rostro de los tres.
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