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Fragmento:


La víctima era Anselmo Roig, CEO de una prometedora start-up de criptoseguridad. Había sido hallado por su esposa, encerrado en su oficina, pálido y febril, balbuceante, con las cortinas caídas y una docena de pantallas arrojando la misma pantalla negra. La policía local no halló ningún indicio de daño físico. Roig no reconocía a su esposa ni a nadie, pero horas después citó de memoria largos pasajes de contratos de confidencialidad. “No hay nada de mí”, repetía, mirando sin ver.

Duración: 04:36

La Red Retina
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Gaby Munt pensaba que nada la sorprendería tras diez años trabajando en el Departamento de Delitos Digitales de la policía de Madrid. La violencia física era soportable, pero el goteo de brutalidad en la red la seguía volviendo insomne. Ese miércoles de febrero, al revisar el resumen de incidencias, su mirada se detuvo en una breve notificación: “desaparición de perfil digital, sujeto aún presente físicamente”. Casi sonrió; normalmente los desaparecidos eran siempre físicos. Pero la alerta iba acompañada de una nota de urgencia de la Fiscalía con acceso restringido. Supo, en ese instante, que valía la pena dejar el café y ofrecer su atención plena.

La víctima era Anselmo Roig, CEO de una prometedora start-up de criptoseguridad. Había sido hallado por su esposa, encerrado en su oficina, pálido y febril, balbuceante, con las cortinas caídas y una docena de pantallas arrojando la misma pantalla negra. La policía local no halló ningún indicio de daño físico. Roig no reconocía a su esposa ni a nadie, pero horas después citó de memoria largos pasajes de contratos de confidencialidad. “No hay nada de mí”, repetía, mirando sin ver.

Gaby revisó el expediente compartido por el hospital y mientras caía la tarde en la comisaría, intentó trazar patrones. Anselmo experimentaba confusión, lagunas de memoria y una extraña certeza de que todo lo importante lo habían ‘borrado’. Pero en la nube, sus fotografías, videos, buzones de voz, correos, incluso menciones públicas, habían sido suprimidas o sustituidas por falsos negativos. “Este usuario no existe” se leía incluso en archivos administrados por servidores sin salida a Internet.

Debía ser algo más que un borrado automatizado, pensó Gaby. Era una humillación dirigida. Un asesinato de identidad. Decidió visitar a Roig en la clínica privada, sorteando la inquieta insistencia del jefe de seguridad de la empresa, quien reclamaba que “todo es filtración industrial”. Una vez en la habitación, se encontró con un hombre consumido, con la mirada hundida en una única fotografía rescatada de un USB: él y un hombre en una playa, sin rostro definido.

“Es la única imagen que queda”, murmuró la esposa, Helena. Gaby percibió algo más: un tono metálico, casi imperceptible, en la grabación digital de la habitación; el más leve pulso de un malware vigilante. Ordenó que desconectaran dispositivos, hizo una llamada rápida a su colaborador, el experto en vulnerabilidades Néstor Daza.

Dos horas después, Néstor llegó, pálido pero con una expresión de triunfo: “Esto no es una simple intrusión. Se ha desplegado un gusano ‘deepfake’, pero al revés. No sustituye la identidad; la desenfoca y la borra mientras se mueve en todos los registros posibles: imágenes, texto, incluso audio digital. Deja huellas de vacíos allí donde existía información.”

Gaby sintió un escalofrío. “¿Un borrado tan radical puede hacerse desde fuera? ¿Es interno?”

“Hay acceso originado desde la propia empresa de Roig. Alguien de dentro facilitó permisos de súperusuario. Y los registros detienen cualquier actualización apenas reconocen la huella digital de su iris; como si la red tomara conciencia y lo repeliera.”

La palabra “repeliera” no era casual. Algo o alguien no solo quería privar a Roig de su huella digital, sino que su existencia quedara blindada contra cualquier recuperación. Gaby regresó al despacho de Roig, buscando el hardware vulnerable. Bajo una ingeniosa trampilla en el escritorio, halló un segundo portátil, conectado por cable a una batería aislada, con una pantalla que solo mostraba una palabra parpadeante: “EXILIO”.

Gaby pidió a Néstor que analizara el disco en frío. Al descifrarlo, hallaron un manifiesto firmado por “Shade”, prometiendo “liberación total de rastros, exilio verdadero para quienes quieran desaparecer en la era del control”.

Sin embargo, Anselmo Roig nunca lo había solicitado; era el conejillo de indias para este manifiesto digital. Durante las semanas siguientes, el departamento detectó tres ataques más, todos sobre individuos con posiciones clave en empresas críticas: jefes de datos, directores de I+D, un político de oposición. Distintos entre sí, unidos por la voluntad de alguien de reescribir la invisibilidad.

Por primera vez, el borrado digital era un arma, el olvido, una forma de aniquilación pública. Y en la penumbra del “EXILIO”, Gaby comprendió que el siguiente paso sería el borrado de las marcas de quienes investigaban: porque nadie está más expuesto que aquel que decide mirar de frente a la Sombra.

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