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Portada del relato El umbral de la montaña
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Fragmento:


A Clarisa le pareció que el invierno no terminaba nunca. En realidad, eran los días los que se le alargaban con una cadencia viscosa, como si los minutos se adhirieran entre sí formando una membrana que la mantenía separada de algo inminente. Había cumplido cuarenta y cinco años la semana anterior, y al apagar la tercera vela (las había elegido así, grandes y artesanales, porque no quería ver más de tres) imaginó un mar invisible en el lugar donde su pecho vibraba.

Duración: 04:14

El umbral de la montaña
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A Clarisa le pareció que el invierno no terminaba nunca. En realidad, eran los días los que se le alargaban con una cadencia viscosa, como si los minutos se adhirieran entre sí formando una membrana que la mantenía separada de algo inminente. Había cumplido cuarenta y cinco años la semana anterior, y al apagar la tercera vela (las había elegido así, grandes y artesanales, porque no quería ver más de tres) imaginó un mar invisible en el lugar donde su pecho vibraba.

Vivía sola, aunque a menudo sentía que sus pensamientos la acompañaban con la insistencia de una multitud. La ciudad, con sus ruidos de motores y risas lejanas, se abría detrás de sus ventanas, indiferente a la inquietud que la mantenía despierta las últimas noches. En las charlas laborales repetía los mismos gestos automáticos y en casa el eco de su propia voz la sorprendía, preguntándose: ¿Y ahora qué?

Una mañana helada de sábado, recibió un correo de su amiga Julia: “Ven al refugio este fin de semana. Solo trae lo esencial”. Sintió un cosquilleo, una mezcla de fastidio y curiosidad. A regañadientes, llenó una mochila: una libreta, una pluma, el abrigo pesado y un libro sin empezar. Salió antes del alba y viajó dos horas por carreteras, viendo la escarcha consumir las ramas desnudas de los árboles.

El refugio de Julia estaba al pie de una montaña antigua, una de esas donde el viento parece hablar en un idioma roto. Al llegar, Julia la recibió con un abrazo seco y un gesto de complicidad silenciosa. “Hoy no hay palabras”, dijo Julia, y Clarisa reconoció ese brillo en los ojos de su amiga: algo había cambiado.

Comenzaron a caminar —no sabían cuánto ni hasta dónde— siguiendo un sendero cubierto de nieve que subía laderas empinadas. Clarisa se preguntó qué sentido tenía todo aquello, mientras la respiración se transformaba en vapor y su cuerpo, en una suma de músculos tensos y huesos fríos. Escuchaba sus propios pasos y el crujido del hielo, y el mundo parecía haberse encogido a esas sensaciones primordiales.

Cuando el sol bajaba, se detuvieron en un claro rodeado de piedras cubiertas de musgo. Julia encendió una pequeña hoguera y se sentaron una frente a la otra. No hablaron, pero Clarisa sintió, por primera vez en mucho tiempo, que estaba en presencia de algo importante. Algo que no tenía nombre concreto: la quietud, el frío, el fuego, el olor a madera húmeda, los sonidos remotos de animales en la espesura. Permanecieron allí mientras la oscuridad iba cerrando el círculo alrededor suyo.

Al volver al refugio, ya de noche, Julia le tendió un papel doblado. “Léelo sola y después quémalo”, le susurró. Clarisa obedeció. Era un poema breve sobre la piel que muda, el dolor de la raíz que se abre paso hacia la luz. No comprendió todo, pero un verso le quedó flotando en la memoria: “No temas lo que no se nombra”.

Al día siguiente, Julia le ofreció una piedra matesca de río, de esas lisas y pesadas, y le pidió que escribiera en ella, sin pensar demasiado, la palabra que resonaba en su pecho desde hacía meses. Clarisa escribió “deseo”, casi sorprendida. Había creído que su vida era una suma de resignaciones, pero al verla ahí, negra sobre el gris frío de la piedra, se sintió a la vez vulnerable y nueva.

Ese fin de semana no hubo confesiones grandiosas ni revelaciones extraordinarias. Hubo silencio, alimento sencillo, sueño profundo, pequeños gestos de cuidado y la certeza de que el dolor y la duda no eran enemigos, sino umbrales. La última noche, el fuego chisporroteó mientras Clarisa y Julia quemaban juntos el papel del poema. Al ver las llamas devorar las letras, Clarisa supo que algo en ella había cruzado una frontera secreta.

Volvió a la ciudad con la piedra en el bolsillo y un peso diferente en el cuerpo. Supo que la adultez, demasiado a menudo, no tiene ceremonias de paso; que no hay canciones ni cortejos ni fiestas en su nombre, excepto los que estamos dispuestos a inventar. Pero aquella noche, entre cenizas y en la dudosa luz del bosque, Clarisa entendió que la vida está hecha de pasajes mudos, y que cruzarlos —aunque sea en una montaña con frío— es un acto de valentía humilde que merece, aunque sea en silencio, ser celebrado.

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