Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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Hay algo malo en casa
La grieta del silencio
La inspectora gitana
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Fragmento:


El aire olía a magnolias y tierra húmeda. Clara se apoyó en la barandilla, recordando la última conversación con su madre antes de que partiera: “El valor se encuentra en lo que sigue, no en lo que hemos sido, hija”. Entonces entendió que el miedo que sentía no era a un lugar nuevo, sino al abandono de su zona de seguridad, de sus pequeños rituales familiares y silencios compartidos. De todas las noches con Álvaro, las discusiones, los desayunos apurados y las sonrisas entre la prisa.

Duración: 04:32

Tiempo de raíces y alas
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Las luces de la ciudad parecían más lejanas desde la pequeña terraza donde Clara permanecía de pie, sintiendo el aire fresco de la noche y el tintinear sutil de los cubiertos tras la ventana. Había llegado el día, aunque nunca hubiera imaginado que tendría forma de una cena corriente en un miércoles de septiembre. Álvaro, su hijo, la miraba desde la mesa interior mientras revisaba por última vez su mensaje de despedida a su grupo de amigos. Clara pensó en cómo los verdaderos cambios rara vez llegan con fanfarrias: se insinúan, sutiles, en la rutina, y luego florecen como una grieta imposible de evitar.

Oscar, su vecino y viejo amigo, había insistido tanto en la importancia de este encuentro. “No es la mudanza lo que importa, Clara, es lo que eliges dejar atrás”, había dicho con esa voz tranquila cargada de experiencia indescifrable. Oscar tenía razón, aunque la idea le produjera una resistencia casi física. Lo que podía dejar atrás no era el piso ni los objetos, era algo más: el papel, el rol, la versión de sí misma que ya no encajaba.

El aire olía a magnolias y tierra húmeda. Clara se apoyó en la barandilla, recordando la última conversación con su madre antes de que partiera: “El valor se encuentra en lo que sigue, no en lo que hemos sido, hija”. Entonces entendió que el miedo que sentía no era a un lugar nuevo, sino al abandono de su zona de seguridad, de sus pequeños rituales familiares y silencios compartidos. De todas las noches con Álvaro, las discusiones, los desayunos apurados y las sonrisas entre la prisa.

De repente, un destello la devolvió a la realidad. Era Laura, su hermana, que la llamaba a cenar. En la mesa, la conversación giraba entre recuerdos de la universidad, recetas familiares y las bromas eternas sobre el carácter de Clara. Entre risas, la tensión parecía diluirse, pero bastaba un silencio más largo que el resto para que volviera esa inquietud. Sabía que al día siguiente, al cruzar la puerta, ya nada sería igual.

Oscar propuso un brindis. Nadie esperaba unas palabras tan medidas: “Hay quienes creen que lo adulto es saber lidiar con las deudas o llegar puntual al trabajo. Pero lo verdaderamente difícil es mirar a los demás, y a uno mismo, con la honestidad suficiente para decir ‘me atrevo a cambiar’”. La frase caló en Clara, provocándole un nudo en la garganta. Todos alzaron sus copas, aunque el ambiente parecía más denso, como si el aire se hubiera poblado de posibilidades y despedidas no dichas.

La noche avanzó, y Clara se permitió observar a cada uno de los presentes: a Álvaro, con sus ojos de niño grande y sus manos inquietas; a Laura, eterna aliada y confidente; a Oscar, mentón firme y voz a prueba de dudas. Pensó en lo mucho que cuesta admitir que algunos finales son la materia primera de los comienzos. Y que esos momentos de tránsito —esos ritos solitarios e inadvertidos— suelen ocurrir sin testigos. Son como semillas naciendo bajo la tierra, invisibles, laboriosas, seguras de sí mismas.

Antes de retirarse, Clara fue al cuarto de Álvaro y encontró sobre la almohada el primer libro de cuentos que le leyó de niño. No pudo evitar sonreír. Él salió del baño y, al verla, corrió a abrazarla. “¿Da miedo crecer, mamá?”, le susurró. Clara miró por la ventana, el horizonte citadino, las promesas del vacío, y respondió: “Mucho, pero también es bello”. En ese instante, comprendió que el verdadero paso consistía en rendirse no al miedo, sino a la belleza de lo desconocido.

Al día siguiente, antes de salir, Clara se despidió en voz baja de cada rincón, acariciando la puerta, el marco de la ventana, los repasadores viejos. Había llorado en silencio la noche anterior; ese día reservaba fuerzas para la esperanza. Con la maleta lista, y Álvaro aferrándose a su mano, descendió las escaleras. Oscar ya los esperaba para el último café en el portal. “¿Listos para el salto?”, preguntó. Clara asintió, dejando que el sol tibio le refrescara el rostro.

Entonces, en ese cruce fugaz entre lo conocido y lo incierto, Clara supo que estaba viva. Que el verdadero umbral no estaba hecho de ladrillos ni de gestos visibles; era algo íntimo, un movimiento hacia la madurez, un aprendizaje de confiar y soltar. La calle los recibió como una sábana nueva. Entre la multitud matinal, Clara avanzó, sintiendo que cada paso era un compromiso consigo misma, una promesa de no rendirse nunca al miedo ni a los falsos refugios del pasado. Había cruzado el puente: ahora, la vida era sólo suya.

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