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Fragmento:


El viernes en la tarde, Laura se sentó en el borde de su cama y escuchó cómo el tráfico en la calle se volvía más denso. Era el zumbido sordo de la ciudad acercándose al fin de semana, y también era, de alguna manera indescriptible, la sensación de que el tiempo se partía en dos: antes y después. Ella no era joven, pero tampoco vieja; apenas podía sentirse cómoda con la justificación de "todavía estoy aprendiendo". Sin embargo, ahí estaba, aferrada a su bolso, a ese email impreso y doblado hasta lo imposible, citada para encontrarse con los otros en la terraza de un edificio donde nunca imaginó ser invitada.

Duración: 04:17

El club de las esquinas
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El viernes en la tarde, Laura se sentó en el borde de su cama y escuchó cómo el tráfico en la calle se volvía más denso. Era el zumbido sordo de la ciudad acercándose al fin de semana, y también era, de alguna manera indescriptible, la sensación de que el tiempo se partía en dos: antes y después. Ella no era joven, pero tampoco vieja; apenas podía sentirse cómoda con la justificación de "todavía estoy aprendiendo". Sin embargo, ahí estaba, aferrada a su bolso, a ese email impreso y doblado hasta lo imposible, citada para encontrarse con los otros en la terraza de un edificio donde nunca imaginó ser invitada.

Afuera, el viento empujaba las ramas y el cielo era una costra gris. El correo había sido breve y lleno de mensajes entre líneas: “Únete a nosotros, estamos esperando para dar el siguiente paso”. Lo firmaba Clara, la amiga de otra amiga, quien le había contado sobre esa costumbre secreta entre adultos: cada tanto, un grupo selecto —o no tan selecto, quizás sólo suficientemente transitorio— celebraba, sin ritual prestablecido ni propósito definido, la llegada de un umbral invisible. Dicen que esa costumbre nació por azar. Un grupo de amigos, una vez, se reunió para llorar la pérdida de uno de ellos, y al hacerlo, entendieron que la vida adulta se trataba menos de sumar cosas —títulos, logros, pertenencias— y más de aprender a sostener las pérdidas.

Cuando Laura llegó al edificio, eran siete en la terraza. No había presentaciones formales; sólo breves gestos de saludo y miradas que buscaban, en el silencio, decidir si se trataba de una conspiración o una invención cómoda. Había vino barato, algunos frutos secos, y el frío de junio empeoraba la tibieza de las conversaciones al principio. Uno a uno fueron contando, no exactamente historias, sino pequeños descosidos: la soledad de quien vuelve del trabajo a una casa vacía, el vértigo de ver a los padres arrugarse y caminar más lento, la sorpresa amarga de que los amores largos se inoculan el aburrimiento.

No era un grupo de apoyo. Nadie ofrecía soluciones. De hecho, se sentía casi una herejía, en ese ambiente tan propicio para el consejo, que nadie interrumpiera para decir "deberías probar esto" o "todo va a pasar". Lo que ocurrió —quizás lo que no podía dejar de ocurrir— fue que a medida que cada uno compartía su trozo de fractura, la sala se llenaba de cierta complicidad. Más que amigos, eran testigos.

Carlos contó cómo, luego de quince años de matrimonio, había aprendido a distinguir la risa impostada de su esposa, y cómo ese pequeño descubrimiento había sido la pérdida más grande de su vida. Marta, por su lado, habló de la muerte reciente de su perro, Bobby, y de cómo el dolor absurdo de perder a un animal le había servido para entender el tipo de persona en que se había convertido: esa que se permite llorar sólo cuando nadie la ve. Luis, joven pero cansado, confesó el terror de sentir que nunca estaría a la altura de las expectativas que su apellido arrastraba, y que ese miedo lo volvía lento ante cualquier desafío.

Laura llevaba toda la tarde preguntándose qué podría compartir. Ella no había perdido nada tangible, no al menos en el último tiempo, pero sentía, con una incomodidad casi física, la opresión de una vida sin sobresaltos. Cuando le tocó hablar, el grupo guardó silencio de una forma que parecía invocar a un arte olvidado: el de escuchar. Laura, en voz baja, habló de heridas que no estaban abiertas pero nunca cicatrizaban del todo. Mencionó su miedo a quedarse sola, sí, pero más su pánico a estar acompañada sólo por rutina. Habló de sueños viejos, de caminos pospuestos, de la sensación de mudarse sin cambiar verdaderamente.

Nadie aplaudió, ni la interrumpieron. Sólo la miraron, y uno de los desconocidos —Roberto, que antes había confesado un divorcio doble— levantó su copa y propuso un brindis. Pero no por lo dicho ni por lo perdido, sino por lo que quedaba por comprender. Fue en ese momento, recibiendo el tintineo de siete copas levantadas en la azotea de un edificio sin nombre, que Laura entendió algo difuso pero definitivo: que el tránsito adulto no tiene ceremonia pública, no hay medallas ni orlas ni discursos.

El rito estaba allí: adultos reunidos no para olvidar su vulnerabilidad, sino para compartirla. Era el acto de sentarse juntos, con los pies fríos y el alma palpitando, y decir —aunque fuera tímidamente— “yo también siento miedo”. Esa noche, Laura bajó la escalera sin mirar atrás, con la impresión de haber atravesado alguna frontera invisible. Afuera, la ciudad seguía igual, pero ella había cruzado un umbral. Supo, andando entre las luces anónimas, que la adultez era ese arte sutil de construir refugio en las ausencias, de descubrir que todos los días podemos tropezar, reunirnos y —en la máxima intimidad y vulnerabilidad— brindar al aire, sólo para sobrevivir y, tal vez, comprender.

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